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CÓMO HABLAR DE LOS LIBROS QUE NO SE HAN LEÍDO

El demonio de la teoría

He aquí un libro delicioso, pero malogrado por el demonio de la teoría. Que, como alguna vez dijo Pierre Lepape a propósito de Roland Barthes, "inspira tonterías hasta a los espíritus más finos". Una categoría a la que sin lugar a dudas pertenece su autor.

Ana Nuño
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Lo que sucede es que Pierre Bayard, que ha tenido una buena idea y sabe exponerla con ironía y humor, es francés, y no hay francés que sepa resistirse a la tentación de deducir sistemas de buenas ideas y reducir su alcance a un puñado de leyes generales. Si además de francés es, como nuestro personaje, profesor de literatura en una de las universidades de París y psicoanalista practicante, pasamos de la tentación al imperativo categórico.
 
La idea es realmente buena: entre leer y no leer un libro hay una rica gama de opciones y posibilidades. Es más, lo que realmente sucede en cualquiera de las ocasiones en que cobra sentido –y se suele cobrar por– haber o no leído un libro (dar clases, disertar sobre una obra, escribir la reseña de un libro), y en un sinfín de ocasiones en que haberlo leído puede resultar un medio útil para alcanzar un deseado fin (quedar bien en sociedad y no pasar por un ignorante, deshacerse de un competidor, seducir a una mujer), en todas esas ocasiones, y en algunas más, de las que da cuenta Bayard aquí, lo que realmente sucede tiene que ver muy poco con la probable competencia del lector, acreditado o impostado.
 
No se trata solamente de que en todos esos contextos, aun los estrictamente profesionales, sea posible "leer de oídas", para robarle a Pierre Assouline la expresión con la que en su blog encabeza sus razones para no leer el libro de Bayard. Como en un famoso cuadro de Magritte en el que se ve una pipa representada y un lema que contradice su existencia, Pierre Bayard señala con una mano el icono o concepto libro mientras con la otra traza esta admonición: no se deje engañar, querido lector: un libro no es sólo un libro, y leerlo es siempre más que haberlo leído.
 
Tiene razón Bayard: no hace falta haber leído un libro para poder hablar de él. Y hasta competentemente, o al menos sagazmente. No sólo eso: hay muchas más maneras de no haber leído un libro que pruebas al canto de haberlo hecho que sean significativas y útiles para la comunicación entre las personas. Bayard no lo dice en estos términos (los suyos, hélas, se los dicta el inevitable demonio francés), pero esta paradoja hace de los libros, y a veces también de sus autores, signos de un lenguaje no formalizado que muchos utilizamos sin darnos cuenta, un poco como monsieur Jourdain hablaba en prosa sin saberlo.
 
Pierre Bayard.Bayard nos dice a los Jourdain de la no lectura que somos que tenemos cuatro maneras de no leer, que las llevamos a la práctica en cuatro contextos o "situaciones de discurso", y que hay cuatro conductas que es conveniente adoptar cuando toca "hablar de los libros que no se han leído". Pregunta que se hace la lectora que soy (y que ha incumplido el mandamiento bayardiano, al leer de tapa a tapa su libro): ¿por qué cuatro solamente? ¿Por qué no cinco, o 12? ¿O una sola, en plan Rodríguez Zapatero, nuestro ingenioso monsieur Jourdain que es capaz de proponer una cumbre del G-1 para resolver los problemas mundiales del mundo mundial?
 
Me extravío, pero qué le vamos a hacer: vivo en España y desde ella escribo esta reseña de un libro inteligente sobre la no lectura en medio del ruido, qué digo ruido, del estrépito de nuestros más sublimes autores, miembros todos ellos de la clase política. Un país, por cierto, en el que algunos de los comentarios liminares de Bayard son sencillamente inoperantes. Por ejemplo, éste: "Vivimos aún en una sociedad, en vías de extinción bien es cierto, en que la lectura sigue siendo el objeto de una forma de sacralización". Si Bayard fuera español, cosa poco probable por lo demás, sabría que esa sociedad a la que remite, con su imperativo cultural adosado, ya se ha extinguido del todo. No fatigaré al lector o no lector con la cansina repetición de lo que dice el Informe Pisa 2006 sobre el nivel de los escolares españoles, o lo que reflejan desde hace casi dos décadas las encuestas de consumo de bienes culturales del Ministerio de Cultura español. La no lectura, en España, es una realidad montuna y desapacible, que nada tiene que ver con el delicioso juego de equívocos que se proyecta en el telón de fondo de una cultura (aún) libresca, como la francesa.
 
El libro de Bayard sobre los libros y la lectura es eso: un enfoque de su tema marcadamente hipermétrope. Lo que nos da a ver es el telón de fondo en el que se inscriben o al que pertenecen o de donde surgen o donde se inscriben (ad libitum) las obras literarias. Si atendemos únicamente a ese trasfondo, sin duda es relevante la observación de que no hace falta demostrar competencia lectora alguna; basta con apuntar los binóculos al fondo de escena y enfocar. De pronto, todo parece más claro. Los libros son signos de un lenguaje codificado, el de la llamada "cultura general". Sirven no sólo ni fundamentalmente para leerlos, sino y sobre todo para intercambiarlos y contrastarlos con otros de parecida naturaleza.
 
Decir en un contexto como el descrito por Bayard, por ejemplo, que se ha leído la Recherche de Proust equivale a lo que los viejos lingüistas de la escuela de Oxford llamaban un acto performativo de lenguaje. Ejemplo: estás dando clase, el día es desapacible, sopla el viento. Llevas diez minutos hablando y de repente se abre la puerta, al fondo de la sala, y entra un estudiante al que esta mañana se le han pegado las sábanas o cualquier otro cuerpo. Pero esto es lo de menos, de momento. Sí te importa, en cambio, que con él haya entrado una ráfaga de viento helado. Alzas la voz entonces y dices: "¡Esa puerta!". Todos los presentes, empezando por el directamente interesado, comprenden que se ha dado una orden: la de cerrar la puerta. O sea, ceci n'est pas une porte. ¡Carajo, que alguien se levante y la cierre de una vez!
 
El libro de Bayard lleva en sí la posibilidad de ser varias cosas: un ensayo sobre los usos y abusos sociológicos de los libros; un análisis de la recepción literaria; una crítica sistemática del "campo cultural", a lo Pierre Bourdieu. Como en la enciclopedia china imaginada por Borges, son tan diversas sus potencialidades como inconcebibles predicadas de un mismo ser ontológico, en este caso la lectura. Por desgracia, Bayard, como buen francés que es, nos priva del placer de degustar plenamente su paradoja y la orienta hacia un banal diccionario del psicoanálisis. Así, sus ingeniosas lecturas (se supone que olvidadas o sólo de oídas) de Valéry y Broch quedan reducidas a ejemplos de una "biblioteca colectiva": los libros que no se conocen pero que representan simbólicamente algo en el patrimonio cultural, o íntimamente para el lector narcisista y empático que en principio somos todos, o que pulsionalmente nos mueven a identificarnos (o rechazar) lo que de nosotros desconocemos. El bibliotecario de Kakania en El hombre sin cualidades de Musil o el de El nombre de la rosa de Umberto Eco vendrían a ser hipóstasis de la "biblioteca colectiva" que nos rodea. El episodio de Rollo Martins, obligado a hacerse pasar por el autor que no es en El tercer hombre de Graham Greene, o la constatación de que una etnia africana no lee Hamlet como suele hacerse en las aulas de Cambridge, es un ejemplo de nuestra "biblioteca interior" (otro nombre para el "relativismo cultural"). Y las útiles lecciones que puedan derivarse de las campus novels de David Lodge o Las ilusiones perdidas de Balzac ejemplifican esa "biblioteca virtual" que es "parte móvil de la biblioteca colectiva de cada cultura y se sitúa en el punto de encuentro de las bibliotecas interiores de cada participante en la discusión".
 
Si sólo quedara en esto la manifestación del demonio de la teoría de Bayard, me daría por satisfecha. Porque su libro, repito, parte de una buena idea y además está escrito con humor e ironía. Fenómeno excepcional, por cierto, en tierras galas. A ratos, parece que ha sido escrito por un inglés de los de antes, por alguien como Max Beerbohm. Pero Bayarad tiene un plan, y no se limita a establecer la tipología apuntada. Como es psicoanalista, emborrona sus ingeniosos ejemplos con conclusivas observaciones ad hoc. Es cierto que tiene la sutileza de ahorrárnoslo, pero cualquier lector/no-lector que se haya paseado por Freud y Lacan lo pilla de inmediato: las bibliotecas colectiva, interior y virtual corresponden, respectivamente y en la primera tópica freudiana, al superego, el ego y el inconsciente, y en el delirio lacaniano sobreimpuesto al primer delirio vienés, a lo simbólico, lo imaginario y lo real.
 
Real, simbólica e imaginariamente, para este viaje sobraban aquellas alforjas. Salvo que las alforjas son valiosas. Después de las salvedades de rigor, el lector sin ambages, sin medias tintas, o sea el lector en busca de un libro que leer y no sólo citar de oídas, ha de saber que el de Pierre Bayard vale la pena. Que deje de lado sus muletas demoníacamente obvias y vaya al grano. Este es un libro que da que pensar. Sobre la lectura en tiempos de no lectura. No es poco.
 
Eso sí, y esto es más que una admonición: una orden del tipo "¡Esa puerta!". No lean el epílogo si, como yo, están convencidos de que el fomento de la creatividad en las aulas nos ha llevado a la realidad que reflejan los informes PISA y similares.
 
Nota bene: Conviene despejar un equívoco de márketing editorial. Contrariamente a lo que induce a suponer su título, el libro de Bayard (duodécimo de los trece ensayos que ha publicado hasta la fecha) no pertenece a la categoría de los libros de autoayuda. No es la primera vez que Bayard juega con el elemento paratextual que es el título de un libro, como diría ese otro francés devorado, más que habitado, por el demonio de la teoría que es Gérard Genette. Hace ocho años Bayard publicó Comment améliorer les œuvres ratées?, título que habría que traducir por ¿Cómo mejorar las obras que fallan? (que la idea de oeuvre ratée no tenga en castellano un equivalente exacto debe de querer decir algo, como mínimo, sobre el castellano, pero ignoro qué). Por cierto, la edición española suprime en el título el signo de interrogación, y con él un indicio, bien es verdad que tenue, de que estamos ante una parodia de título de autoayuda. Sólo espero que esto, a su vez, no sea un indicio de que Anagrama necesite incrementar sus ventas.
 
 
PIERRE BAYARD: CÓMO HABLAR DE LOS LIBROS QUE NO SE HAN LEÍDO. Anagrama (Barcelona), 2008, 195 páginas.
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