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DIVULGACIÓN

Los diez experimentos más hermosos de la ciencia

Un ser humano pegado a un ordenador emplea las mejores horas de su juventud en descifrar pequeñas variaciones en la curva que le sirve la pantalla fosforescente: representaciones estadísticas del comportamiento de un átomo en un medio virtual, secuencias de datos sobre el brillo frío de una estrella lejanísima, tiras de números que identifican invisibles polimorfismos en el código genético de una levadura… Así es la ciencia moderna: poderosa, afinadísima, superespecializada y… fría.

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Uno puede entrar por primera vez en un centro de investigación puntero y sorprenderse de la ausencia de batas blancas, matraces rebosantes de líquidos extraños, vaharadas de humos de colores, olor a madera y polvo. Qué aséptico, qué eficaz, qué útil. Pero qué lejano de la imagen de Marie Curie irradiando un halo de radio verduzco sobre las cortinas de su laboratorio en la noche parisina, o de la espeluznante secuencia de Hooke mientras se introducía un palillo entre el globo ocular y el conducto lacrimal para experimentar las curiosas iridiscencias que produce el paso perturbado de la luz por el cristalino voluntariamente deformado.
 
Hubo un tiempo en el que la ciencia avanzó a golpe de gigantescos logros salidos del empeño de un par de manos, de la obstinación de un cerebro enfrentado a algo desconocido. El lugar sobre el que se asentaron los mayores hitos para el entendimiento de la naturaleza era una mesa de madera rayada y sucia, y toda la computación necesaria cabía en una hoja de papel y un lápiz.
 
En ese tiempo la ciencia era bella, en el sentido más estricto de la palabra. Es decir simple, sencilla, abarcable y sorprendente como las claras líneas de una columna jónica. George Johnson, una de las plumas más brillantes de la divulgación científica norteamericana (como acreditan sus colaboraciones para The New York Times, Slate, Scientific American, Time o Wired), se ha dejado atrapar por esa clásica belleza, y en su último libro recoge los experimentos que más han cautivado su vocación estética.
 
Todo comenzó con cierta sensación de desapego. Después de varias décadas de informar a sus lectores sobre los más punteros avances de la física, Johnson sintió una honda preocupación:
Para comprender hasta qué punto se ha vuelto abstracta la empresa científica, basta echar un vistazo a la teoría de las supercuerdas, que propone que, en el último término, la materia está generada por unos elementos matemáticos que vibran en un espacio de diez dimensiones. Son ideas fascinantes, pero tan enrarecidas y confusas, tan ajenas a mi mente, que comencé a notar la necesidad de volver a lo más básico.
Y lo más básico no es otra cosa que recordar a William Gilbert, el médico de la reina Isabel I de Inglaterra, frotando pedazos de ámbar sobre diferentes tipos de tejido y observando cómo se magnetizaban para sentar las primitivas bases de la electricidad (en realidad, la palabra magnetizar aún no existía –Gilbert hablaba de "amberizar"–, y en lugar de las corrientes eléctricas los responsables de tal prodigio eran "efluvios de carga"). O contemplar a Robert Millikan pulverizando minúsculas gotas de aceite entre dos placas cargadas con diferentes voltajes hasta conseguir, mediante la compensación de atracciones y repulsiones magnéticas, que una sola gota quedara suspendida en el aire. O introducirse en la mente de Pitágoras mientras tañía las cuerdas de una lira en busca de las razones matemáticas precisas por las que, si una cuerda entera produce el sonido de un do perfecto, tres cuartas partes de la misma producen un fa y dos tercios un sol… "todo es números". Hasta el punto de que el matemático griego llegó a proponer que el fuego está formado por veinticuatro triángulos rectángulos rodeados de cuatro equiláteros, que, a su vez, están compuestos por seis triángulos; el aire está formado por cuarenta y ocho triángulos, y el agua por ciento veinte.
 
La belleza de la ciencia clásica reposaba en las grandes dosis de ingenuidad y osadía de los hombres y mujeres que la practicaron. Pero también en el profundo respeto a la profesión que practicaban, en un tiempo en el que dentro de los laboratorios todo el mundo se llamaba de usted, desde el último estudiante llegado para cargar muestras en el microscopio hasta el más insigne científico: "Buenos días, Sir Isaac", "Buenos días, Mr. Briesen".
 
En esta obra se recogen los que, a juicio de Johnson, son los 10 experimentos más bellos de la ciencia clásica. No hay tecnicismos anglosajones, metáforas incomprensibles sobre dimensiones cósmicas extra, fórmulas logarítmicas kilométricas. Sólo la emoción de cerebros y manos puestos en acción, el concurso de materiales encontrados en cualquier hogar, la elegancia de un tiempo pasado y la pasión de figuras como Galileo, Newton, Galvani, Harvey, Faraday, Joule…
 
 
GEORGE JOHNSON: LOS DIEZ EXPERIMENTOS MÁS HERMOSOS DE LA CIENCIA. Ariel (Barcelona), 2008, 248 páginas.
 
JORGE ALCALDE dirige en LDTV el programa VIVE LA CIENCIA.
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