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CIERRE DE SAN CARLOS BORROMEO

Una herejía con rosquillas

Con más previsión que sorpresa hemos asistido durante unos días de pasión a un espectáculo mediático, a un show bussiness en el que un sacerdote y asistente social –no sé en qué orden– peregrinaba de micrófono en micrófono, de cámara en cámara, denunciando las atrocidades de un arzobispo, de un arzobispado, de un consejo presbiteral –órgano diocesano de representación del clero– y de una Iglesia que le han pedido que asuma que su trabajo no es el que no era, y sí el de agitador social, además de que no hay que tomar el nombre de la Iglesia católica en vano.

Con más previsión que sorpresa hemos asistido durante unos días de pasión a un espectáculo mediático, a un show bussiness en el que un sacerdote y asistente social –no sé en qué orden– peregrinaba de micrófono en micrófono, de cámara en cámara, denunciando las atrocidades de un arzobispo, de un arzobispado, de un consejo presbiteral –órgano diocesano de representación del clero– y de una Iglesia que le han pedido que asuma que su trabajo no es el que no era, y sí el de agitador social, además de que no hay que tomar el nombre de la Iglesia católica en vano.
En la parroquia se empleaban rosquillas para comulgar

Enrique de Castro, a quien nadie le discute su pasión y pulsión por los pobres, defiende ahora el siempre cómodo y confortable calor de la institución para poder vivir bajo el paraguas de una parroquia, San Carlos Borromeo, realidad y símbolo de la comunión de la Iglesia, sin pertenecer a la Iglesia. Si bien es cierto que no se trata de lo que los sociólogos de la religión denominan "creencia sin pertenencia" (Believing without belonging, Grace Davie), no lo es menos que se trata de algo peor. Este caso es paradigmático de una de las más grandes tentaciones del cristianismo contemporáneo: su reducción al humanismo. El cristianismo no es un humanismo al uso de las iglesias ideológicas, tecnológicas y de políticas sociales de usar y tirar. Lo que defiende este singular monitor de política sociales –como Zapatero pero a pequeña escala– es una parroquia a su medida, una liturgia a su medida, una Iglesia a su medida, un Cristo a su medida, una religión a su medida, un hombre a su medida.

Hay quien dice que lo que defienden los curas de San Carlos Borromeo es la teología de la liberación. Otros hablan de teología del pueblo. Todos se apuntan a una dialéctica permanente como progreso de la historia, de su historia, y se han empeñado en una nueva cruzada –eso sí, mediática, amparada por El País y los medios del progresismo eclesial– contra la institución y los institucional, contra la Iglesia institución y los eclesiásticos institucionales. Olvidan lo que se sabe de tiempo atrás y sobre lo que ha escrito, entre otros, con profusión Peter L. Berger: "Nada humano sobrevive sino es de manera institucional". Otra cuestión es que piensen que ellos son los que mantienen las esencias de las formas puras de la fe cristiana y de la Iglesia y que se constituyan, por tanto, en una nueva forma de herejía, de separación. Algo así como una nueva herejía hecha con rosquillas.

El arzobispo Rouco VarelaEl otrora cardenal Joseph Ratzinger, en su libro Dios y el mundo, afirmó que estamos en una época en la que es fundamental "la esencialización –una palabra de Guardini–. No se trata tanto de hacer fantásticas construcciones previas de algo que después será completamente distinto y que es imposible construir de antemano en el laboratorio, sino de vivir para lo esencial después de encarnarse y representarse de nuevo. A este respecto también es importante una forma de simplificación que resalte lo realmente imperecedero y sustentador de nuestra doctrina, de nuestra fe. Que las grandes cuestiones fundamentales, la cuestión divina, la salvación, la esperanza, la vida, lo éticamente sustentador reaparezcan en sus elementos principales y, de este modo, posibiliten nuevas sistematizaciones."

En esa madrileña y vallecana parroquia, la lógica de ese absurdo eclesial más cercano a la astracanada ha conducido a sus responsables a utilizar el nombre de eucaristía para ritos en los que la materia del sacramento de sí mismos eran las rosquillas traídas por las madres de los niños de primera comunión, o el turrón de almendra en las celebraciones de Navidad. Cuentan que así los púberes entendían mejor lo que significaba la mesa común, compartida, de algo que les interpelaba. No sé si en alguna ocasión se les ocurrió hacer una reunión litúrgica con golosinas; la estética de una celebración en la que se consagrasen chucherías infantiles bien mercería una pintura minimalista. Llevado hasta el extremo este argumento de que se celebre con lo que pide el pueblo –¿qué pueblo, cuántos, cómo?–, terminarían cerrando el local cuando más de un sibarita, que siempre los hay, solicitara ostras, trufas y demás delicatessen.

Para enmarcarlo, volvamos al teólogo Ratzinger: "Tampoco me parece muy útil hacer liturgias, por así decirlo, para el mundo técnico o para cualquiera sabe qué otros ámbitos. Todo eso son juegos malabares de cosecha propia. La grandeza de la liturgia deriva de que procede del principio y ha crecido viva. Tenemos que rodearla de respeto y protegerla. Así se engrandece y habla a personas de diferentes civilizaciones –con una riqueza de distintos ritos desde hace mucho tiempo–."

Es posible que al cardenal Rouco Varela se le haya acabado la paciencia. Ante ese panorama, ¿a quién no?
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