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Juan Morote

El corsé de lo correcto

No podemos decir que Caamaño esté gordo, ni Rubalcaba calvo, ni de la Vega amojamada en arrugas.

Juan Morote
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Vivimos en un país donde nadie llama ya a las cosas por su nombre. Ahora, si utilizas cualquiera de las expresiones tradicionales para aludir a un homosexual, automáticamente eres objeto de una corrección no muy fraterna y más bien próxima a la que se practicaba en los círculos marxistas de los setenta, cuando algún camarada te espetaba que iba a hacerte la autocrítica. Todo deviene en lo mismo: en ponerte a parir, o mejor, en mostrarte su discrepancia con cierta acritud. Acabamos todos siendo tan correctitos que perdemos los matices emotivos en el uso del lenguaje, que nos son tan necesarios para comunicar mensajes con sentimientos. Supongo que el siglo XXI español no podrá permitirse ni siquiera la posibilidad de pensar en un Quevedo al uso, de retrato despiadado, tampoco en un Lázaro que en lugar de ir con un ciego, diríamos que anduvo con una persona con deficiencia visual severa, y tampoco que terminó aceptando ser un cornudo, sino que mostró un concepto abierto de la convivencia conyugal.

La clase política no es ajena al virus del amaneramiento del lenguaje que padece la sociedad. Hace muchos años que no encontramos en el Diario de Sesiones del Congreso, ni en el de ninguna otra cámara, ocurrencias hirientes como las que se gastaban nuestros representantes durante la Restauración. Esta semana hemos visto como los adalides de lo correcto se han cebado sobre Arturo Pérez Reverte por su frase sobre Moratinos: "Por cierto, que no se me olvide. Vi llorar a Moratinos. Ni para irse tuvo huevos". Puedo estar o no de acuerdo con el escritor, sin embargo, la discrepancia no me da derecho a tildarlo de machista y montar un tsunami de intolerancia en las redes sociales, tal y como ha acaecido. Para los progres que no entienden español, les traduzco que aquí huevos significa: valor, entereza, templanza, probidad... Y además, hay que tener siempre presente que la expresión en público de las emociones, básicamente, es de mala educación.

Nuestros poliprogres, que tienen por costumbre insultarnos a todos los ciudadanos tomando decisiones que únicamente les convienen a ellos, en lugar de dedicarse a gobernar, resulta que poseen un sentido exacerbado de la imagen y la honorabilidad. No podemos decir que Caamaño esté gordo, ni Rubalcaba calvo, ni de la Vega amojamada en arrugas. Pero no se trata sólo de una mordaza al comentario sobre el parecido, porque también se priva al ciudadano, pagano de tanta traba, de poder enjuiciar con justicia los méritos intelectuales de Corbacho, Blanco, Pajín, Aído y tantos otros (traduzco, "otros" significa otros hombres y otras mujeres).

Qué pasaría si volviéramos a proyectar aquel anuncio de la Antena 3 de Antonio Herrero y compañía, donde tras una imagen del final de la espalda de una joven enfajada en unos vaqueros, unos decían pompis, otros culete y finalmente salía José María García diciendo: "en Antena 3, esto es un culo. Un hermoso culo". A ver si tenemos suerte y en España podemos, sin ánimo de ofender a nadie, volver a llamar a las cosas por su nombre.

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