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NUEVA EDICIÓN DE TIEMPOS MODERNOS

Un tónico para los resistentes

Si hay alguien por ahí, en el ciberespacio o en el espacio puro y simple, el de toda la vida, que aún no haya leído Tiempos modernos, ahora tiene una magnífica oportunidad de hacerlo en la nueva edición de Homo Legens, con prólogo de José Maria Aznar.

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No hay mejor lectura para el verano, más instructiva y entretenida. Y es que Paul Johnson parte de un principio básico. Como los grandes artistas de antes, de cuando había artistas, su primera obsesión es no aburrir al público. Y lo consigue. Johnson enhebra una historia del siglo XX que combina con soltura los datos –apabullantes en cantidad y precisión–, las biografías e incluso, en algún momento, lo que algún historiador académico llamaría "cotilleos".
 
De las que conozco, Tiempos modernos es la historia del siglo XX mejor escrita y la que mejor se lee, y eso que la primera edición data de 1985.
 
En sí misma, Tiempos modernos es toda una declaración. La historia del siglo XX ha suscitado interpretaciones de todas clases, en particular marxistas. El pasado fue, además, un siglo fecundo en nuevas formas de hacer historia, como la de los Anales en Francia. En realidad, retomaban concepciones muy antiguas, desde la cristiana (Bossuet) a la hegeliana. Eso no les resta valor, y de hecho reivindicaban un hecho central: la desaparición del individuo de la escena de la Historia. La Historia la protagonizaron desde entonces ideologías, clases, tendencias sociales o económicas, últimamente "narrativas".
 
Winston Churchill.Para Johnson es al revés. El individuo es la clave última de la Historia. El oficio de historiador requiere cierta humildad: sin Churchill, Roosevelt, Hitler, Lenin o Stalin, el siglo XX habría sido distinto. Hay un núcleo inexplicable ante el que sólo queda la constatación y, como insiste el propio Johnson, la cronología. En otras palabras, la narración. Ahí está el arte del historiador.
 
Johnson parte del principio de que nada está predeterminado. Y lo más asombroso es que consigue contar una historia que conocemos como si nos colocara en el punto en que todavía está haciéndose. Es la señal de los historiadores de primera fila. Si se suma esta calidad a la de la primacía otorgada al individuo y a la narración, empieza a entenderse la causa de la amenidad de Tiempos modernos, como la de muchas otras obras suyas.
 
¿Quiere esto decir que la historia que cuenta Johnson no tiene sentido alguno? No, claro que no. Está primero el esqueleto de la cronología, un punto sobre el que el autor insiste, y con razón. Es ese hilo, el del tiempo, lo que permite entender mucho mejor que todas las teorías las razones de lo que ocurre. Se necesita un narrador de temple para sacar adelante la urdimbre de una historia tan monstruosa, en apariencia, como la del siglo XX. Johnson lo consigue.
 
Y además está lo que el Novecientos ha aportado a la Humanidad. La hipótesis del marxista Hobsbawm de que el pasado fue un siglo corto que empezó en 1914 y terminó en 1989 ha gozado de gran predicamento. Johnson, más respetuoso con la cronología, fija su fecha de nacimiento en otro momento. Quien haya leído Tiempos modernos ya sabe de lo que estoy hablando; quien no lo haya hecho... mejor que lo descubra por su cuenta. Lo dejaremos aquí, por tanto. Pero hay que aclarar que Johnson está hablando de lo que algunos llaman "nihilismo" y él denomina "relativismo".
 
Es la idea de que todo vale, de que no hay valores morales fuertes, absolutos; de que la ley natural se ha volatilizado; de que, de alguna manera, todo es posible. Una vez desplomada la fe cristiana, no hay límite alguno para la voluntad del hombre. Ese núcleo fundamental permite a Johnson explicar fenómenos tan variados como los totalitarismos, la forma de la guerra en el siglo XX (con los bombardeos masivos de ciudades, por ejemplo) y el terrorismo; incluso una organización tan surrealista, como no sea entendida desde la desaparición de cualquier fundamento moral de la acción política, como la ONU.
 
En este breve muestrario el lector habrá encontrado fenómenos nuevos, propios del siglo XX, y otros ya conocidos antes de 1900. El totalitarismo, por ejemplo, no es nuevo: véanse las páginas dedicadas al islam, en la última parte del libro; sí lo son, en cambio, los medios técnicos, o el gigantesco e irreversible crecimiento del Estado, que multiplica hasta el infinito la capacidad destructiva o asesina del individuo. También lo es la emergencia de las "ciencias sociales" –entre ellas la Historia– que justifican la "ingeniería social", como si el ser humano fuera un material maleable sin límite alguno. Y lo es, sin duda, el desplome de la religión cristiana en Occidente, como lo es la incapacidad o la negativa a resistir al proyecto totalitario.
 
La guerra jamás ha solucionado nada. Excepto la esclavitud, el fascismo, el nazismo y el comunismo.Paul Johnson insiste en este último punto, que constituye uno de los hilos de su obra. Eso explica la actitud de buena parte de Occidente ante la revolución soviética y ante la toma del poder por los nazis, así como lo que Johnson llama el intento de "suicidio" de la última Arcadia, es decir de Estados Unidos. Es lo que Pascal Bruckner ha llamado, en un reciente ensayo, el "masoquismo occidental". Lo ejemplifican a la perfección los años 70 y la actual Europa pacifista, rendida preventivamente ante casi cualquier grupo terrorista.
 
Hay que leer o releer las páginas que Johnson dedica al pacifismo en su capítulo sobre "El fin de la vieja Europa". O la larga cita de las líneas que escribió Goebbels en 1940 acerca de la actitud de sus enemigos, que se negaron a dar crédito a lo que Hitler, como ahora los etarras o los terroristas islámicos, había proclamado una y otra vez: que su objetivo único era acabar con la democracia, con la libertad, con cualquier asomo de civilización.
 
El recuento de las atrocidades que lleva a cabo Johnson es siniestro, y aunque obras posteriores, propiciadas por la apertura de muchos archivos, han permitido perfilarlos, las líneas generales y casi todos los detalles siguen siendo los correctos. Como Johnson rechaza el principio de las leyes históricas, los individuos quedan siempre enfrentados a su responsabilidad. Johnson, en este aspecto, no se arredra ante el antiguo papel asignado a la Historia: aprender de los ejemplos morales que nos dieron nuestros antepasados.
 
Por eso Tiempos modernos no se reduce a un catálogo de catástrofes y al llanto sobre el abismo de sufrimiento provocado por el "relativismo" del siglo XX. También incita a un cierto optimismo. Como dice Aznar en el prólogo de esta nueva edición, nada está jugado de antemano. Sin salir de la historia del siglo XX, y a modo de ejemplo, es una realidad que Estados Unidos no sucumbió a la tentación del suicidio, que los disidentes consiguieron triunfar sobre el totalitarismo comunista y que la religión, en lo que quizá sea el hecho más asombroso del siglo XX, no ha desaparecido. Al contrario.
 
Yo añadiría otra cosa. El solo hecho de que se haya escrito una obra como Tiempos modernos es de por sí una demostración de que el ser humano no tiene por qué resignarse a la derrota de la civilización. Leerla nos invita a resistir a esa ola de "todo vale" que ahora mismo, en España, ha reventado las madrigueras de los departamentos universitarios y de los terroristas hasta inundar las más altas instancias del Estado. Imprescindible.
 
 
PAUL JOHNSON: TIEMPOS MODERNOS. Homo Legens (Madrid), 2007, 1.124 páginas. Prólogo de JOSÉ MARÍA AZNAR.
 
Pinche aquí para acceder a la web de JOSÉ MARÍA MARCO, autor de LA NUEVA REVOLUCIÓN AMERICANA.
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