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José María Albert de Paco

El laboratorio de la independencia

¿Qué cómo sería la independencia? Como viene siendo Barcelona pero ya sin el menor disimulo.

José María Albert de Paco
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¿Qué cómo sería la independencia? Como viene siendo Barcelona pero ya sin el menor disimulo.

La posibilidad de que el Llamado Proceso (en adelante, el Llamado) culmine con la partición de España ha llevado a algunos catalanes a preguntarse cómo sería esa Cataluña. Bien, creo que puedo aportar alguna clave al respecto. En lo esencial, estaríamos ante un país ensimismado (más todavía, quiero decir), rebosante de conmemoraciones de carácter doméstico-victimista y con su intelligentsia entregada a la forja de una teología del expolio o la deuda histórica; un relato, en fin, que achacara a España (que habría dejado de ser el Estado Español) la bancarrota en que los catalanes se hallarían sumidos.

El concepto de ciudadanía se diluiría en el magma lengua-terruño-parentesco, al cabo, el sustrato moral en que se asienta el Llamado. Obviamente, ello comportaría una retribalización de la sociedad, en el sobreentendido de que la construcción de la Nueva Cataluña (del Nuevo Catalán) exigiría un cierto tesón identitario (siquiera, nos dirían, de forma transitoria). A rebufo de esta condición, florecerían cientos de organismos que vendrían a reforzar lo que, en el período de la Dominación Española, recibió el nombre de Estructures d’Estat, y que tan endebles se acabaron revelando, ay, al poco de la Proclamación.

Así, y lejos de verse mitigado, el enardecimiento patriótico seguiría su curso por razones, digamos, técnico-arquitectónicas. Semejante envite haría necesario el concurso de la Cultura, a cuyos mandarines se encargaría, previa subvención, la creación de obras de marcado-acento-pedagógico, y así , en clave dramática, poética o chistosa, explicar al mundo (y a nosotros mismos, pues nunca se bailan suficientes sardanas) quiénes somos y adónde vamos, sí, pero sobre todo de dónde venimos.

No, no es que me sobre la imaginación; antes bien, me basta con mirar a izquierda y derecha, pues esa Cataluña ha empezado ya a esbozarse en Barcelona, el lugar donde, paradójicamente, menos condiciones se daban para ello. Las banderas estrelladas de los balcones son, al cabo, la tramoya de una ciudad cautiva, subyugada, desleída. Aquella Barcelona que fue un ejemplo de sostenibilidad financiera es ahora poco menos que el banco malo de Artur Mas. Aquella Barcelona que patrocinó el asombroso pulso entre los Bohigas y Bofill, entre los Foster y Calatrava, es hoy un viscoso abrevadero de erasmus, interrailes y magalufes. Aquella Barcelona que tan hermosamente fracasó con el Fórum, hoy se estrella de modo grotesco con el Tricentenario de 1714. Y aquella Fura dels Baus que paseó por el mundo su indócil temperamento, hoy no pasa de compañía teatral catalana.

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