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Mírate al espejo

Si hoy constatamos en muy renombrados casos que sigue existiendo justicia independiente es porque algunos hombres buenos han decidido hacer su trabajo

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"Casta" no es la palabra, suéltenla ya. La palabra es "oligarquía". Baste recordar el modo en que el otrora admiradísimo Rato urdió la salida a bolsa de Bankia, el silencio de los corderos supervisores, la podredura del entramado institucional-financiero, para admitir que cualquier desmán era asequible a veinte nombres. Que la probidad elemental, los filtros de los consejos de administración, las fiscalizaciones de la CNMV, las supervisiones del Banco de España, la supuesta neutralidad técnica de los auditores y, en fin, la mera ley, la manoseada, torcida, quebrada, vejada, violada ley cuya ignorancia selectiva convierte en papel mojado al Estado de Derecho, han sido aquí frenos nominales, estropeados, trámites eludibles, molestias salvables cuando un miembro de la oligarquía daba con su ladronicio y reclamaba otro poco, u otro mucho, al cuerno de la abundancia.

Tenemos severos reproches que hacerle a un sistema que ha mantenido al poder judicial en la anemia, en la desnutrición. La eterna falta de recursos humanos, materiales y tecnológicos, con la consiguiente sobrecarga crónica de los juzgados, es uno de los modos que la oligarquía política ha encontrado para dejar sin efecto el sistema de controles y equilibrios entre poderes del Estado. Es decir, para guardar las formas de la democracia vaciando su fondo definitorio. Tenemos reproches aun mayores contra la obscena toma del gobierno de los jueces –ya en los ochenta del siglo pasado con González, ya en la segunda década del siglo XXI con el incumplidor Rajoy, pasando por Aznar y Zapatero– por parte de unas cúpulas partidarias que lo deciden todo sobre todos.

Y sin embargo, sigue habiendo jueces capaces de sustraerse a una presión brutal que ni siquiera necesita ser explicitada, pues del CGPJ dependen las carreras de los miembros del tercer poder, sus expectativas, el régimen de sus sanciones, sus ascensos, su congelación, su extravío en el Castillo de Kafka, su ostracismo, su expulsión. Si hoy constatamos en muy renombrados casos que sigue existiendo justicia independiente es porque algunos hombres buenos han decidido hacer su trabajo. Y no son pocos. A España la va a salvar la extensión de ese prurito, de ese sentido del deber, de ese ramillete de voluntades individuales. El empeño en hacer cada uno su trabajo por encima de cualquier otra consideración. Mírate al espejo. Un impulso ético hará posible la regeneración. Nos hemos visto en otras peores. La fuerza que nos ha de conducir nada tiene que ver con indignaciones morales, jeremiadas ni venganzas. De la ley a la ley, pasando por la ley. No hay nada más.

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