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Juan Ramón Rallo

¿Gratis total?

Nuestros políticos parecen haber optado por salvar a los bancos a costa de hundir a la economía. Sólo conciben dos alternativas: la fascista (concentrar sus activos tóxicos en un banco malo) y la comunista (nacionalizar los bancos).

Juan Ramón Rallo
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Uno de los comentarios más absurdos del vicepresidente económico en relación con su plan de compra de activos a los bancos (y tuvo muchos) fue que no costaría "ni un céntimo a los contribuyentes". Un narcótico con el que pretendía acallar las crecientes críticas entre una población que no entendía la necesidad de regalar su dinero a los bancos mientras ellos atravesaban serias penurias económicas.

La idea de Solbes era sencilla: vamos a comprarles a los bancos activos de calidad que el mercado esté infravalorando por la crisis y luego, cuando se inicie la recuperación, los volveremos a vender a un precio incluso superior. Sería como si el Gobierno adquiriera acciones de Telefónica a 13 euros y luego las revendiera a 20. ¿Coste? Ninguno. Es más, pingües ganancias a la vista.

El problema estaba en que no parecía muy lógico que el Estado les comprara a los bancos sus activos de calidad para dejar sus balances llenos de basura. ¿Se imaginan una liposucción destinada a arrancar los músculos y a dejar la grasa en el cuerpo del paciente? Poco verosímil, más bien cabía pensar que nos estaban vendiendo la moto: el Estado utilizaba nuestro dinero para comprarles a los bancos la peor parte de sus balances y, mientras se comportaba como un Madoff de pacotilla, nos juraba que se estaba convirtiendo en el nuevo Warren Buffett.

En Estados Unidos la mascarada de Paulson siguió un curso similar: Bush y su secretario del Tesoro repetían una y otra vez que el contribuyente no sufriría ningún desfalco en sus cuentas mientras los banqueros llenaban sus bolsillos y los de sus accionistas repartiendo dividendos con el dinero que se les había entregado.

Pero por lo visto, la salud de los bancos se encuentra tan deteriorada –y cada vez más– que ni siquiera estos timos están sirviendo para reanimarles. Como agujeros negros, no paran de engullir los fondos de los contribuyentes sin que se logre evitar su quiebra, sino sólo retrasarla.

En este contexto, Obama, que en política económica no es más que una versión progre friendly de Bush, ya ha decidido ir más lejos: la situación es tan crítica que hay que echar abajo cualquier barrera al intervencionismo estatal. Así, ya no piensan vendernos el camelo de que sólo adquieren activos de calidad con problemas transitorios, sino que incluso hablan de crear un "banco malo" que les compre a los bancos privados todos sus activos tóxicos. Una especie de estercolero público que pague la basura de los bancos a precios de oro. Se cree que así estos últimos podrán recapitalizarse, volverán a conceder créditos y la economía se reactivará.

Lo mismo parece opinar Joaquín Almunia, comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, casualmente desde nuestro país. Será que España está a la cabeza del estercolero europeo en el que los bancos –y especialmente las politizadas cajas– ya advierten que será el año de la insolvencia bancaria.

Me temo que ahora ya nadie podrá sostener que el rescate de los bancos nos saldrá gratis total; el propio Almunia se ve forzado a reconocer "riesgos para los contribuyentes". Y es que no se trata de estar comprando acciones de Telefónica a 13 para venderlas a 20, sino de adquirir acciones de Terra a 100 para venderlas a 2.

No entienden nada y, lo que es peor, nos arrastran a todos con su ignorancia. En estos momentos todos los agentes económicos están reconstruyendo sus posiciones de liquidez, incluyendo los bancos. De ahí que no exista ningún automatismo entre bancos saneados y expansión del crédito, simplemente porque durante las crisis la demanda de crédito de todos los agentes se desploma.

Es cierto que los bancos deben recapitalizarse antes de iniciar la recuperación; pero también deben sanearse familias y empresas, reduciendo sus pasivos y aumentando sus activos más líquidos. Comprar activos inflados a costa de familias y empresas no sanea el conjunto de la sociedad, sino que socializa las pérdidas en lugar de concentrarlas en los agentes responsables de ellas. Y si la situación patrimonial de familias y empresas todavía se agrava más con los mayores impuestos futuros que serán necesarios para financiar este desaguisado, difícilmente volverán a pedir crédito por muy sólidos que sean nuestros bancos.

Nuestros políticos parecen haber optado por salvar a los bancos a costa de hundir a la economía. Sólo conciben dos alternativas: la fascista (conservar la dirección privada de bancos y concentrar sus activos tóxicos en un banco malo) y la comunista (nacionalizar los bancos). Que dejen de despilfarrar ya el dinero de los contribuyentes y empiecen a aplicar una receta más liberal: bajar impuestos, adelgazar el Estado y dejar quebrar a aquellos bancos que estén de basura hasta las cejas.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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