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LA EDAD DE ORO

Un futuro liberal y antirrandiano

La ciencia ficción es posiblemente el género en que mejor hayan florecido talentos tremendamente liberales. El caso más claro es el de Robert Heinlein, al que estudié más en profundidad en La Ilustración Liberal. Sin embargo, otros como Neal Stephenson o, más recientemente, John C. Wright demuestran que esa tradición sigue en pie con más vigor que nunca.

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La novela de este último titulada La edad de oro, recientemente publicada en España por la editorial Bibliópolis, es una buena demostración.
 
Las convicciones liberales de Wright quedan perfectamente claras en este fragmento de una entrevista en la que le preguntan por las dos novelas que siguen a La edad de oro:
 
– Pregunta: Las continuaciones, Fénix exultante y La trascendencia dorada, se pensaron originalmente como un único volumen pero se publicaron en dos. ¿Fue éste un plan malvado del editor para extorsionar a los fans?
 
– Respuesta: Sí, si con "malvado" entiendes el acto de prudencia que provoca a quien vende un bien o servicio a satisfacer al mayor número de clientes posible, al satisfacerlos de la mejor manera para ellos; y si con "extorsionar" te refieres al intercambio voluntario y satisfactorio para todas las partes implicadas. Me doy cuenta de que esas definiciones de las palabras "malvado" y "extorsionar" están de moda, pero no es una moda que yo siga.
 
La novela presenta un problema interesante para un liberal: ¿es posible una sociedad tan liberal que su estructura legal se limite a castigar los daños contra la vida y la propiedad y que al mismo tiempo reprima la individualidad? Wright piensa que sí, e intenta demostrarlo en esta novela, una space opera en que todo es grande y maravilloso, un género que se ha perdido en buena parte en la ciencia ficción moderna. Es literatura de ideas, difícil de leer al comienzo por el cúmulo de novedades tecnológicas y sociales que no se explican y que el lector debe en muchos casos definir por sí mismo y que, sin embargo, usa mucho el diálogo para explicar las posiciones de los escasos personajes.
 
Howard Roark, Architect (ilustración de Paula Berry).Faetón, el protagonista, es un émulo del Howard Roark de El Manantial de Ayn Rand, un ingeniero individualista que persigue sus sueños sin importarle lo que los demás opinen de ellos. Vive en una utopía liberal sin propiedad pública de ningún tipo, en la que los hombres son inmortales gracias a unos avances tecnológicos que permiten tratar computerizadamente tanto los recuerdos de una persona como ese algo tan indefinido que es el alma, pudiendo almacenarlos y trasplantarlos a otros cuerpos sin más problema que el coste. En consecuencia, los próceres de ese mundo planifican a un plazo tan largo como puedan ser miles de años y son, claro, tremendamente conservadores y opuestos al cambio.
 
Pero no pueden oponerse sin más al cambio, pues la ley se lo impide. En eso se diferencia del estatista mundo actual: hoy en día haría falta muy poco esfuerzo gubernamental para destruir a Faetón, y la novela acabaría antes de empezar. Para mantener a la sociedad cohesionada existe el llamado Colegio de Exhortadores, que carece de facultad legal para castigar pero cuyos dictámenes son obedecidos por todos. Así, en caso extremo, dispone de la posibilidad de sancionar con el Exilio, que no es una expulsión física sino la condena a no recibir la colaboración de nadie, incluyendo en ese nadie a la compañía que vende el servicio de inmortalidad.
 
La novela establece así un futuro en el que los sueños liberales estarían cumplidos, pero que reprimiría al individuo de una forma que horrorizaría a Ayn Rand. Si para la filósofa sólo el individualismo permite al hombre ser feliz y el capitalismo es el único sistema político y económico congruente con este principio, Wright expone una situación en que el capitalismo y el individualismo estarían reñidos. Es una crítica seria que carece de las ñoñerías izquierdistas sobre la esclavitud provocada por la publicidad y la globalización y que le hace acercarse más al Stuart Mill preocupado por la represión que puede ejercer la opinión pública sobre los individuos más brillantes.
 
No obstante, el punto más débil del fundamento político y económico de esta sociedad futurista es precisamente la asunción de que el laissez-faire lleva inevitablemente a monopolios, incluyendo incluso ese monopolio moral que representa el Colegio de Exhortadores. Debido posiblemente a que fundamenta su análisis en escuelas neoclásicas, asume que, además de una prosperidad casi infinita, el liberalismo estricto funcionando durante suficiente tiempo llevaría a la concentración permanente en pocas fortunas de la mayor parte de la riqueza, un supuesto desmentido repetidamente por la escuela austriaca. Por ello, tampoco resulta excesivamente creíble la obediencia universal a las decisiones de los Exhortadores. Pero lo cierto es que, sin estos fallos, tampoco habría novela, y eso sí que hubiese sido una lástima.
 
 
John C. Wright, La edad de oro (Libro I), Madrid, Bibliópolis, 2004, 320 páginas.
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