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¿Qué hacer con el problema catalán?

Que hay un 50% de separatistas, dicen las encuestas oficiosas. Y lo raro es que solo haya un 50%, tal como es esa tropa. Los de la siesta.

José García Domínguez
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Como cada año por estas fechas, el Madrid con mando en plaza se despierta por unas horas de la siesta para entregarse al preceptivo alarde patriotero que suele suceder a la llamada Diada. Rutinario humo de pajas en el que, entre aspavientos y miasmas, se dan en exigir urgentes soluciones a un problema, el catalán, que ese mismo Madrid de los dontancredos ha dejado pudrir durante cuarenta años. Y entre la hojarasca de retórica huera destacan dos falacias recurrentes. La primera es el supuesto implícito de que todo conflicto tiene que tener solución. La segunda, el a priori cínico de que el asunto se podría resolver echando mano de la cartera y soltándole unas monedillas a Artur Mas. Testimonio ambas de una de las grandes lacras de la España contemporánea: la profunda ignorancia histórica de sus clases dirigentes. Porque muchas disputas políticas, simplemente, no tienen solución. Sin ir más lejos, la crónica de los últimos dos siglos en Occidente no es más que la narración del choque entre dos valores absolutos incompatibles entre sí: la libertad y la igualdad.

Y los nacionalismos, todos, forman parte de ese mismo callejón sin salida intelectual. El nacionalismo es una enfermedad moral que no posee cura. La empecinada obsesión de no querer admitir esa evidencia remite a una fantasía pueril, a saber, la quimera de que sería posible viajar en el tiempo hasta el siglo XIX y extirpar el germen separatista que entonces se inoculó en la cultura cívica catalana. Pero la Historia no tiene marcha atrás. El vacío de la labor nacionalizadora que aquellos ilustres irresponsables de la Restauración no supieron hacer es nuestra penitencia. En eso, tenía razón Ortega. Con los micronacionalismos únicamente cabe la conllevancia, tratar de paliar los estragos más virulentos de un mal que hay que saber crónico. En cuanto a lo otro, dan ganas de parafrasear a Clinton, de gritar "¡No es la economía, estúpidos!". Porque nunca falta algún progresista mesetario presto a ofrecer una tercera vía equidistante entre el acatamiento a las leyes y la sedición.

Ni respeto por el Estado de Derecho, pues, ni tampoco apoyo expreso a la sublevación. He ahí el justo medio aristotélico donde se siente cómodo el PSOE poszapateril. La clave del famoso "encaje", predican, consistiría en otorgar un regalo vitalicio a los catalanes. Un regalo en metálico, huelga decir. Cataluña ha de ser primada sobre –y contra– todos los demás. Tediosa cantinela biempensante que solo olvida lo fundamental, esto es, que la almendra del nacionalismo nada tiene que ver con la economía. Québec era separatista siendo la región más pobre de Canadá. Y sigue siendo separatista ahora, pese a representar el segundo territorio de la Federación por nivel de renta. Eslovaquia era un mísero campo de patatas antes de romper con la mucho más próspera República Checa. Y hoy continúa siendo un mísero campo de patatas, pero henchido de orgullo por su flamante soberanía nacional. Por el contrario, en Baleares, la comunidad española con un déficit fiscal más acusado (un 14,2% de su PIB), el independentismo criptocatalanista jamás ha salido de la marginalidad.

Porque el nacionalismo no es un problema contable, por mucho que se empeñen en decir lo contrario los filisteos de turno. Con cupo fiscal o sin cupo fiscal, los catalanistas seguirán minando la soberanía española sin tregua. ¿Qué hacer, entonces? Lo primero, sin duda, superar el miedo, ya crónico en la derecha democrática española, a ser tildados de neofranquistas. Ese pánico paralizante que les inhabilita para afrontar una política cultural activa en defensa de principio constitucional tan básico como el de la indisoluble unidad nacional. La Kulturkampf debiera ser una obligación para los poderes públicos. Lo segundo, en fin, algo tan simple como que el Estado esté. Que se perciba su existencia en la vida cotidiana de los siete millones de catalanes para los que ahora resulta invisible. Desde las patrullas de los coches de la Policía Nacional (a estas horas, ocultos en los garajes), hasta la televisión y radio estatales, esos melifluos apéndices vergonzantes de TV3. Que hay un cincuenta por ciento de separatistas, dicen las encuestas oficiosas. Y lo raro es que solo haya un cincuenta por ciento, tal como es esa tropa. Los de la siesta.

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