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PÉRDIDA DE CONVICCIONES

¿Qué pasa con los colegios católicos?

No hay semana sin sorpresa. Días pasados asistimos perplejos a una salida en falso, quizá por los nervios de la situación en la que se encuentra, del secretario general de la FERE (Federación Española de Religiosos de la Enseñanza), el salesiano Manuel de Castro, que en coherencia con su carisma de fiel seguidor de don Bosco, educador de la juventud, pedagogo de la edad y de la madurez, se ha lanzado histriónicamente –ver Diccionario de la Real Academia de la Lengua– contra un reportaje, claro en las fuentes y rotundo en las formas, publicado por el semanario especializado en información católica, Alfa y Omega.

No hay semana sin sorpresa. Días pasados asistimos perplejos a una salida en falso, quizá por los nervios de la situación en la que se encuentra, del secretario general de la FERE (Federación Española de Religiosos de la Enseñanza), el salesiano Manuel de Castro, que en coherencia con su carisma de fiel seguidor de don Bosco, educador de la juventud, pedagogo de la edad y de la madurez, se ha lanzado histriónicamente –ver Diccionario de la Real Academia de la Lengua– contra un reportaje, claro en las fuentes y rotundo en las formas, publicado por el semanario especializado en información católica, Alfa y Omega.

En el informe periodístico, el autor constataba –ningún problema ético ni legal que se derive de su publicación, por cierto– la crisis de no pocos de los colegios de religiosos en España. Una crisis que nace de la incoherencia, o en palabras recientes del nuevo arzobispo coadjutor de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo, refiriéndose a la Iglesia en general, de la "secularización interna de la Iglesia, que es la peor de todas". Contaba el texto el caso de un colegio de religiosas de Jaén en el que la educación sexual pasaba por el "doctrinalmente seguro" para la ideología de género método del reparto de preservativos, como ejemplo del también seguro seso y sesgo educativo. Ítem más, constataba el inserto periodístico que muchas Congregaciones no tienen quien les sustituya, les falta el natural relevo generacional y han entregado el Colegio, en el mejor de los casos, a un grupo de voluntariosos y buenos profesores que pretenden así mantener el espíritu fundacional. ¿Acaso Manuel de Castro piensa que los problemas se resuelven no teniéndolos en cuenta? Cuando no hace mucho la FERE elaboró una lista de quejas y agravios al Ministerio, créanlo los lectores, ninguna de ellas hacía referencia a cuestiones relacionadas con al libertad de enseñanza en lo referido al ideario del centro, como si en España la educación, según las convicciones, fuera ejemplar, o como si reinara el libre diseño curricular o la libertad de la educación diferenciada, por ejemplo.

No olvido el caso del Colegio en el que yo estudié, sobre la bahía de Santander, en el que me dicen ya no hay ningún religioso dando clase, aunque mantienen la titularidad. Y no voy a seguir por ahí, porque la siguiente pregunta es cómo se puede mantener éticamente la titularidad de un centro en el que el titular no está presente, al menos, en el día adía de la obra educativa, es decir, de lo que se cuece. Otra de las preguntas inocentes del autor del reportaje –natural por otra parte– era cómo, si cada año pasan por los colegios de religiosos y religiosas más de un millón de niños, las instituciones ahora sí titulares padecen una crisis vocacional de primera división. Vamos, que la vida de quienes son los inspiradores de la acción educativa no engancha ni a quienes reciben las bondades de la generosa y desinteresada entrega. Estoy seguro, sin embargo, de que más de un centenar de esos jóvenes, sobre todo de los últimos cursos, participan en acciones de voluntariado, acaso porque piensen que el motivo de la presencia y entrega de los religiosos a la educación es una forma más de voluntariado, con la única diferencia de que éste, por desgracia, no se anuncia en televisión.

Ya sé que toda generalización es injusta con la realidad, y que me estoy refiriendo a un campo en el que sobreabundan las vidas ejemplares. Pero también conocemos que por más que se pretenda matar al mensajero, en una desaforada salida hacia delante para tapar las vergüenzas, lo que honraría la Junta directiva de la FERE es convocar inmediatamente una auditoría de identidad de la escuela católica para ver cómo andan de carisma fundacional y de testimonio apostólico, en vez de lanzarse a la piscina de la confrontación y no reconocer la evidencia que clama no precisamente en el desierto. Un buen amigo, preocupado por las cuestiones educativas, que ha divulgado un dossier entre padres de alumnos de colegios de religiosos y religiosas, me dice que es tal la cantidad de respuestas de casos parecidos a los del reportaje que está recibiendo, que el pertinente oficial de la Conferencia Episcopal Española no va descansar en Pascua.

Es evidente que no pocos padres eligen un colegio católico no precisamente por la formación doctrinal y la vida espiritual que impregna su docencia. Pero, ¿y qué pasa con los padres que sí eligen el centro por su coherencia con el sentido religioso de la educación y se encuentran con unas rebajas permanentes? Es cierto que estamos en una sociedad plural, que la libertad educativa está formalmente, y materialmente para que no nos critiquen los puristas, reconocida en la Constitución y que más de una vez he oído a directores y directoras de los centros educativos católicos decir que qué más quisieran que todos los padres de sus alumnos fueran a misa todo los domingos (incluidos los que lo dicen para no hacer los deberes). De lo que estoy convencido es de que lo que más quieren los padres, sean creyentes o no, es que el colegio católico sea lo que dice ser, colegio y católico, católico y colegio –que en la FERE los hay, soy testigo– para que así todos sepan a qué atenerse. Porque confesarse católico no es lo mismo que no confesarse católico. También para la FERE.
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