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LIBRERÍA DE VIEJO

La historia de la pornografía

Hay libros que valen más por lo que han llegado a ser que por lo que fueron en su momento. Es el caso de la Historia de la pornografía de H. Montgomery Hyde, que la histórica editorial La Pléyade tradujo y publicó en Buenos Aires hace casi cuarenta años, en 1973, poco antes del desastre.

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En suma, el libro de Míster Hyde (con y griega, no confundir con el del pobre doctor Jekyll) es una historia de lo que a lo largo de los siglos fue entrando en la categoría de lo pornográfico, desde los remotos clásicos de Grecia y Roma, y ciertos textos de la Biblia –el Cantar de los Cantares en primer lugar–, hasta Fanny Hill y El amante de Lady Chatterley, todos ellos acusados de corromper a la juventud. Eso ha sido más o menos contado un montón de veces, aunque no de manera tan organizada y con la trascripción de pasajes de los procesos que se incoaron contra determinadas obras. Por ejemplo, la Historia de la literatura erótica de Alexandrian, aparecida hace unos años en Planeta, es más completa desde el punto de vista de los títulos, pero más escasa desde el de las costumbres.

Lo verdaderamente estimulante de la obra de Hyde es su primer capítulo, titulado "¿Qué es la pornografía?", nada pretencioso ni filosófico. Ahí es donde nos enteramos de cosas tan fantásticas como que el correo de los Estados Unidos se negaba hace apenas medio siglo a distribuir obras corruptoras que hoy consideraríamos absolutamente lights y hasta hipócritas, como El pozo de la soledad de Radcliffe Hall, novelón de ínfima categoría que leí en mi adolescencia porque estaba en la biblioteca de mi casa y no me perturbó en lo más mínimo. Sin embargo, ese libro produjo un gran revuelo y lo que hoy se llama, inexplicablemente, "alarma social". Era una historia de amor entre dos mujeres, nada exhibicionista, que Havelock Ellis, a la sazón maestro de sexólogos, recomendaba. La frase por la que el libro fue llevado a los tribunales era: "Y esa noche no se separaron". Era la única mención sexual en todo el volumen, pero bastó para el escándalo.

Hasta 1959 no fueron aceptados en los tribunales americanos los testimonios de expertos (críticos, autores, profesores) sobre la calidad de las obras. En Inglaterra, la cosa era bastante peor: en 1888 Henry Vitzelly fue condenado a un año de cárcel y hubo de pagar cien libras de multa por haber traducido y publicado La tierra, de Zola, donde una joven granjera lleva una vaca a que la fecunde un toro.

Oscar Wilde.Hyde se limita al mundo anglosajón, donde D. H. Lawrence por El amante de Lady Chatterley, Oscar Wilde por El retrato de Dorian Gray y hasta James Joyce por su Ulises fueron procesados como pornógrafos. Y no está mal que lo haga, porque si bien en Francia hubo casos judiciales de enorme injusticia –piénsese en Flaubert o en Baudelaire–, la estupidez no llegó a los niveles británicos de la era victoriana, ni a los americanos contemporáneos. La obsesión en ese terreno llegó al punto de que, hasta bien entrado el siglo XX, las obras de los clásicos griegos y romanos circulaban, aun en el medio académico, en ediciones expurgadas. Thomas Bowdler llegó a hacer un Family Shakespeare en el cual se omiten las palabras y expresiones que no podían ser "leídas con decoro en voz alta en el seno de la familia".

El punto de inflexión lo fijó el juez Wolsey con su histórico fallo sobre el Ulises de Joyce, en Nueva York y en 1933. El magistrado dio a leer el libro a dos amigos suyos, a los que consideraba sexualmente normales, sea eso lo que sea, y concluyó lo siguiente:
Tenía interés en que ambos coincidieran conmigo en que la lectura de Ulises en su totalidad, como debe leerse un libro en un caso como éste, no tiende a excitar impulsos sexuales o pensamientos lascivos, sino que el efecto general de la obra es un comentario más bien trágico y muy poderoso sobre las vidas íntimas de hombres y mujeres.
Aunque hubo un antes y un después de este fallo, las cosas no se normalizaron socialmente hasta la década de 1960, cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos permitió (1964) la circulación de las obras de Henry Miller Trópico de Cáncer (1934) y Trópico de Capricornio (1936), al cabo de tres décadas de veda.

Cabe decir que Montgomery Hyde hizo bastante bien su breve historia, no de la pornografía, sino de los conflictos legales que generó el choque de las costumbres con las libertades del artista, desde la Antigüedad hasta casi nuestros días. Podemos fijar la fecha de liquidación de todo el conflicto en los años noventa del siglo XX, y decir que se trató de una liquidación fáctica, vía internet. Si el correo americano podía escoger hace cincuenta años qué distribuía y qué no, ninguna institución ni organismo puede ya decidir qué se exhibe y qué se recibe a través de la red. A lo sumo, algunos padres podrán poner en el ordenador familiar unos filtros, de relativa eficacia, para que sus hijos no puedan acceder a la pornografía pura y dura. Y, por supuesto, a los textos otrora censurados de toda la literatura y el arte. ¡Pensar que un juez inglés podía hace menos de cien años impedir la circulación de un libro con reproducciones de los frescos de Pompeya!

Creo que internet es un instrumento de carácter esencialmente liberal, que deja en manos de los individuos todas las decisiones que quieran tomar en conciencia. Y que presenta todos los inconvenientes de la libertad. Era más cómodo, ciertamente, para la mayoría ignara y zafia (la sórdida plebe, que decía Tácito, plebs sordida), que le prohibieran cosas. Pero también es cierto que lo peorcito de cada casa se dedicó con afán verdadero a convertir la prohibición en negocio.


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