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Por qué dejé de ser de derechas

El rumbo de Aznar se torció pronto. Su política de medios fue desastrosa y entreguista y, cual vulgar reyezuelo, designó como sucesor a uno de los tipos más lamentables, incompetentes y patéticos que se recuerdan.

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No me pasaré a ningún otro partido. Seguiré luchando por mis ideas desde la independencia. Quizá, si en el futuro naciera un partido de centro que se esforzara en superar la crispación y división en la que está cayendo nuestra sociedad, volvería a adoptar un nuevo compromiso. La política siempre fue necesaria. Ahora, más que nunca.
Así se despedía del Partido Popular Manuel Pimentel, ex ministro de Trabajo, en marzo de 2003. Aunque en ese momento no compartí su postura frente a la guerra de Irak, el tiempo y muchas decepciones me han ayudado a comprender mejor su demanda de democracia interna y de respeto a todos los puntos de vista.

El recuerdo de la despedida de Pimentel y la presentación del interesantísimo Por qué dejé de ser de izquierdas, de Javier Somalo y Mario Noya, me llevó hace unos días a preguntarme por qué dejé de ser de derechas. Porque si alguna vez me consideré de derechas fue, sobre todo, como posición frente a una izquierda dogmática, totalitaria, apátrida e incapaz de hacer la menor autocrítica y de pedir perdón por sus crímenes. En realidad, la dinámica social me empujó, como al resto de los ciudadanos, a tomar partido en una dicotomía tan absurda como nuestra historia reciente. Supongo que en eso consiste ser español desde hace un siglo. Craso error el mío en todo caso, porque, con la mejor voluntad, como la de la mayoría de simpatizantes de PSOE y PP, contribuí a agravar el problema que creía combatir. El mal menor no es más que el ralentizador del desastre que nos negamos a ver.

La segunda legislatura de Aznar comenzó a abrirme los ojos. Sí, Federico Jiménez Losantos y algunos pocos más siempre habían desconfiado de nuestra derecha, pusilánime y vendepatrias, pero España estaba despegando, o, al menos, eso parecía, y, tras la pesadilla del felipismo, el horizonte se veía despejado. Pero el rumbo de Aznar se torció pronto. Su política de medios fue desastrosa y entreguista, no midió las fuerzas en su guerra soterrada de independencia de la metrópolis francesa y, cual vulgar reyezuelo, designó como sucesor a uno de los tipos más lamentables, incompetentes y patéticos que se recuerdan al este del río Pecos. El protagonismo estelar de la derecha en la construcción de la versión oficial del 11M me hizo perder el poco respeto que ya sentía por ella. Una derecha que ha renegado de sus bases, que ha optado por la simbiosis con el PSOE y ha elegido un discurso del que jamás nada constructivo saldrá: presentarse como el mal menor para nanogobernarnos cuando herede el poder.

¿Qué alternativa queda para los millones de solitarios corredores de fondo que empiezan a poblar las carreteras de España? ¿El exilio interior, como en Cataluña? ¿El cinismo? ¿El zapaterismo disfrazado de Rosa10? ¿El partido de centro que espera Godot Pimentel? ¿O quizá la tercera vía a la española en forma de liberalismo y asentado en la premisa España y Libertad? Mi propuesta, modestamente, empezaría por la desbunkerización de la opinión panoptizada. Creo que sería el primer paso para que socialistas, comunistas, conservadores, centristas y separatistas de distinto pelaje lleguen a comprender lo lejos que nos encontramos de un sistema democrático saludable con este presunto líder de la oposición que se permite insultar a todo un país de esta manera: No es momento de pasar factura a Zapatero, sino de evitar que se le pase factura a España.

Nos movemos en paradigmas muy movedizos y más nos valdrá a todos acertar esta vez, para así, dentro de un par de décadas, escribir libros y artículos en los que afirmemos por qué seguimos defendiendo los mismos colores que en este octubre mediocre de 2008.

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