
Tampoco el curso de la Fundación García Morente y el CEU, que acaba de concluir, se ha quedado atrás. En fin, que ha terminado el curso académico y la asignatura pendiente sigue siendo la Educación para la ciudadanía. Nosotros rompemos la disciplina de la objeción y cursaremos periodísticamente esta materia.
El Gobierno ha comenzado su estrategia del miedo y paso atrás. No olvidemos que el miedo forma parte del argumentario más clásico de los gobiernos totalitarios que, en vez de educar a la ciudadanía, a la población, en el ejercicio de la libertad, siembran en la plaza pública la semilla del miedo, del temor al castigo, a las represalias, al ejercicio de la libertad. A los padres se les anuncia que si sus hijos no cursan la asignatura, no recibirán el título escolar. Así de claro. La vicepresidenta del Gobierno se ha rasgado las vestiduras, tan preciosas y originales ellas, y no entiende cómo un grupo de ciudadanos se opone al cumplimiento la ley. Ley serás, si bien haces; si no, no serás ley, decía el aforismo clásico.
La oposición material y formal de más de siete mil padres a la asignatura de Educación para la ciudadanía es la quiebra más grave del Estado español desde la implantación de la democracia. Los augures del Gobierno socialista se están temiendo que la deslegitimación de hecho de la ley educativa y de la capacidad del Estado de organizar el sistema educativo. Esta marea puede alcanzar tal magnitud que ya no les queda más remedio que la amenaza, que, por cierto, es efectiva en los segmentos de población que no tienen recursos para oponerse a tal muestra de estatismo legal consagrado. Este Gobierno no sólo conduce a la sociedad a un callejón ético sin salida sino que está llevando, a marchas forzadas, al Estado a una desintegración sin par que afecta a los ámbitos propios de la definición del Estado, como es el ejercicio de la regulación del orden y de aplicación de los mecanismos para garantizar el bien social.
La clave del conflicto con la Educación para la ciudadanía no es la de una Iglesia que se opone al Gobierno, como ha querido hacer ver un destacable paria del socialismo patrio; ni mucho menos. Es el ejercicio de la libertad efectiva de los padres a ejercer un derecho, reconocido por la Constitución, frente a una inaceptable intromisión del Estado que se convierte en un Estado educador de una moral tan arbitraria y patética como la del Gobierno que la insufla.
De antiguo viene la pugna entre el pensamiento cristiano, quizá el único crítico de verdad, junto con ciertas corrientes liberales, contra el Estado. No debemos olvidar, siguiendo el magnífico y actualísimo libro de Hugo Rahner, Iglesia-Estado en la primitiva Iglesia, que hay dos principios que los cristianos nunca olvidan en su relación con el Estado. El primero es que, desde el inicio, la Iglesia ha reconocido en el Estado legítimo una forma establecida por Dios de la vida social de los hombres, con una desconfianza terrena consciente de los peligros que una defensa demasiado celosa del Estado a la Iglesia constituye para la libertad de ésta. Y, segundo, que la lucha entre la Iglesia y el Estado conduce al creyente a la altura de miras en el día futuro, máxime cuando el Estado se configura a partir de la ocupación de espacios propios de la cosmovisión antropológica que subyacente a toda Revelación. San Ambrosio diría aquello de que "se encuentra más alegría de ser perseguidos por los emperadores que amados por ellos".
Como afirmó el H. Echternach, en un clásico tratado sobre Iglesia y Estado, "la Iglesia occidental conquista su libertad ante el Estado, cuando osa afrontarlo en nombre del mandato divino. Ella ha debido ganarse su independencia a precio de pruebas cada vez más duras. Toda la historia de la Europa occidental nace de esta polaridad entre poder espiritual y mundano... Todo aquello que separa la Iglesia occidental de la oriental tiene sus raíces en la idea occidental de la libertad. Sólo en el espacio de a libertad, que es el resultado de esta pluralidad dolorosa, puede la Iglesia decir el anuncio y cumplir su misión". Sólo en un espacio de libertad, los cristianos podrán ser buenos cristianos y buenos ciudadanos.