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Ignacio López Bru

Gabriel en la memoria

Descansa en paz, Gabriel. Nosotros seguiremos tu máxima de "no olvidar lo inolvidable".

Ignacio López Bru
Ignacio López Bru
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Descansa en paz, Gabriel. Nosotros seguiremos tu máxima de "no olvidar lo inolvidable".

He tenido la gran suerte de conocer a dos personas admirables, armoniosas. A Gabriel Moris y a su mujer, Pilar Crespo. La armonía de Gabriel y Pilar era la de dos personas que se quieren, que se aceptan y que comparten una visión de la vida donde, como en el poema de San Juan de la Cruz, se tiene la certeza de que hay un más allá que se alcanza por ventura.

Esa ventura anhelada que no se le ha dado en vida es la que les ha ayudado a sobrellevar los terribles golpes que les ha deparado el destino, y lo han hecho con una sobriedad, con una entereza, con una amabilidad, que su compañía, cuando tenías la suerte de encontrarte con ellos, te invitaba a ser mejor persona.

Los ratos que he pasado con Gabriel y Pilar en Alcalá son ya para mí inolvidables. Algo tenía Alcalá, ciudad de adopción de Gabriel, con la que se sentía identificado, que se le transmutaba en el espíritu. Quizás porque mucha gente como él, viniendo de esa "espaciosa España" de la que hablaba Fray Luis de León, tan diferente a la hueca y huera "España vacía" que hoy nos quieren vender, haya forjado en ella su destino. Pero también porque Alcalá es una ciudad con historia, y con una gran cultura, profundamente española, desde el mismo momento en que España se constituye como nación, que tiene como hitos a Cisneros, la Universidad Complutense y, sobre todo, a Miguel de Cervantes.

Gabriel se sentía muy orgulloso de esa progenie cultural, entre otras cosas, porque se sentía profundamente español. Y se le notaba. Pero no un español cualquiera. En Gabriel era bien visible la huella cervantina. El Quijote y Sancho estaban siempre en su conversación, y ese fino sentido del humor de Don Miguel, que desvela el ridículo, la vanidad y la sinrazón, pero que no se ceba en la persona, siempre le acompañaba en la amenidad de su trato.

Ser español. Eso es algo que no necesita pedigrí, como sí lo necesitan los que quieren construir falsas identidades de seres superiores, siendo, probablemente, todo lo contrario. Los orígenes de Gabriel no son autóctonos, como me contó una vez. Su apellido Moris viene de Moritz, de origen alemán. Se remonta a las repoblaciones de Sierra Morena que realizó el ministro Olavide en época de Carlos III, y que ha dejado pueblos tan característicos como La Carolina, La Luisiana, Posadas del Rey o su pueblo de nacimiento, Guarromán. Y pocas personas más españolas he conocido que Gabriel. No en vano, siempre decía que las víctimas del atentado eran todas las víctimas, y sus familiares, pero también los españoles, porque los atentados se habían hecho contra España.

Como muestra de su sentido del humor, recuerdo que en una de las quedadas que hicimos los que buscábamos la verdad del 11-M (los Peones Negros), con víctimas de los atentados, creo que en la casa de Francisco José Alcaraz en Jaén, Gabriel trajo los típicos hojaldres alemanes de su pueblo, que se llamaban Hojaldres Bermúdez. La asociación con la pastelera sentencia de la Audiencia Nacional, presidida por el juez Gómez Bermúdez, no podía ser más elocuente.

Y es que pocas personas han podido hacer más daño a las víctimas del 11-M como el juez de Álora. En el caso de Gabriel fue más acusado, si cabe, porque Gabriel, en su condición de perito independiente en representación de la AVT, participó en la pericial que ordenó el juez Bermúdez para averiguar, tres años después de los atentados, qué explotó en los trenes. Y, como relato en el capítulo 10 de mi libro Las cloacas del 11-M, las trampas, los ardides, las mistificaciones que puso Bermúdez en la vista oral para impedir que esa averiguación fuese efectiva, cebándose en los peritos independientes, fueron innumerables. En ese capítulo del libro reflejo que uno de ellos me dijo, literalmente, refiriéndose a Bermúdez: "Fue a por nosotros". Ese perito era Gabriel.

El calvario que han sufrido Gabriel y Pilar con la Justicia, por intentar que se averiguara el arma del crimen, ha sido inenarrable. Lo mismo que todas las iniciativas que ha patrocinado Gabriel, empezando por sus artículos, imprescindibles, y continuando con su petición dirigida al Gobierno, al Congreso y a la Audiencia Nacional en Change.org para "investigar los atentados del 11-M", que, como era de esperar, solo ha conseguido el silencio ominoso de todas esas instituciones, ahormadas, como han estado, y están, en sepultar bajo un manto de oprobio la verdad del 11-M. No en vano, Gabriel, en uno de sus primeros artículos, dejó esta lapidaria denuncia:

Falta recordar la constelación de ascensos y de medallas con que el Gobierno premió a los que no evitaron ni investigaron el atentado, así como a los jueces y fiscales que nos vendieron un proceso judicial y una sentencia sin autores.

Gabriel se nos ha ido, y nos ha dejado huérfanos a todos los que hemos sentido su hálito, su impulso, su esperanza y su fe, para que no cejáramos en la búsqueda de la verdad de lo que pasó en aquellos viles atentados. Fue la voz que clamó en el desierto, ese campo yermo y desabrido de la España oficial: la que construyó esa sentencia infame; la que permitió que los verdaderos autores permanezcan en la sombra, como una amenaza; la que permitió dar a los españoles gato por liebre, ocultando y destruyendo las pruebas verdaderas, que hubieran desvelado la verdad; la que, en un acto de lesa patria, fabricó y colocó otras pruebas, para llevar a unos falsos autores.

Al final del prólogo a mi libro, Gabriel sentenció:

El pueblo español acuñó en los días posteriores a la tragedia aquella frase de: TODOS ÍBAMOS EN LOS TRENES. Muchos se apearon antes de estallar los artefactos. Que Dios los juzgue, al margen de la pobre justicia humana.

Descansa en paz, Gabriel, junto a Juan Pablo y junto a tu hermano. Nosotros seguiremos tu máxima de "no olvidar lo inolvidable", y, por tanto, continuaremos en los trenes.

En tu memoria.

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