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El síntoma Obama

Estados Unidos está haciendo su 98. Aquí fue una generación de intelectuales y políticos, presuntamente renovadores, la que firmó la defunción del orgullo español y la de la nación española. Los norteamericanos llevan mucho tiempo embarcados en esa tarea.

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La victoria de Obama y los demócratas en Estados Unidos resulta comprensible, e incluso digna de aplauso. El comportamiento de los republicanos en el poder, sobre todo en los últimos cuatro años, ha destrozado la coalición sobre la que se dijo, en 2004, que se iba a construir una nueva mayoría conservadora para una generación. Es obvio que no ha sido así y la derrota republicana se veía venir desde hace tiempo.

Con Bush, tan admirable en muchas cosas, la mayoría se ha ido disgregando con sucesivas rebeliones a las que la Casa Blanca no supo hacer frente. Bush no supo liderar la mayoría republicana. El conservadurismo compasivo desembocó en el desastre del Katrina, la intervención en Irak se hundió en una gestión incompetente, digna de Bush padre, y la crisis financiera ha sido manejada –tal vez no había otra forma de hacerlo– en medio del pánico. El republicanismo llegaba a estas elecciones desgastado, aunque, en mi opinión, no en cuanto al supuesto intervencionismo de Bush ni en cuanto al aún más hipotético conservadurismo de Palin, dos factores que a mi parecer no han perjudicado a McCain.

En cualquier caso, la campaña se planteaba como un movimiento de renovación. Poner al frente de esa ola a un hombre de más de setenta años, de los que veinte han transcurrido en el medio de las intrigas políticas de Washington, no resultaba muy adecuado. Por otra parte, McCain, que es un centrista por naturaleza, contradijo su mensaje de experiencia al elegir a Sarah Palin, una candidata que por sus novatadas convirtió a Obama en el ápice de la sabiduría.

Obama, partido de círculos izquierdistas, que en las primarias movilizó a unas organizaciones de base y a nuevos electores con un mensaje de ruptura, ha ido suavizando su propuesta y adaptándola a un electorado evidentemente de centro derecha. Gracias a esto, el presidente electo ha conseguido el voto de los independientes –el más disputado en estas elecciones–, el de los hispanos –por ahora se ha echado a perder todo el trabajo de Bush–, el de los católicos e incluso el de buena parte de las mujeres.

Todo esto, que contribuye a explicar la victoria de Obama, la sitúa también en sus justas dimensiones. Se ha producido un relevo esperable, explicable y tal vez incluso necesario. Tampoco sería particularmente preocupante que los demócratas hubieran conseguido iniciar ese "realineamiento" que sus adversarios no han logrado consolidar en estos años. Obama se ha dirigido al conjunto del electorado, y no sólo a los suyos, y los republicanos tienen ahora muchas lecciones que sacar de lo ocurrido. No les va a faltar tiempo ni oportunidades. El Partido Demócrata es un hervidero de contradicciones, como lo es la coalición social y cultural en la que se sustenta Obama.

Dicho esto, la victoria de Obama tiene algunas características que convierten su presidencia en algo completamente nuevo y, tal vez, peligroso. La primera cuestión es la dimensión mediática del personaje y del mensaje. Más que de dimensión, habría que hablar de naturaleza. Obama se ha ido forjando en estos dos años al compás de lo que los medios de comunicación han hecho de él, sin más escrutinio de su pasado ni de sus opiniones previas. La imagen lo ha sido todo, hasta el punto de que el candidato se ha ahorrado mensajes más concretos. Si se pone en relación este hecho con el nuevo papel de los medios de comunicación en la legitimación de determinadas políticas, en particular con respecto a la guerra, nos encontramos con el triunfo de una sensibilidad. Cuando Obama tenga que tomar decisiones duras en el frente antiterrorista, ¿la televisión será capaz de frenar la difusión de unas imágenes intolerables para esta nueva democracia televisada? ¿No saldrá entonces otro candidato que prometa más diálogo y mejores intenciones? ¿No habremos entrado en una carrera por eliminar cualquier sufrimiento? ¿Y cuál será el coste de esa nueva actitud?

Obama, por otra parte, cierra una era al convertirse en el primer presidente negro de Estados Unidos. ¿Inaugura de verdad la nueva era postracial que se está proclamando? Tengo algunas dudas. Un candidato postracial no sale respaldado por el 96 por ciento de la comunidad negra. La unanimidad resulta inquietante en todo, más aún en política. Aquí la unanimidad apunta, más que a una superación del problema racial, a una forma de enquistamiento en nombre, eso sí, del multiculturalismo. Obama es también, como se ha dicho, el primer presidente multicultural. Ha hecho alguna indicación acerca de la necesidad de poner fin a las políticas de discriminación positiva. Cómo llevará a cabo esa política, si es que la quiere llevar a cabo, es una de las grandes incógnitas de su presidencia. Tal vez la política norteamericana entronice, cuarenta años después de haberlas inventado, las políticas de identidad.

Políticas de identidad que son el resultado, como sabemos muy bien en España, del resentimiento hacia la propia cultura. La perspectiva resulta tanto más inquietante cuanto que la elección de Obama significa un primer paso en la dejación del liderazgo por parte de la opinión pública norteamericana. Un amigo lo describe muy gráficamente: Estados Unidos está haciendo su 98. Aquí fue una generación de intelectuales y políticos, presuntamente renovadores, la que firmó la defunción del orgullo español y, a la larga, la de la nación española. Los norteamericanos llevan mucho tiempo embarcados en esa tarea. El 4 de noviembre parecen haber aceptado por fin la derrota del proyecto que hacía único a su país y que le había otorgado, hasta aquí, su papel hegemónico. Estaríamos así ante el final del célebre excepcionalismo norteamericano. ¿Se resignarán por fin los norteamericanos a ser un país normal? ¿Qué coste tendrá la reconversión? ¿Y quién lo va a pagar?

Puede que todo esto sean aprensiones y que Obama, con un carácter de acero y una ambición fuera de serie –los líderes buenistas son implacables–, las contradiga todas. Sería lo mejor para todos, para Estados Unidos y para los demás.

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