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Carta de Jardiel Poncela a Colau y Carmena sobre la legalidad de la República

Aquello que hubo en España no fue una democracia, sino una asesinocracia.

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Enrique Jardiel Poncela | Archivo

Ilustrísimas alcaldesas:

Disculpad que me entrometa en vuestros asuntos de allí abajo, pero creo que merece la pena que haga una excepción y sustituya el arpa por la tecla durante un rato. Pues vuestras palabras en la exposición sobre el Madrid de 1936 han sido muy comentadas por aquí estos días. Para ser exacto, en la nube de los españoles que se mudaron aquí arriba precisamente durante aquel año.

Presumo que no habréis leído nunca ninguna de mis páginas a causa de haber sido un escritor de ésos que vosotras llamáis fascistas, así que antes de nada os aclararé que jamás fui hombre ni de las derechas ni de las izquierdas, pues siempre me gustaron ideas inherentes a ambos bandos, y con su mezcla estuvo hecha mi ideología ecléctica. Pero sí he de confesar que, con el paso del tiempo y la llegada de la guerra, me alineé con el bando del general Franco por los motivos que a continuación os explicaré.

¡Y eso que el régimen que surgió de su victoria, al cual siempre apoyé con entusiasmo, no me trató nada bien! Algunas de mis obras fueron censuradas por, según se dijo, atentar contra la concepción moral del régimen. En honor a la verdad habría que decir por atentar contra la visión moral de algunos sectores del régimen, los más cercanos al catolicismo integrista. Pues en sus primeros años, cuando los falangistas tuvieron más influencia, mis obras no encontraron obstáculos para editarse y representarse. Pero cuando, a partir de 1941, los falangistas comenzaron a ser apartados y los católicos, bajo el mando de Gabriel Arias-Salgado, se hicieron cargo de los asuntos de prensa y propaganda, comenzaron a llover sobre mis escritos las acusaciones de inmoralidad. Siempre que aparecía algún asunto de matrimonios mal avenidos, de cuernos o, sobre todo, de sexo, llegaban los tachones. Me cambiaban las escenas en las que aparecían camas, y si escribía amante o divorcio me lo sustituían por novio y separación. Así que os podréis imaginar la que se organizó cuando se me ocurrió escribir que cuesta menos vestir a una mujer que desnudarla. ¡Madre! ¡El drama padre! Y cuando me concedieron el Premio Nacional de Teatro de 1946, el jesuitaAntonio Garmendia, autor de un libro muy influyente en aquellos días titulado Lecturas buenas y malas a la luz del dogma y de la moral, no consiguió explicarse que "en la patria de los mártires por Dios y por España se haya podido propinar un bofetón tan claro a la decencia nacional".

Pero, una vez aclarado esto, vayamos con lo que habéis manifestado, eso de que la Guerra Civil fue el enfrentamiento entre un bando, el republicano, que defendía la democracia y la legalidad, y otro, el golpista, que defendía el fascismo. Pero la cosa no es tan sencilla. Antes de nada os aviso de que, como estoy bastante desentrenado en esto de escribir, voy a limitarme a reproducir la carta que escribí en 1947 al periodista mexicano Armando de María para explicarle lo que había sucedido en España durante la República y la Guerra Civil. Lamentablemente, el cáncer, robándome las ganas y el tiempo, me impidió terminarla y me obligó a devolverle a Dios la visita que, de mi mano, hizó Él a Getafe en 1932. Así que nunca la envié y sólo se publicó bastantes años después junto con otros papeles que se quedaron en mi cajón. Acaba de aparecer, por cierto, una nueva edición de mi obra inédita que no incluye esta carta. ¡Qué lastima que la censura siga funcionando, ahora en sentido contrario!

No incluiré comillas, pues salvo la introducción y la despedida prácticamente todo será textual. Empecemos por lo de la legalidad. Por ejemplo, por las realizaciones de aquel régimen tan legal. Porque, desde el principio, la República echó abajo con saña sectaria cuanto se había hecho o se estaba haciendo antes de llegar ella, desde las estatuas de antiguos reyes que adornaban los paseos hasta los objetivos trascendentales para el país, singularmente obras públicas y agricultura. Paralizó en el acto todas las obras hidráulicas en marcha, que eran muchas y espléndidas, puestas en marcha por la dictadura, y las dejó desmoronarse. E igual procedió con las carreteras y caminos, ferrocarriles y puertos, etc. Y organizó en cambio una reforma agraria de tal modo ruinosa para la economía nacional que uno se preguntaba estupefacto si aquello era la obra de un loco, de un memo, de un agente extranjero o de un criminal. Pero había que atacar a lo anterior, aunque lo anterior fuera inmejorable. Y todo por odio político.

La situación en el campo pronto fue terrible; y en él, a los delitos que ya se cometieron en las ciudades, hubo que sumar el incendio de cosechas y el asesinato de todo aquel que quiso oponerse a tan noble labor. A todo se unió la quema de conventos e iglesias y el asesinato de algún que otro cura, como aperitivo o vermouth de comidas fuertes futuras. Pero, para las personas provistas de sentido moral, había otra cosa peor: la mentira sistemática, el descarado cinismo y la calumnia que la República de 1931 manejó, instituyendo en España esa moda que no hay más remedio que declarar que ha sido y sigue siendo la característica de las izquierdas españolas y de muchas izquierdas extranjeras. Porque sucedía que aún veíamos los espectadores a los incendiarios alejándose, cuando ya se echaba la culpa del incendio a las derechas, y se hacía con ese motivo una redada de derechistas, camino de las cárceles. Y aún se hallaba caliente el cadaver de un asesinado por un individuo del que se podía decir hasta el nombre, y ya se vociferaba y se escribía en los periódicos que aquella muerte era una provocación derechista. Alentadas en sus peores instintos por la impunidad y cada vez más exaltadas por el propio desorden, las masas comenzaron a desmandarse sin freno por todas partes.

En resumen: que aquello que hubo en España no fue una democracia, sino una asesinocracia. Porque la República no fue sino una revolución que duró, con alternativas, cinco años y tres meses, al cabo de los cuales desembocó en la anarquía y trajo la guerra. Porque la guerra no la trajo Franco, sino la anarquía ya insufrible en que había caído el país. Esto también es una verdad exacta, contrariamente a lo que dicen las propagandas. Semejante estado de descomposición, desorden, delincuencia, libertinaje político, odio social y ruina ya en marcha, había sido el resultado de la labor de gobierno de aquellos cinco años de República: y el que no lo reconozca así habiéndolo presenciado miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente, miente; y aún no he dicho bastantes veces "miente" para expresar cómo y de qué manera miente.

¡Por no hablar de las escandalosas elecciones de febrero de 1936! Porque las izquierdas unidas en bloque se volcaron en las urnas dispuestas a salir por las buenas o por las malas; legalmente o ilegalmente; con suficiente número de actas o anulando las actas del enemigo; con papeletas de votación o a tiros; de frente o por la coacción; con derecho y justicia, o sin derecho y de un modo injusto… Naturalmente, las izquierdas salieron triunfantes: y aquello fue el principio del fin.

Hablando de fines, aquí termino por hoy, pues cuando me pongo a dar a la tecla me quedo solo. Pero el próximo día continuaremos, que se me han quedado bastantes cosas en el tintero, sobre todo esa bobada sobre demócratas contra fascistas.

Un saludo casi divino de vuestro Enrique.

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