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Nada personal

Qué insólito resulta oír hablar a un nacionalista de personas, así, a pecho descubierto.

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Resulta insólito oír hablar a un nacionalista de personas, así, a pecho descubierto, sin un maldito terruño, nación o pueblo que atenúe o acaso disuelva la naturaleza jurídica de dicha entidad, esto es, su condición de sujeto de derecho individual. Por eso me llamó la atención que el inefable-consejero-de-Presidencia-Quico-Homs declarara ayer, tras el portazo de los empresarios catalanes al proceso soberanista, que lo que importan no son los colectivos (en alusión a las asociaciones empresariales), sino las personas, puesto que, al cabo, son las personas quienes habrán de ejercer el derecho al voto en un hipotético referéndum.

No descarto que, al ir hilando silábicamente la voz personas, Homs sintiera el escalofrío o quién sabe si el morbo del que se adentra en una jungla inexplorada. Él, que a sus años no había conocido más agrupaciones celulares que las cadenas humanas, las voluntades populares o las cohesiones sociales, se topaba de pronto, parafraseando a Gil, con la verdad desagradable, con el único argumento de la obra.

Las personas, sí, las mismas que en su mismidad llevan años reclamando para sus hijos una educación bilingüe y que, precisamente por ello, por tratarse de casos personales, aislados, no han recibido otra respuesta de la Administración que la de la atención, ay, personalizada. Y cómo pasar por alto, en este punto, ese aforismo tributario tan cuajado de rigor: "Quienes pagan impuestos no son los territorios, sino las personas", que los no nacionalistas hemos esgrimido desde la noche de los tiempos frente al España nos roba (los no nacionalistas catalanes; el resto de españoles, con los políticos madrileños a la cabeza, siempre creyeron que sí, que España algo robaba).

Homs, tan habituado como cualquier otro de su cuerda a tratar exclusivamente con Omniums, Ustecs, boletaires, castellers, barcelonistas, manifestantes, sindicatos, asociaciones de padres o esbarts dansaires; tan habituado, en fin, a adularse frente al espejo, un espejo-espejito que siempre le devolvía las lisonjas a cambio de una subvención, descubre, como quien descubre el hielo, que "lo que cuenta son las personas". Una vuelta más de tuerca y se sorprenderá diciendo: "Y no las entelequias".

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