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Jorge Alcalde

El clima no cambia

La última Conferencia de las Partes para el Cambio Climático (y ya van 20) terminó en Lima como se esperaba. Con un rotundo fracaso.

La última Conferencia de las Partes para el Cambio Climático (y ya van 20) terminó en Lima como se esperaba. Con un rotundo fracaso. No se ha avanzado casi nada en el intento de comprometer seriamente a las naciones convocadas en una reducción efectiva de las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera. O, lo que es lo mismo, en la puesta en marcha de un cambio radical de paradigma energético. El clima político en cosas del clima sigue estable.

Que de Lima no haya salido una llamada generalizada a la revolución verde no es mala noticia. Pero que sigamos abocados a una catarata de reuniones inútiles como única estrategia oficial para resolver los problemas ambientales del planeta sí que lo es… muy mala.

Más de 12.500 personas registradas, 7.000 funcionarios de 190 naciones, 3.500 representantes de ONG, 1.000 periodistas, más de 1.000 delegados de agencias oficiales intergubernamentales… dos semanas de trabajo que tocaron a su fin el pasado sábado. Y todo ello para nada. O para muy poco.

Los representantes de las Naciones Unidas en cuestiones climáticas parecen estar seguros de que se necesita limitar el aumento global de temperaturas a un máximo de dos grados por encima de la media preindustrial. Pero hasta ahora los responsables políticos de los países implicados en las reuniones han sido incapaces de coincidir en cuál es el modo de lograr tal objetivo. Los principales escollos para lograr un acuerdo definitivo son, como casi siempre, quién pone el dinero, en qué se invierten los fondos destinados a la lucha contra el calentamiento y cómo se controla que los países firmantes cumplan sus compromisos.

A ello se añade un nuevo motivo de discusión: ¿las políticas contra el cambio global han de ser mitigadoras o adaptadoras? En otras palabras: los miles de millones de dólares que se van a invertir, ¿deben dedicarse solo a reducir emisiones contaminantes o debería también invertirse en dar por sentado que el calentamiento global es un hecho imparable y adaptar las infraestructuras para el nuevo planeta más cálido que nos tocará vivir?

La Unión Europea y Japón apuestan por meras políticas de reducción de gases de efecto invernadero. Un grupo de países emergentes liderados por Brasil prefiere dedicar recursos a la adaptación. Nicaragua ya ha alertado de que París 2015 será un fracaso si no se incluyen recursos económicos para adaptar los países más necesitados a los envites del clima cambiante. En el fondo subyace toda una dicotomía ideológica de la cosa climática: los que creen que el calentamiento se puede parar y los que consideran que es imparable y resulta más razonable prepararse para soportarlo.

Los primeros siguen bregando en el mar idealista en el que echaron raíces desde Kioto. Los segundos observan algunos datos que demuestran cuán grande es la montaña que se pretende escalar. Según la organización Carbon Tracker, si queremos mantener los objetivos de limitar el aumento de temperaturas a 2 grados habría que etiquetar como no quemable entre el 60 y el 80 por 100 de las reservas de petróleo, gas y carbón del planeta. En otras palabras, si se quiere cumplir con los objetivos del IPCC habría que decir a las naciones del mundo que, de todos los recursos fósiles que tienen en sus stocks, tiren a la basura dos terceras partes. Ese es el auténtico mar de fondo de las cumbres del clima. La razón por la que nunca van a saldarse con un gran acuerdo global. ¿Qué político está dispuesto a volver a su país y anunciar que renuncia al 80 por 100 de los recursos energéticos que la naturaleza les ha dado a sus conciudadanos? A menos que se llame Paulino Rivero…

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