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José María Marco

Israel. La eterna crisis de una democracia en forma

En un marco nacional tan sólidamente establecido, las discrepancias, por muy broncas que puedan llegar a ser, no resultan perjudiciales.

José María Marco
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En un marco nacional tan sólidamente establecido, las discrepancias, por muy broncas que puedan llegar a ser, no resultan perjudiciales.
Benjamín Netanyahu, en una imagen de archivo. | EFE

En dos años, Israel ha celebrado cuatro elecciones, y las cuatro sin resultados claros de los que permiten construir una mayoría gubernamental estable. En las últimas, del pasado 23 de marzo, el primer ministro, Benjamín Netanyahu, contaba –quizás– con el éxito de la campaña de vacunación y el de los llamados Acuerdos de Abraham para adelantar posiciones y despejar la situación. No ha sido así y de hecho es posible que el propio éxito de la campaña la vacunación haya perjudicado a Netanyahu, con un electorado que ha cambiado, en parte, de actitud al empezar a verse libre de la amenaza del covid. El Likud desciende; de hecho, aunque se mantiene como la fuerza más votada, con 30 votos (el siguiente, el centrista liberal Yesh Atid, tiene 17), ni es capaz de gobernar solo, algo imposible en el Israel de hoy en día, ni tiene a su disposición una coalición clara de gobierno. Sea lo que sea, la posición central de Netanyahu ha llevado al presidente Rivlin a encargarle la formación de Gobierno.

Entre los elementos que destacan del resultado de estas elecciones está la dificultad de hablar de bloques en la política israelí. Antes se hablaba de un bloque de derechas y otro de izquierdas. Ahora ya se habla de un bloque pro Netanyahu (52 diputados) y otro anti Netanyahu (59). Aun así, tampoco la denominación es buena. Como ninguno de los bloques alcanza una mayoría suficiente para gobernar, cualquier coalición requiere la incorporación de organizaciones del otro, y eso sin contar con las muy difíciles relaciones entre los partidos que componen cada uno de ellos. Hay posibles combinaciones de derechas, pero con enfrentamientos internos, como el de Gideon Saar con el partido de Avigdor Liberman y el de este con los jaredíes. También hay otras de centro-derecha, como una posible entre Likud, Yesh Atid, Israel Beitenu y algún otro. El propio Netanyahu, la clave de la política israelí actual, dificulta las posibles alianzas, dada su situación judicial, que le lleva a desacreditar a los jueces e incluso a la policía, y dadas también sus relaciones con algunos de los demás líderes.

Del otro lado, en el bloque anti Netanyahu, las cosas son aún más complicadas, con vetos cruzados y promesas de no llegar nunca a ninguna alianza, como la formulada por Naftali Bennet, de derechas, con Yesh Atid, el partido de centro laico liderado por Yair Lapid, o que se reconcilien las dos candidaturas árabes (Lista Árabe Unida y Lista Conjunta) radicalmente enfrentadas.

En cualquier caso, se reafirman tendencias que vienen de lejos. La izquierda clásica –el Partido Laborista, llamado Ha Avodá– sólo logra siete diputados. El partido que fue durante décadas el eje del Estado de Israel, comprometido luego en un proceso de paz que nadie cree, ha acabado sin la menor capacidad de liderar un bloque propio. (Tiene incluso un adversario en el más izquierdista Meretz, con seis diputados). Siguen avanzando, por otra parte, los partidos religiosos, como el Partido Sionista Religioso, de Bezalel Smotrich, que se convierte en el partido más votado entre los colonos de los asentamientos.

A pesar del empate entre bloques, de la dificultad para consolidar un liderazgo, de carecer de presupuesto estatal y del sinfín de dificultades que hacen posible una nueva convocatoria de elecciones, que sería la quinta, Israel sigue siendo uno de los países más dinámicos del mundo. Y el populismo propio de Netanyahu, así como la presencia de partidos de inspiración religiosa, no reducen esa vitalidad. Al revés. En un marco nacional tan sólidamente establecido, las discrepancias, por muy broncas que puedan llegar a ser, no resultan perjudiciales.

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