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Por la libertad, no a Madrid Central

Estamos hablando de una imposición liberticida muy propia de un equipo de gobierno que profesa una de las ideologías más totalitarias que jamás hayan existido: el comunismo.

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Europa Press

Me sorprende la cantidad de gente que, cuarenta años después de una dictadura paternalista, sigue permitiendo que manos ajenas gestionen su vida sin reservas. Los ciudadanos deberían cuestionar por defecto las decisiones que toman sus Administraciones y analizar cuánta libertad ganan o pierden con ellas. Sin embargo, por afinidad ideológica con los que deciden, falta de tiempo o comodidad, poco a poco se va consintiendo que perdamos libertad y se nos condicione todo: el lenguaje, el pensamiento, los sentimientos...; y ahora, como última moda urbanita, nuestra libertad de circulación en la ciudad. ¡Incluso se nos impone en qué sentido hemos de caminar por una determinada calle!

Por eso, el debate sobre Madrid Central va mucho más allá de la salud o el medioambiente. Polarizarlo, como los sectarios acostumbran a hacer con todo, es pueril; y tratar al ciudadano como un estúpido incapaz de cuidar de sí mismo, más aún, aparte de indignante.

Estamos hablando de una imposición liberticida muy propia de un equipo de gobierno que profesa una de las ideologías más totalitarias que jamás hayan existido: el comunismo. El Ayuntamiento ha dictado la puesta en marcha del plan de (in)movilidad más restrictivo de Europa sin informar previamente de sus decisiones ni demostrar que ha estudiado seriamente sus consecuencias y analizado hipotéticas alternativas. Por respeto y responsabilidad hacia el ciudadano, no podemos saludar Madrid Central. Porque manda él, no el Ayuntamiento. Porque el ciudadano no se tiene que adaptar a la Administración que mantiene con sus impuestos, sino que ha de ser ésta la que se adapte a él.

Nos están echando un pulso y dejando claro que son ellos los que mandan, y que por eso pueden cortar calles y túneles cuando les viene en gana, sin criterio, sin que les importe el tremendo daño que pueden llegar a causar. Como son ellos los que mandan, pueden secuestrar casi 500 hectáreas de la ciudad y alterar radicalmente las rutinas de cientos de miles de personas, perjudicar brutalmente la movilidad en dicha zona y… multiplicar la contaminación. Para colmo, a partir de ahora se establece otra –perniciosa– relación entre el Ayuntamiento y el ciudadano, pues éste habrá de pedir permiso para cosas como llevar a sus hijos al colegio o al médico en su propio vehículo, o para que unos amigos o unos familiares puedan visitarle en sus utilitarios. ¿Qué pretenden estos caciques, generar voto cautivo en una de las mayores ciudades de Europa?

Con el afán de querer creer, algunos medios de comunicación se han felicitado estos días por la "exitosa" estampa de una Gran Vía desangelada, sin vehículos. ¿Es eso un éxito? Para mí, no. En primer lugar, porque la muy dinámica Madrid no es ni quiere ser como esas ciudades del frío norte europeo que mueren a media tarde, cuando los comercios echan el cierre. Y, segundo y más importante, porque esos coches no han desaparecido porque los ciudadanos así lo hayan decidido libremente: los han eliminado mediante un diktat liberticida.

Podemos y sus múltiples confluencias aborrecen la iniciativa privada, que es precisamente el motor de Madrid, lo único que ha impedido su colapso definitivo en estos tres años y medio de demencial Gobierno comunista. Por eso no dudan en fomentar todo lo que expulse del centro de las ciudades a quienes les sobran: las clases medias, las familias con niños, los mayores, los comerciantes. Electoralmente, no les interesan. Consienten que el precio de la vivienda se desboque; que la suciedad y el abandono de las calles se multipliquen; que el okupa, el mantero víctima de mafias, los narcopisos, las drogas y la delincuencia aniquilen el derecho de los vecinos a vivir en paz y libertad.

Alimentan un infantilismo acomodado. Y yo no me resigno. Soy vecina de un distrito que tiene el privilegio de albergar todo tipo de tiendas, farmacias y supermercados 24 horas. No puedo pretender abrir las ventanas y respirar el aroma de árboles frutales como si estuviera en un pueblo cuyos habitantes no gozan de todo aquello. Mi distrito –Centro– no es mío. Tampoco Madrid. Mi ciudad es la capital de España. No puedo aceptar que se me privatice al gusto, y encima a costa del resto de los madrileños.

Los gobernantes de Podemos destruyen con tanto entusiasmo porque jamás han construido nada. A poco que hubieran puesto en riesgo su patrimonio para crear puestos de trabajo no actuarían con tanta ligereza insensata, sin pensar en aquellos a quienes pueden perjudicar.

Se supone que vivimos en una de las ciudades más libres del mundo. Pues demostrémoslo y no consintamos que Podemos la convierta en un cortijo posmoderno.

Isabel Díaz Ayuso, portavoz del PP de Madrid.

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