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La ciudad del futuro

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El paseante que llega a la Ciudad de las Artes y de las Ciencias de Valencia, se encuentra ante un espectáculo que no puede dejarle indiferente. Entre arcos voladizos, estructuras de hormigón que desafían la ley de la gravedad, campean victoriosos los tres edificios, ya en funcionamiento. El Hemisfèric, que sugiere la forma de un ojo, surge de las quietas aguas de un estanque, como la punta de un iceberg o los restos de una nave espacial procedente de otra galaxia; el Museo de las Ciencias «Príncipe Felipe» alberga todo lo que puede enseñarse sobre la ciencia y el Umbracle compone la promesa de un espacio que funcionará como paseo y mirador ajardinado.

Si el Hemisfèric recuerda a los restos de una nave espacial, el Umbracle parece el esqueleto de Moby Dick. El arquitecto, Santiago Calatrava, ha querido “acercarnos a la naturaleza”. En vano. La irrupción en ese lugar de un esbozo de parque de palmeras y buganvillas ofrece la misma impresión que ese invernadero que todos los autores de ciencia ficción colocan en los satélites espaciales para recordar a los colonos que vienen de la Tierra. Sólo las gaviotas se han adaptado al medio con naturalidad, mejor que los humanos que salen de los anacrónicos autobuses y automóviles que llegan al recinto. No en vano los pájaros son los únicos supervivientes de los dinosaurios.

Tengo la suerte de que me reciba el director, Manuel Toharia. El proyecto se inició en 1995 y aún quedan por terminar el Oceanogràfic, que será el mayor museo oceanográfico del mundo, y el Palau de les Arts, cuyo nombre deja claro sus contenidos. Según Manuel Toharia, se terminará dentro de seis o a lo sumo diez años. «Con otro gobierno serían veinte», me dice muy seguro. Le pregunto si es verdad que a Santiago Calatrava –el arquitecto- se le olvidaron los aseos del Museo y no lo puede negar. También Moneo ignoró la accesibilidad a las vías de los trenes que tendrían que entrar en la estación de Atocha de Madrid Cosas de artistas.

Queda otra cosa por hacer: poblar la inmensa ciudad que ha surgido en torno a este monumento al futuro, y que recuerda, inevitablemente, a la Villa Olímpica de Barcelona. ¿Quién habitará ese barrio destinado, por su infraestructura y sus materiales a ser populoso y opulento? A nadie se le oculta que la ingente operación inmobiliaria está íntimamente asociada al proyecto. Pero como asegura Toharia, la Generalidad Valenciana, promotora única del mismo, y la ciudad de Valencia experimentarán dentro de muy poco las grandes ventajas económicas que ya les tiene que estar reportando la afluencia de visitantes.

No todos los valencianos parecen contentos. Muchos consideran que se han postergado obras de mayor utilidad pública, como la remodelación del casco antiguo o como el parque central que uniría las dos partes de la ciudad de manera tan espectacular a como la ciudad de las artes y de las letras une a Valencia con el futuro.

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