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Jaime Mayor Oreja

La última cena

Cuatro días después de aquella cena con Gregorio Ordóñez y con José María Aznar, Gregorio fue asesinado, mientras comía junto a María San Gil. Fue la última cena con Gregorio Ordóñez.

El 19 de enero de 1995, en la cena de celebración del día de San Sebastián, se iba a convertir en la última vez que coincidiría con Gregorio Ordóñez. Acababa de estar en el acto de su presentación como candidato a la alcaldía de San Sebastián. No eran momentos fáciles para Goyo. Pese a sus excelentes expectativas electorales, tras una legislatura en la que había conseguido alcanzar una excepcional confianza entre los donostiarras, estaba padeciendo y sufriendo una extraña e inexplicable situación en el Ayuntamiento de San Sebastián. Fue la primera vez que él presentía el riesgo y el peligro por el que atravesaba su propia vida.

Fue su mejor amigo en la política quien me trasladó esta situación, caracterizada por una viva preocupación por su falta de seguridad personal. No tenía escolta alguna, sin embargo, como siempre, en su presentación como candidato había estado valiente y seguro de sí mismo.

Algo extraño sucedía en el Ayuntamiento de San Sebastián y nunca supimos exactamente qué. Pero, una vez más, Goyo tenía razón y un trágico presentimiento recorría su cuerpo. Probablemente –y él lo sabía– porque había sobrepasado lo políticamente correcto, lo que se podía admitir en San Sebastián y en aquel País Vasco, debido a su valor, su coraje y su búsqueda permanente de la verdad.

Estaba –se le notaba en privado– preocupado como nunca. Aquella noche de celebración tuvimos, además, una compañía singular. Era el propio presidente de nuestro partido, José María Aznar, el que nos acompañaba aquella noche inolvidable de tamborrada del día de San Sebastián. Tampoco eran momentos fáciles para él porque, tras la derrota en las elecciones generales de 1993, las encuestas mostraban un leve descenso en nuestras expectativas tras haber rozado el éxito en aquellos comicios. La coincidencia en esa cena de José María Aznar y Gregorio Ordóñez nunca me pasó desapercibida, singularmente, meses después.

Pocas semanas después del crimen perpetrado contra Gregorio, un buen amigo mío, nacionalista vasco –al que he tenido y tendré siempre un especial cariño–, Eugenio Ibarzábal, que había sido portavoz del Gobierno Ardanza, compañero mío de colegio, me escribió una carta diciéndome: "No sé a quién o a quiénes, pero ETA ha decidido mataros". No podía imaginar que el escogido iba a ser José María Aznar una vez que Goyo fuera asesinado.

La cena tuvo lugar en el Círculo Mercantil de San Sebastián, en la calle Oquendo 2, en el Boulevard, exactamente en el mismo portal de la casa en la que yo había nacido y vivido durante toda mi infancia. Quiero recordar a Eugenio Damboriena, José Eugenio y Elena Azpiroz, y a la propia Ana Iríbar entre los comensales que compartíamos mesa con dos de las futuras víctimas que ETA había escogido.

Nada más terminar la cena, con la tradicional marcha de tamborrada de San Sebastián en la que nos habíamos colocado los tradicionales gorros de tamborreros, José María Aznar –pienso que fatigado por las circunstancias que vivía en aquellos momentos– decidió levantar la cena, terminar la fiesta e irse al hotel. Le acompañamos todos al Hotel María Cristina, enfrente del Círculo Mercantil, y tuvimos la curiosa sensación, sin saber por qué, de que no estábamos para fiestas.

Cuatro días después, Goyo sería asesinado en la parte vieja de San Sebastián, mientras comía junto a, entre otros, mi siempre querida y admirada compañera María San Gil. Fue la última cena con Gregorio Ordóñez y, permítanme que les diga –salvadas las distancias– que ante estos hechos, un creyente como yo siempre he buscado un paralelismo con "la Última Cena". No estaba Judas sentado en aquella mesa, solo estábamos sus amigos, pero estoy convencido de que había unos cuantos "Judas" no lejos de allí que preparaban su crimen.

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