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El Gobierno se enfrenta a la banca

Mientras el Ejecutivo se enroque en el inmovilismo intervencionista más disparatado la economía española continuará en caída libre y, obviamente, la banca cerrará el grifo del crédito.

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La catarata de reacciones y críticas que este martes hemos escuchado desde el Gobierno hacia la banca supone un cambio cualitativo en la estrategia que el Ejecutivo había mantenido hasta el momento en lo relativo a la crisis financiera. No parece que se trate de un simple calentón ante los dramáticos datos del paro que también hemos conocido hoy; muy probablemente la luna de miel entre Zapatero y los banqueros haya llegado a su fin.

El encargado de iniciar el fuego ha sido el ministro de Industria, Miguel Sebastián, quien a primera hora ha recordado que el Ejecutivo está ya harto de las entidades de crédito y que si no cambian, deberán tomar medidas. Sebastián ha hablado con una contundencia que horas más tarde se ha visto respaldada no sólo por el propio Rodríguez Zapatero, sino por el secretario general de la UGT, el presidente de la Junta de Extremadura o el vicepresidente del Gobierno gallego: Cándido Méndez, Gullermo Fernández Vara y Antxo Quintana no descartan la posibilidad de nacionalizar los bancos españoles si éstos se niegan a asumir riesgos imprudentes.

Muy mal tienen que estar las cosas para que en muy pocas semanas se haya pasado de calificar al sistema financiero español como "el más sólido del mundo" a enfrentarse a cara de perro con la banca. ¿Qué razones pueden existir para ese cambio? Probablemente muchas, pero destaca sobre todas la incapacidad del PSOE para atajar una crisis de la que todavía no conocemos el fondo: 3,3 millones de parados y creciendo. El Gobierno considera que la solución pasa por que la banca vuelva a conceder créditos, pero esto sólo supone confundir la causa con la consecuencia: la banca volverá a conceder créditos –apuntalando la recuperación– cuando todas las malas inversiones se hayan liquidado y cuando volvamos a pisar terreno firme sobre el que asentar el crecimiento.

Mientras el Ejecutivo se enroque en el inmovilismo intervencionista más disparatado –aumentando el gasto público o retrasando las imprescindibles reformas del mercado laboral y energético– la economía española continuará en caída libre y, obviamente, la banca cerrará el grifo del crédito. No sólo porque cada vez vaya a haber menos personas dispuestas a asumir grandes deudas si carecen de algún tipo de ahorro, sino porque los bancos no pueden afrontar, estando al borde de la quiebra, unos riesgos tan enormes como los que suponen prestar dinero a una sociedad donde el paro no deja de aumentar y las empresas de quebrar. ¿Acaso queremos que después de todos los millones que el Gobierno nos ha forzado a entregar a la banca ésta vuelva a quebrar por la mala calidad de sus activos? ¿Acaso queremos convertir a este sector en un apéndice nacionalizado del poder político que sirva, no sólo para repartir favores a los amigos políticos y económicos del poder, sino para agravar la ya de por sí intensa crisis que sufre España?

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