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UNA VISIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL

La República y la cultura

Bennassar lo describe así: "Fue una época de florecimiento cultural asombroso. Desearíamos conservar esa imagen brillante: eclosión de una pléyade de escritores de gran talento, de creadores originales, de pintores, escultores y músicos; una Universidad dotada de maestros prestigiosos; el lanzamiento de una política de instrucción pública finalmente digna del país". ¡Por fin España salía del analfabetismo, el oscurantismo religioso y la ignorancia generalizada, causadas por la incuria derechista! ¿Qué menos cabía esperar de la "república de los profesores"?

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Claro que tales ditirambos armonizan mal con sucesos como las quemas de templos, bibliotecas y centros de enseñanza. Y también con la historia anterior, pues crea la impresión, siempre buscada por la propaganda izquierdista, de que antes de llegar las izquierdas al poder nadie había hecho nada positivo en el país, o al menos nada digno de reseñarse con alguna extensión. Pero en realidad no hubo tal "eclosión", sino, simplemente, la continuación de un renacer cultural proveniente de la Restauración y que los apologistas del nuevo régimen han adjudicado a éste tan exclusiva como gratuitamente.
 
En la República, sin mérito alguno de su parte, coincidieron en plena actividad las generaciones del 98, del 14 y del 27; y probablemente la producción literaria bajo la dictadura fuese superior a la de los años 30. Quizá la mayoría de los intelectuales se identificó al principio con el nuevo régimen o no le fue hostil, pero los más significativos de ellos, empezando por los "padres espirituales de la República", pronto empezaron a decepcionarse, y terminarían lanzando los peores denuestos contra los "padres políticos". En cuanto a la universidad, sufrió un proceso de radicalización política, degradándose en igual medida.
 
Beevor, por su parte, nos cuenta:
 
"Otra medida que no podía esperar más era la referente a la educación primaria, porque el analfabetismo rondaba, todavía, el 45% de la población. Era necesario construir 27.000 escuelas (…) Por un decreto del 23 de junio, el gobierno provisional creaba 7.000 nuevas plazas de maestro incrementando sus sueldos (…) Asimismo se ordenaba la construcción inmediata de 7.000 nuevas escuelas (…) Se suprimía la obligatoriedad de la enseñanza de la religión en las escuelas públicas y se establecía la coeducación en la enseñanza secundaria. Un mes antes, el 29 de mayo, se había creado el patronato de las Misiones Pedagógicas que, presidido por Manuel B. Cossío, debía llevar la educación y la cultura a todas las zonas rurales de España".
 
Y concluye el autor británico con un párrafo donde no se sabe si brilla más la mala intención o la sandez:
 
Héctor Cáceres: EL LECTOR (detalle)."La rapidez y contundencia de estas medidas explicó mejor que cualquier discurso o manifiesto lo que las viejas clases dirigentes del país podían esperar de los nuevos gobernantes. Su reacción fue inmediata: había que acabar enseguida, por cualquier medio, con el régimen recién nacido antes de que fuera demasiado tarde".
 
Las viejas clases temían ante todo la cultura, sugiere Beevor. ¿La cultura de los incendiarios, quizá? Y para dar alguna verosimilitud a la tergiversación, señala: "Tan sólo dos meses y medio después de ser proclamada la República, Manuel Azaña escribió en su diario: 'Me informan de que a un capitán de artillería le han propuesto que ingrese en una organización dirigida por Barrera, Orgaz y no sé qué otro general para derribar la República'". Claro que antes había ocurrido la quema de conventos, y hace falta mucho retorcimiento y falta de rigor para cifrar a las viejas clases en "Barrera, Orgaz y no sé qué otro general". Por algo han prodigado Santos Juliá o los progres del suplemento literario de ABC sus alabanzas a Beevor.
 
Por suerte, hay historiadores mucho más fiables y documentados. Sabemos que una de las grandes lagunas de la Restauración fue la enseñanza pública, pero ni tanto ni tan calvo. Como señala Stanley Payne en La primera democracia española, "de ser tal vez el país de mayor densidad de escuelas latinas e instituciones de enseñanza superior de Europa en 1600, España había descendido en menos de un siglo a un nivel de abandono educativo, y a mediados del siglo XIX tenía, junto con Portugal, la población más analfabeta de Europa Occidental". Después "el progreso fue lento, aunque relativamente firme".
 
Ya hemos visto cómo la escolarización y la extensión de la enseñanza superior se habían extendido notablemente durante la dictadura de Primo. Según Víctor García Hoz, en La educación en la España del siglo XX, citado por Payne, en 1930, vísperas de la República, el analfabetismo había descendido a un 25,9%.
 
Sin duda, una de las mejores intenciones e iniciativas republicanas, y la mejor enfocada en principio, consistió en acelerar el ritmo de construcción de escuelas, hasta 7.000 por año, para escolarizar en plazo breve al millón de niños, aproximadamente, falto de aulas. En ese momento, suele olvidarse, el Gobierno provisional republicano estaba presidido por el derechista Alcalá-Zamora y bastante influido por Maura, empeñados ambos en mantener el nuevo régimen dentro de cierto equilibrio político e ideológico. Pero con la buena intención y la iniciativa iba a ocurrir lo mismo que con otras reformas bien concebidas, como la del Ejército: su realización, a causa del sectarismo dominante, las llevaría pronto al disparate.
 
Los recursos dedicados a la enseñanza, aunque superiores a los de la Monarquía, no tuvieron nada de espectaculares. Oscilaron entre el 5,69 y el 7,08% de los presupuestos estatales, con sus máximos en 1934 y 1935, el bienio derechista. Tales medios, aplicados además con planificación deficiente, no podían dar frutos muy espléndidos. El izquierdista Marcelino Domingo, inicial ministro de Instrucción Pública, diría que en el bienio azañista (1931 a 1933) se construyeron casi 13.000 escuelas, y tan solo 3.400 en el bienio derechista.
 
Pero, observa Payne, "esas cifras engañan. Un estudio más minucioso revela que durante el período republicano entero se construyeron menos de 10.000 nuevas escuelas. Lo que se pretendía a veces oficialmente como escuelas parece referirse de hecho a plazas de maestro, que al parecer habían aumentado en unos 14.000". Y de esas 10.000 correspondieron tantas al bienio derechista como al contrario. Las mismas restricciones económicas afectaron a las misiones pedagógicas y otros experimentos estimables.
 
Cifras, por tanto, muy inferiores a las pregonadas todavía hoy por la propaganda progresista, que tanto irritaba a Gregorio Marañón. Pero estos avances, modestos aunque meritorios, quedaron neutralizados en gran medida por el sectarismo rampante de sus promotores. En especial, por su cerril hostigamiento a la enseñanza católica, que según cifras del Ministerio abarcaba a 350.000 alumnos de enseñanza primaria y a 17.000 de secundaria, aunque las cifras reales eran seguramente mucho más elevadas.
 
Constitución de 1931.Por intervención directa de Azaña, la enseñanza católica fue prohibida en la Constitución: las órdenes religiosas perdían el derecho a enseñar (y a cualquier actividad económica, incluso a la beneficencia). Esta medida, siempre muy disculpada por la historiografía progresista, formaba parte del "programa de demoliciones" anunciado por el mismo Azaña en 1930, y condensa la agresiva demagogia por la que se despeñaba el nuevo régimen, creándose enemigos innecesarios.
 
La medida atacaba por una parte las libertades, reduciendo el clero a una ciudadanía de segunda y condenándolo prácticamente a la indigencia; y por otra parte atentaba de modo muy fundamental contra la cultura, clausurando centros de enseñanza muy variados, muchos de ellos con un prestigio labrado durante generaciones. Centros como la universidad de Deusto, donde funcionaba la única institución superior parecida a una facultad de Ciencias Económicas. Cundió asimismo la politización de los maestros, impulsada desde el Ministerio en un sentido próximo a las doctrinas marxistas.
 
El inmenso daño tan arbitraria y gratuitamente infligido a la cultura y a los católicos ha sido pocas veces valorado de forma adecuada. Azaña admitió en las Cortes que su propuesta constitucional atacaba la libertad de conciencia (y no sólo esa: también las de asociación y expresión), pero lo justificó así: "No me vengan a decir que esto es contrario a la libertad, porque esto es una cuestión de salud pública".
 
A su juicio, la República debía defenderse sin miramientos de una Iglesia… que había llamado, incluyendo el cardenal Segura, a acatarla, y había replicado casi mansamente al continuo hostigamiento que sufría desde la quema de conventos. La provocación retrata a aquellos políticos, y Azaña pronto comprobaría que tenía a su izquierda enemigos mucho más violentos.
 
Durante la guerra Azaña intentó justificar su actitud con estas pasmosas palabras: "A lo que me opongo es a que los religiosos enseñen a los seglares filosofía, derecho, historia, ciencias… Sobre eso tengo una experiencia personal más valiosa que todos los tratados de filosofía política". Que usase el poder para cerrar indiscriminadamente centros de enseñanza, algunos de gran solera y prestigio, simplemente por una experiencia personal, y que concediera a ésta más valor que a "todos los tratados de filosofía política", tiene mucho de explícita declaración de despotismo.
 
Para captar la situación general debemos advertir que Azaña era sin duda el más inteligente y mejor preparado de los líderes de izquierda. Muchos –él mismo entre ellos– han querido justificarle advirtiendo que sus compañeros padecían un sectarismo mucho mayor todavía. Justificación muy indicativa de la calidad del personal republicano, como ya hemos visto.
 
 
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