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LAS MEMORIAS DEL DISIDENTE PERICAY

Filología catalana

Filología catalana. Memorias de un disidente es el título del primer libro de memorias de Xavier Pericay, traducido por el autor al castellano y originalmente publicado en catalán, en 2007, con el título Filologia catalana. Memòries d’un dissident. A la vista salta, al comparar los dos títulos, que catalán y castellano son lenguas tan alejadas entre sí como pueden serlo el ruso y el inglés o el chino y el hebreo.

Ana Nuño
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Recuerdo la primera vez que oí hablar del catalán. Fue en casa, en Caracas, y quien hablaba era mi padre, que contaba la sorpresa que se había llevado al recibir un libro de un colega suyo escrito en esa lengua. En la nota que acompañaba al ejemplar, el autor se había tomado la molestia de recomendar un par de gramáticas del catalán y un diccionario bilingüe catalán-castellano. Para que así mi padre pudiera descifrar el arduo tomito. Como debe ser, éste agradeció el envío y el consejo. Pero al acusarle recibo no pudo evitar la tentación de recordarle la reflexión que a Jorge Luis Borges, en una célebre y aguda reseña, le inspiraron en su día "las alarmas del doctor Américo Castro":
El idioma español adolece de varias imperfecciones (monótono predominio de las vocales, excesivo relieve de las palabras, ineptitud para formar palabras compuestas), pero no de la imperfección que sus torpes vindicadores le achacan: la dificultad. El español es facilísimo. Sólo los españoles lo juzgan arduo: tal vez porque los turban las atracciones del catalán, del bable, del mallorquín, del galaico, del vascuence y del valenciano; tal vez por un error de la vanidad; tal vez por cierta rudeza verbal: confunden acusativo y dativo, dicen le mató por lo mató, suelen ser incapaces de pronunciar Atlántico o Madrid...
Y concluía con esta nota irónica, no exenta de melancolía:
Veo que los catalanes, al fin, se rinden a la evidencia: han acabado siendo tan españoles como los que siempre se han enorgullecido de serlo.
Si mi padre viviera, no saldría de su asombro: podría constatar que los catalanes han pasado del prepotente y ridículo orgullo lingüístico a imponer el catalán y proscribir el castellano, y que hoy en Cataluña está prohibido dar clases en castellano, los funcionarios están obligados a demostrar que dominan el catalán y los comerciantes que llaman a su establecimiento, pongamos, El Rincón de Pepe en vez de El Racó d'en Pep se exponen a pagar multas de varios cientos de euros a la Generalitat.

Hace año y medio publiqué una reseña de la primera edición de las memorias de Pericay (que, por cierto, acabo de descubrir que ha desaparecido del catálogo de su editor, Destino, al menos en su portal web). Hace dos semanas tuve el placer de leer la versión al castellano, en la bella y cuidada edición de Barataria, que hace ocho días presentamos un grupo de amigos en Barcelona, en un acto que hizo posible la generosa hospitalidad de la Asociación por la Tolerancia. Reproduzco aquí lo esencial de mi presentación, y añado algún otro apunte.

No sólo sigo pensando de Filologia catalana lo que escribí en aquella reseña, sino que me parece igualmente aplicable a Filología catalana. ¿Cómo puede ser? Si la etnolingüística y algunas ramas de la sociolingüística tienen razón, el uso de una determinada lengua condiciona y define una determinada visión del mundo. Es decir, tendría forzosamente que haber leído no el mismo libro en dos lenguas diferentes, sino dos libros distintos. Es más, cada uno de esos libros debería evidenciar universos simbólicos claramente diferenciados.

Pero hay más. La lengua materna del autor no es el castellano, sino el catalán. Pues bien, Filologia catalana es un libro de memorias magníficamente bien escrito, pero resulta que de Filología catalana puede decirse exactamente lo mismo. ¿Qué pasa aquí? No puede ser, alguien está haciendo trampa. O el autor, o su editor en castellano, o ambos. Porque de no ser así va a resultar que otro de los pilares en los que reposa el imponente (más bien, impuesto) edificio del nacionalismo lingüístico amenaza venirse abajo. Por aquello, harto sabido, de que no se puede aprender y dominar bien dos lenguas, mucho menos simultáneamente, y no digamos ya si se está en edad escolar.

Las lenguas son entes de enorme complejidad. Como no puede ser de otro modo: además de cargar con su propia historia a cuestas, que sólo es posible descifrar después de años de estudio y a través del dominio de la etimología y de arduas disciplinas como la lingüística o la filología, resulta que las lenguas deberían tener por función primordial no la comunicación entre las personas, menuda ordinariez, sino la de contribuir a la construcción de la casa común, gran o petita, de la identidad colectiva. ¿Y dónde se ha visto que una casa se pueda construir con materiales destinados a la edificación de otra? ¿O que los mismos materiales sirvan para construir la una y la otra? ¿O no una casa, sino, qué sé yo, una sala de conciertos?

Pero hay todavía una razón añadida a mi perplejidad. Leyendo tanto Filologia como Filología he descubierto, ya con estupor rayano en sacro horror, que la lengua en la que el autor fue, de entrada, escolarizado no es ni una ni otra, ni el catalán ni el castellano, sino una tercera: ¡el francés!

Llegada a este punto, comprendí que lo mejor que podía hacer era tirar la toalla. Puesto que no podía hacer lo único que me hubiese permitido aliviar la conciencia: pedir audiencia con don José Montilla para advertirle del serio peligro que está haciendo correr a sus hijas al escolarizarlas en un establecimiento privado donde, a diferencia de lo que ocurre en los centros públicos, sí se imparten clases en castellano, y en el que, además de tener sus padres que dejarse la piel en matrículas, a ellas las están privando del mayor disfrute y óptima utilidad que derivarse pueda del aprendizaje de una lengua: la inmersión en los valores patrios. Las hijas de Montilla, a menos que sus padres reaccionen a tiempo (aunque me temo que ya sea tarde), vivirán el resto de sus días injustamente y para siempre privadas de acceso a universos simbólicos coherentes y unitarios y, sobre todo, nacionales, y mucho me temo que nunca aprenderán a construir correctamente una casa, gran o petita, o ningún otro albergue colectivo.

Aparte, quiero retomar una comparación que hice en mi primera reseña del libro de Pericay. Porque releyéndolo ahora (puesto que, en efecto, se trata del mismo libro) comprendo, no que había errado el tiro, sino que me había quedado corta. Después de mi primera lectura, comparé el método de composición de estas memorias del disidente Pericay con En busca del tiempo perdido de Proust. Por lo general, en una reseña, este tipo de comparaciones entre autores vivos y glorias de panteón son o gratuitas o, en el peor de los casos, halagos obsecuentes. Peloteo, vamos. Como no tengo motivos para hacerle la pelota a Pericay (con los amigos, como con los seres queridos, no hace falta cultivar este fatigoso deporte, visto que podemos hacerles trastadas, lo que es mucho más placentero), diré por qué me parece que la comparación no es gratuita.

La novela de Proust es lo que se considera un monumento. Lo que quiere decir, entre otras cosas, que casi nadie la lee, y que quienes sí la leen lo hacen buscando en sus páginas la estatua y el bronce literarios. Es una lástima, porque En busca del tiempo perdido es mucho más y mejor que una novela: una falsa novela. De hecho, probablemente la más inteligente y completa impugnación de este género. Porque lo que hizo Proust fue eliminar las barreras que separan a la novela de las memorias, a la ficción de la realidad, a la literatura de la vida. Y lo hizo introduciendo muy sutilmente en un relato que es, esencialmente, autobiográfico y que hubiese podido convertirse en sus memorias esas escorias y excrecencias que son la ficción y la imaginación. En suma, lo que se considera literatura.

Xavier Pericay, en estas memorias suyas que sí lo son, utiliza el mismo método, el método de patchwork, si se quiere, que utilizó Proust, pero no para hacer algo tan normalizado a estas alturas como instilar dosis variables de literatura en sus memorias, sino para dar a sus recuerdos, esa piel quebradiza, el punto exacto de hidratación para que pueda volver a respirar por todos sus poros. Esa crema restauradora de la memoria es el presente, desmenuzado y destilado en reflexión y análisis. En ensayo. Algo parecido, por cierto, hacía Montaigne en sus essais. Salvo que Pericay, porque es filólogo y no es un francés del siglo XVI, sabe que las palabras no significan por sí solas, que siempre hay que reconocer o reconstruir el contexto donde fueron utilizadas, y que sirven para comunicarse entre sí las personas, pero también pueden servir para fines políticos. El nacionalismo, en Cataluña y en otros rincones de España, tiene muy bien aprendida esta última lección.

Por último, además de por estas virtudes, hay que leer Filología catalana para comprender que es posible ser catalán, haber militado, más o menos fervorosamente, a la izquierda y en el centro o corazón del catalanismo, y ser honesto y, llegado a un punto, reconocer que es también posible salir de la caverna de las ilusiones colectivas sin traicionarse ni renegar del pasado. Es fácil decirlo, es terriblemente difícil vivirlo. Pericay nos cuenta, con la urbanidad que lo caracteriza, este largo y lento proceso de cambio de piel, que ha debido de ser doloroso. Hay que agradecerle, además, que nos haya ahorrado el dolor y nos regale el mejor libro de memorias, desde Josep Pla, escrito por un catalán.


XAVIER PERICAY: FILOLOGÍA CATALANA. MEMORIAS DE UN DISIDENTE. Barataria (Sevilla), 2009, 406 páginas.
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