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UNA VISIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL

Los antecedentes de la guerra

Si sobre la guerra de España se han tejido numerosas y a menudo grotescas leyendas, otro tanto ocurre con sus antecedentes, que unos sitúan más lejos y otros más cerca. Hay quien remonta los orígenes hasta Recaredo, y Américo Castro estaba empeñado en enlazarlos con las expulsiones de judíos y moriscos. Dejando aparte estos pintoresquismos, B. Bennassar encuentra la “prehistoria” del conflicto en los principios del siglo XIX.

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Desde la invasión napoleónica hasta 1931, afirma, "las apariciones de España en la escena mundial no eran sino mojones en el camino de una decadencia irremediable". No me parece muy acertado el diagnóstico. Hasta 1874, cuando comienza la monarquía de la Restauración, España permanece casi estancada económica y socialmente, sujeta a una sucesión de pronunciamientos y guerras civiles. Una de éstas, la primera, fue larga y sangrienta. Pero con la Restauración el país entra en un período de relativa paz, florecimiento cultural y desarrollo industrial acumulativo.
 
También presenta Bennasar la España del siglo XIX como una lucha entre carlistas y liberales, y aun cita de Guy Hermet: "El carlismo encarna en España un contra-Estado virtual, o incluso real en algunos momentos, que libra tres guerras civiles". Esta versión quiere entroncar la guerra del siglo XX con la vieja tensión entre liberalismo y tradicionalismo, y ha gozado de mucho predicamento, pero ofrece, a mi juicio, una falsa perspectiva histórica.
 
En realidad, perdida su primera guerra, el carlismo pasó a segundo plano, aunque dio lugar a un par de explosiones más, de mucha menor enjundia. No existió tal "contraestado", y el conflicto político se dirimió entre tendencias liberales opuestas, la exaltada y la moderada –por identificarlas por sus nombres iniciales–, con sus pronunciamientos, sus espadones y sus constituciones… hasta concluir en la I República, que cerca estuvo de acabar con la nación misma. El violento anticatolicismo de los exaltados provocó un rechazo popular, identificando el liberalismo con la invasión francesa, los asesinatos de clérigos y la quema de iglesias, pese a que los moderados siguiesen un liberalismo de corte anglosajón más respetuoso con la Iglesia y las tradiciones. Ese rechazo debilitó la influencia social de la nueva doctrina política, pese a enraizar el liberalismo en una larga tradición española.
 
Cánovas, artífice de la Restauración.Pero ese período epiléptico terminó con la Restauración, la cual abre un nuevo ciclo histórico, como quedó indicado. Me parece poco útil, por ello, remontarse al ciclo anterior para explicar la guerra del siglo XX, si bien, claro está, persisten elementos significativos de aquella época y aun de otras muy anteriores. En realidad, nuestra última guerra civil puede considerarse la consecuencia última del fracaso de la Restauración, y a ese fracaso debemos remitirnos para explicar la explosión de los años 30. ¿Por qué fracasó la Restauración, en lugar de irse perfeccionando como el sistema democrático y estable al que conducía su propia dinámica liberal? Esta cuestión no ha solido plantearse con claridad, y por ello las respuestas han resultado, en su mayoría, harto confusas.
 
Tanto más cuanto que se han abordado muy a menudo a partir de un marxismo tópico, no muy mejorado por escuelas como la de los Annales. Ya mencioné en otro artículo las "aclaraciones", algo grotescas, de Beevor sobre los intereses y representaciones "de clase". Pero la costumbre de analizar la historia a partir de algunas concepciones económicas la encontramos también en Bennasar, que concede especial relevancia al problema del campo, con la reforma agraria como posible solución: "El latifundismo fue hasta el advenimiento de la República un freno importante para el desarrollo económico del país". ¿Lo fue? ¿Y por qué en los países anglosajones el latifundismo fue más bien un factor de prosperidad? Además, ¿dejó de ser un freno o no freno en la República? Primera noticia.
 
O bien: "El subempleo crónico de los braceros excluía a millones de personas del mercado". Los excluía parcialmente, cierto… al igual que a los propietarios que malvivían con pequeñas parcelas, si bien tenían el camino de la emigración, y muchos lo emprendieron. Señala Bennassar que en 1930 un tercio de la superficie cultivada correspondía a propiedades de más de 250 hectáreas, mientras que el 98% de los propietarios se repartían parcelas de menos de 10 hectáreas cada una. Pero una explotación agraria requiere, para ser productiva, extensiones de tierra considerables, y más en un país en su mayor parte seco y de tierras pobres. El problema nunca se resolvería con un reparto que sólo daría parcelas mínimas y malas a los braceros. Las izquierdas republicanas, desde luego, fallaron desastrosamente en su reforma, aunque de paso envenenaron el problema con demagogia. Todo esto lo omite Bennassar.
 
El verdadero problema no era el agrario, sino el industrial. Sólo resolviendo éste podría absorberse el exceso de población campesina, como ha ocurrido en casi todo el mundo y terminaría ocurriendo en España en los años 60 del siglo pasado. Según Bennassar, "sólo dos regiones habían llevado a cabo con éxito su Revolución industrial: Cataluña (…) y el País Vasco". Más apropiado sería decir dos provincias, Barcelona y Vizcaya, y habría que explicar por qué la industria creció lentamente en el resto. No conozco ninguna explicación convincente, pero desde luego algo pesó en ello el proteccionismo abusivo impuesto por Madrid con la intención, precisamente, de proteger y ampliar los focos barcelonés y bilbaíno. Ese proteccionismo seguía la concepción económica llamada "castiza" por Velarde Fuertes, la cual, con unas u otras variantes, se mantuvo hasta los años 60, cuando una mayor liberalización estimuló por toda España un salto adelante sin precedentes en la industria y los servicios.
 
El proteccionismo estrechó la productividad y los intercambios internos y externos. Por su alto precio y calidad mediocre, los productos industriales españoles tenían escasa demanda exterior (el grueso de las exportaciones se componía de productos agrarios o mineros), y en el interior las mismas razones y la escasa competencia restringían el mercado y frenaban la industrialización de otras provincias. Aun así, debe insistirse en que bajo la Restauración las industrias crecieron de forma acumulativa, y la superación de aquellos problemas habría sido sólo cuestión de tiempo y experiencia.
 
Naturalmente, el historiador debe prestar mucha atención a los factores económicos, pero cae en un error frecuente cuando identifica éstos como causa de los políticos. Ocurre más bien lo contrario: la política condiciona a la economía, estimulándola o frenándola. La política incluye a la economía, pero la rebasa, es decir, aplica a la economía concepciones más generales sobre la convivencia social e incluso sobre la naturaleza humana. También quienes priman la economía, como los marxistas más o menos coherentes, parten de esas concepciones más amplias; y, para colmo, sus recetas prácticas resultan casi siempre económicamente dañinas, cuando no desastrosas.
 
El fracaso de la monarquía de la Restauración debemos abordarlo, por tanto, desde esas concepciones políticas más generales, examinando los distintos partidos y tendencias que confluyeron en ella, y cómo la descomposición de aquel régimen liberal derivó primero en una dictadura muy poco rígida y luego en la victoria de las fuerzas antimonárquicas. Éstas crearon una república que ellas mismas hicieron finalmente inviable. En el próximo artículo trataremos la cuestión.
 
 
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