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Su Majestad debería decir algo, y si es algo atendible, solemne y edificante, tanto mejor.

José María Albert de Paco
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Su Majestad debería decir algo, y si es algo atendible, solemne y edificante, tanto mejor.
Don Felipe | Casa Real

Los exégetas han hablado: en su mensaje navideño, el Rey no hizo referencia explícita a Cataluña pero sus palabras contra "la intolerancia y la exclusión, la negación del otro o el desprecio por la opinión ajena" aluden inequívocamente al independentismo catalán. Se trata, en efecto, de una interpretación plausible; tanto como lo sería afirmar que Felipe VI abogó por la solidaridad con los refugiados de Oriente Próximo. O decir que nos previno acerca del populismo rampante. O que clamó por la paz mundial. A este respecto, el más sandunguero de los comentaristas, el periodista de El País Miquel Alberola, ha dejado esta cumbre del periodismo de buffet libre: "En su tradicional mensaje navideño, el Rey realizó un contundente alegato a favor del respeto y la convivencia aplicable en cualquiera de las áreas susceptibles de conflicto en las que vive la sociedad española". Un mensaje, ajá, que combina con todo. De hecho, nada impediría al independentismo ponerse el kimono de judoka y proclamar que el Rey, con su canto a la tolerancia, abrió el camino a la celebración de un referéndum pactado. Y que el Gobierno tome nota. (Pero el enemigo sólo da para quemar sus fotos, tal es su falta de audacia).

Sea como sea, los discursos de Felipe VI, al igual que los de su padre, exigen del despiece a cargo de editorialistas. Si los diarios trataran de servirlos como información pura y dura, según la rutina productiva de las noticias de declaraciones, cundiría el desconcierto. "Momentos como éstos", dijo Felipe VI, "nos recuerdan el gran patrimonio común que compartimos". Y remachó: "Un patrimonio que merece el cuidado de todos y que todos debemos ayudar a proteger como lo mejor que tenemos y somos". Un erial intolerable, ya digo, que en los últimos tiempos contamina las valoraciones de los líderes políticos, aún más anodinas que el original, de suerte que lo que debiera ser un gran anuario español empieza a parecer el desperezo de la marmota Phil, con la salvedad de que ésta al menos pronostica la duración del invierno. Así, y aunque sea únicamente por el share –que también es una forma de (des)legitimación–, Su Majestad debería decir algo, y si es algo atendible, solemne y edificante, tanto mejor. Más teniendo en cuenta que ni siquiera el afán de contemporizar le ahorra detractores, ya se trate de Podemos, de la CUP o de la sedicente Asociación para la Recuperación [sic] de la Memoria Histórica, ese oráculo de entreguerras.

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