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A PROPÓSITO DE LA APARICIÓN DE 'BURLADERO CULTURA'

Los toros y las letras

La semana pasada quedaba inaugurado el portal de Burladero Cultura, una iniciativa de Miguel Ángel Moncholi en la que toman parte Aleyda Baz, José María Moreno Bermejo y un servidor y que pretende recordar que la fiesta de los toros es primordialmente una manifestación artística.

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La presencia de los toros en el mundo del arte, en la obra de autores como Picasso, Bergamín o Lorca, está suficientemente documentada. Pero por sí mismo este dato no convierte a la tauromaquia en arte; hay que ir más allá, teniendo en cuenta que el arte no representa las cosas de forma neutra, sino, por ejemplo, de manera positiva (los toros) o negativa (el bombardeo de Guernica). Por la condición de aficionados de estos artistas, la elección de la Fiesta como fuente de inspiración es equivalente al tratamiento de la música en una novela (el Fausto de Goethe) o de un poema en una pieza musical (un poema de Schiller en la Novena de Beethoven). Es decir, hay en esas obras una apreciación estética que eleva la Fiesta a la categoría de arte. De ello hablaremos más adelante.

Los dioses olvidados, de Alfonso Tresguerres, nos da más pistas de por qué la tauromaquia es un arte. Tresguerres habla del toreo como una ceremonia protagonizada por el hombre y la bestia pero en la que ésta no es un mero bicho sacrificial, sino un ser vivo dotado de cierta cualidad mágica. La Fiesta reproduce la relación de respeto e intuición de ese principio mágico presente en las pinturas rupestres; pero en la Fiesta esa relación va más allá, se convierte en un acto que se convierte en un arte, el arte del toreo. Ese acto ha evolucionado de rito a ceremonia articulada (en tres tercios) por una serie de reglas que enmarcan la obra artística del torero. La consolidación de la tauromaquia como arte produce un lenguaje propio que sólo resulta plenamente comprensible al iniciado, aunque ello no sea óbice para que suscite emoción en cualquier espectador.

La justificación estética de la Fiesta la encontramos en la propia Fiesta, pero también la literatura y la filosofía nos han dejado textos que ponen de relieve la belleza y la emoción de una corrida de toros. Por razones obvias, el encuentro de los toros y las letras se ha dado primordialmente en países de tradición cultural taurina, es decir, en Hispanoamérica, Francia y España.

Agustín de Foxá, en su obra Por la otra orilla, se encuentra en el Perú con Pepe Luis Vázquez. El capote del matador extendido sobre la mesita de un club de campo es para Foxá una evocación de España, algo que le hace sentir en casa y que le recuerda, aun en ese ambiente anglófilo, que Hispanoamérica y España son una unidad en lo cultural. La tauromaquia como referente frente a la Leyenda Negra. Son muchos los aficionados hispanoamericanos que han escrito acerca de la tauromaquia, y aunque este año resulta ineludible hablar del Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, no hay que olvidar a otros autores importantes, como Rafael Ramírez Heredia o Enrique Larreta.

Por lo que hace a Francia, no sólo son muchos los que han tratado allí el tema del toreo, sino que además lo han hecho desde dentro, explorando una manifestación cultural propia. Así las cosas, las teorías que presentan la tauromaquia como un fenómeno propio de un país que no ha pasado por la Ilustración, atrasado –la Leyenda Negra, de nuevo; ¡auspiciada por los propios españoles!–, quedan en ridículo cuando uno lee lo que sobre ella han escrito un Montherlant, un Cocteau, un Francis Wolff, un Bataille, un Michel Leiris o un Roland Barthes.

En España, se habla de toros en una de las más brillantes biografías escritas en el siglo pasado (Juan Belmonte, matador de toros, de Manuel Chaves Nogales). Tenemos filósofos que se ocupan de la Fiesta, como Ortega y Gasset (La caza, los toros y el toreo), Savater (Tauroética) y José María de Cossío, en su monumental enciclopedia taurina; ensayos como La música callada del toreo, de Bergamín; los textos de Néstor Luján y Díaz Cañabate, de Dragó, Amorós y Manuel Román. En el campo de la poesía queda la poderosa elegía de Lorca "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías", un torero que además fue escritor y cuya muerte fue también llorada por Miguel Hernández y Rafael Alberti, quien había hecho el paseíllo en su cuadrilla. No es Sánchez Mejías el único torero/poeta, como atestiguan los trabajos de Rafael de la Serna y Mario Cabré. Todo esto, sin olvidar, claro, a los muchos críticos taurinos que nos han dejado páginas memorables en la jerga propia de este mundo pleno, que han creado un género único, graciosamente parodiado por Cortázar en Un tal Lucas. Hablamos de Joaquín Vidal, de Gregorio Corrochano, de Pepe Alameda, incluso del poeta Gerardo Diego, que ejerció la crítica taurina de manera ocasional.

Pero la Fiesta es una manifestación artística universal. Muchos estadounidenses llegados a Méjico o España quedaron fascinados con los toros: Budd Boetticher, Orson Welles, Ava Gardner y otros aficionados anónimos, como mi abuelo Anthony Ingrisano, que llegó con el Plan Marshall a este país y me contaba años después cómo compartió tendido en Las Ventas con Ernest Hemingway, autor de novelas taurinas como Fiesta o Muerte en la tarde.

La justificación estética de la Fiesta queda reflejada en las páginas de todos estos autores y de muchos más; y su lectura debe dejar en evidencia a quienes colocan en un mismo plano todas las fuentes de inspiración, como si éstas fueran en el fondo excusa y no causa de un juicio de valor en cualquier obra de arte.

Burladero Cultura no es la única iniciativa en este sentido. La Biblioteca Nacional está digitalizando antiguas revistas taurinas, y la Unión de Bibliófilos Taurinos lleva años trabajando, catalogando, discutiendo de la literatura y los toros: porque a las consignas y leyendas es preciso oponer razones.

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