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Noventa y ocho

Hay una escena en que al obispo emérito de San Sebastián, José María Setién, le sale al paso la palabra 'democracia' y no sabe qué estatus concederle.

José María Albert de Paco
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Hay una escena en 1980, de Iñaki Arteta, en que al obispo emérito de San Sebastián, José María Setién, le sale al paso la palabra democracia y no sabe exactamente qué estatus concederle. Difícilmente esta película podría tener un contrapunto más cabal que las apostillas que este caronte asexuado va dejando al pie de cada tumba. "¿Y los derechos colectivos qué, eh? ¿Cómo va a haber paz si no hay derechos colectivos?". No es la única muesca del documental que alude al clero. El guardia civil Lorenzo Báez, que entonces contaba 23 años, relata cómo el párroco de Yurre, tras detectar su presencia y la de otros compañeros entre los feligreses, exclama: "Hasta que no salgan los txakurras no empieza la misa". Y Víctor González, hermano de un guardia civil asesinado en Markina, asevera que eran los curas quienes informaban a los etarras de los movimientos de los guardias civiles. Además de a la iglesia, 1980, que alude al año más cruento de la historia de ETA, con 98 asesinatos, señala con crudeza al pueblo, a ese contingente de 200.000 filoetarras para quienes el voto a Herri Batasuna fue la traducción homeopática del tiro en la nuca. Y, por supuesto, al enjambre de figurantes que, al olor de la sangre, bisbiseaba la preceptiva esquela: "Algo habrá hecho". El colaboracionismo de los nativos forjó, de hecho, un atentado tipo. La víctima entra en un bar y se sienta a tomar un menú; un parroquiano informa de ello al comando que opera en la zona, cuyos miembros se desplazan al lugar, entran en el garito, acribillan al guardia civil y huyen. El tema no está exento de variaciones: en la localidad alavesa de Salvatierra, tres guardias que habían acudido a desviar el tráfico por el paso de una carrera ciclista fueron tiroteados por etarras confundidos entre el público. Como quiera que uno de los guardias agonizaba, el gentío alertó a los terroristas, que ya habían emprendido la huida, y éstos regresaron para rematarlo. 24 tiros más, no hubiera que volver de nuevo. Más allá de los testimonios de primera mano, la otra gran fuente documental de 1980 son los periódicos. Sorprende, en este punto, cómo los muertos fueron o bien ninguneados, o bien exhibidos de forma encarnizada, sin que mediara entre la sangre y el lector la más mínima operación periodística. Puro gore, en ambos casos. Es precisamente la remembranza de una de aquellas crime scenes la que lleva al periodista Florencio Domínguez a comparar los atentados etarras con atentados mafiosos. Ninguna de aquellas fotografías, en efecto, remite a una guerra; antes bien, evocan un tajo inopinado en el curso natural de una vida. Éste comía, ése cenaba, aquél llevaba a su hija al colegio. Bastaría con sustituir el bacalao al pil pil por unos espaguetis a la sorrentina para que aflorase, en toda su vacuidad, un bodegón napolitano. Vayan a verla, si tienen ocasión. Eso sí, tal como Iñaki Arteta confió a Nuria Richart en estas mismas páginas, "hay que ir llorao de casa".

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