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Meditaciones mínimas sobre el Brexit

Añoran los tiempos en que Gran Bretaña era más importante y lo que han conseguido es que Gran Bretaña sea menos importante.

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Añoran los tiempos en que Gran Bretaña era más importante y lo que han conseguido es que Gran Bretaña sea menos importante.
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  • Una ironía del Brexit: quienes han votado por la salida de la Unión Europea añoran los tiempos en que Gran Bretaña era más importante. Lo que han conseguido es que Gran Bretaña sea menos importante. Véase: hay algo casi macabro en ser británico para celebrar –nada menos– que "el día de la independencia", en pie de igualdad con, digamos, Malawi.
  • Las ideas tienen consecuencias: algunos querían recuperar la "independencia" y la grandeza británicas. Desde esta misma mañana, sin embargo, han alentado en la práctica la independencia de Escocia y una Gran Bretaña, por tanto, menos grande.
  • La calidad de la política británica se basó en sus equilibrios. Era, escribe Taine, "un asunto de tacto, en el que no se debe proceder sino con moratorias, transacciones y acuerdos". Todo lo contrario de un plebiscito y sus exageradas implicaciones y emocionales y políticas. Sí, puede decirse que habló "la voz del pueblo". También, que es medio pueblo contra otro.
  • El Brexit, en su gravedad, tiene una especificidad que lo separa de cualquier otra hipotética salida: el estupor es sólo comparable al pragmatismo y gradualismo que de siempre hemos atribuido a los británicos y que ahora han abandonado a nuestros ojos. Pregunta legítima: si en Gran Bretaña se pueden dejar arrastrar por un señor como Farage, ¿qué no podrá ocurrir en otros lugares?
  • Con una proyección naïve de sus deseos, algunos afirman que los británicos se marchan por estar incómodos en una Europa insolidaria y ultraliberal. Harían muy bien en repasar algunas de las proclamas de UKIP.
  • Son hermosas las ensoñaciones en torno a la Inglaterra inmemorial, pero la política está precisamente para no tratar de las esencias. El Brexit ha ganado en las urnas, pero a saber si ganará en la realidad: uno puede dar un portazo a la globalización, pero no por eso la globalización deja de estar ahí.
  • Curiosamente, la UE era un sitio extraordinario para capitalizar "la excepción británica". Su inserción era modélica a la hora de preservar los rasgos propios del país. Lo que les hacía más fuertes era estar dentro con un estatuto especial: nadie dudaba de su diferencia; todos debían transigir con su trato peculiar. Podían ser europeos a la carta sin dejar de ser plenamente británicos. Podían influir sobre el conjunto y preservarse de la uniformidad. Ese juego –para uno, enriquecedor; para otros, tramposo– ha terminado.
  • Hay europeos especialmente huérfanos por la pérdida de la aportación británica a la UE. Son todos aquellos distanciados de esquemas federalizantes. Cameron hizo aportaciones especialmente biensonantes de cara a la reforma de la UE. Algunas pueden leerse aquí. Ya son, por supuesto, "fábula del tiempo". Pero esa Europa menos retórica, menos burocrática y más mercantil ve ahora muy mermada su causa. La ENA necesitaba la cintura ágil de la City –y ese contrapeso era benéfico para todos.
  • Escribió Disraeli, a propósito de la cuestión social, de "las dos naciones" en que se dividía Gran Bretaña. La voluntad histórica del mejor torismo fue suturarlas. Es algo que se conoció como conservadurismo one nation. Ahora, el torismo no sólo ha ahondado la cesura entre la Little England y la Gran Bretaña abierta: también, las diferencias políticas entre sus territorios. Pocas injurias peores al espíritu one nation.
  • Detrás del adiós de Thatcher y del descrédito de Major estuvo la cuestión europea. Cameron es el tercer premier conservador engullido por esta línea de fractura. Tiempo hoy para lamentar un error estratégico: era mejor un partido tory con incómodas modulaciones internas que un partido tory quebrado en dos por la voluntad atolondrada de terminar con un asunto de una vez por todas. A veces no queda otra que la conllevancia.
  • Injusticias poéticas: Cameron ha sido un primer ministro en extremo competente. Su mandato podía haber sido recordado por mil cosas; ahora, sólo por una. Él también puede decir aquellos versos de "no me he equivocado en nada,/ salvo en las cosas que yo más quería".
  • Usted, como cualquiera, habrá visto la Union Jack mil y una veces reproducida en todo lo que va de cazadoras a tazas de café. Es una bandera bonita, pero también lo es –por ejemplo– la de Papúa, con la que nadie decoraría su Vespa salvo si es papuano. La británica se borda y se imprime, en el fondo, por una cuestión de prestigio y seducción cultural, pecio de la vieja anglofilia europea. A saber si dejarán de verse pendones británicos. Pero es posible que el mundo lo que vea es una Gran Bretaña más cerrada, menos abierta y menos amable. Y que con eso su prestigio cultural –el país ha intentado convertirse en superpoder del poder blando– se resienta. Es de temer que incluso esas diferencias británicas que tanto celebrábamos comiencen a parecer ahora menos risueñas.
  • No todo es prestigio cultural, sin embargo. De los setenta a esta parte, Londres había logrado resucitar para ser –de nuevo– una de las grandes capitales del dinero del mundo. Algo de eso también se puede resentir en el medio plazo. Una duda o esperanza razonable: que en Gran Bretaña vuelvan a operar nuevas élites europeístas.
  • Lectura melancólica para Europa: por primera vez, la Unión se muestra ante nuestros crédulos ojos como algo no necesariamente irreversible. Después de los años de la crisis, el Brexit viene a prolongar la agonía con un corolario amargo: la incertidumbre. Paradoja añadida: no sabemos aún si, con esta decisión, le irá peor a Gran Bretaña o peor a Europa. Es de temer que a la segunda.
  • Algo se pierde también en –llámese como se quiera– el espíritu de Europa. Será responsabilidad de todos formular nuevas ententes cordiales. Suena grandilocuente y es doloroso, pero que la sombra de la hermandad rota no se proyecte sobre los campos de tumbas del Somme y de Verdún.

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