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La derecha, en apuros

En porcentaje de voto, el bloque de la derecha aún le saca cinco puntos al de la izquierda pero en número de escaños se invierten las tornas.

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Rivera, Casado y Abascal | Cordon Press

Lo diré sin anestesia para no marear la perdiz: el PSOE sigue subiendo, ahora a costa de Ciudadanos, Podemos ha tocado suelo y el PP todavía pierde apoyos en beneficio de Vox. Ese es el eco que llega desde la rebotica de la sociología electoral. Muy pronto —no especulo, informo— conoceremos los detalles de esta nueva predicción, que pone patas arriba el tablero de las alianzas post electorales.

En porcentaje de voto, el bloque de la derecha aún le saca cinco puntos al de la izquierda —47,4 frente a 42,4— pero en número de escaños se invierten las tornas: socialistas y podemitas suman 3 más que el triunvirato de Colón. En la segunda vuelta de la investidura, si se confirma esta tendencia, no hará falta el voto a favor de los partidos independentistas para que Sánchez siga en La Moncloa. Estamos mucho más cerca de otro Gobierno de izquierdas, posiblemente monocolor, que de consumar la alternancia.

Es verdad que las encuestas fallan más que una escopeta de feria, pero no recomiendo caer en la tentación del escepticismo demoscópico para espantar los fantasmas indeseables que merodean el veredicto de las urnas. No se trata ahora de apostar por la exactitud de los números sino de interrogarse sobre su verosimilitud. ¿Es creíble que el PSOE supere ya el 30% en intención de voto? ¿Y que Podemos haya fijado su suelo en el 12%? ¿Está Vox a un solo punto de Ciudadanos? Y si es así, ¿puede acabar Rivera en quinta posición? ¿Corre peligro el PP de quedar por debajo de los 85 escaños que cosecharon los socialistas en las elecciones de 2016? Mucho me temo que la respuesta a esas cinco preguntas es la misma: sí. Y existe un porqué.

Hasta ahora habíamos dado por hecho que la alianza con los nacionalistas provocaría en Sánchez un desgaste irreversible. No nos dimos cuenta —al menos yo— que esa alianza también creaba las condiciones idóneas para que se produjera la eclosión de Vox. La inquietante amenaza de Frankenstein provocó el reagrupamiento de la derecha más combativa en torno a un liderazgo, el de Abascal, que prometía mucha más decisión que la que había demostrado Rajoy durante sus seis años de indolente resiliencia en el palacio de La Moncloa. La izquierda no midió a tiempo las consecuencias del fenómeno que se estaba produciendo en esa parte del tablero y consumó su propósito de castigar a Sanchez por sus coqueteos con los independentistas refugiándose en la abstención durante las elecciones andaluzas. Luego, a la luz de los resultados, se llevó las manos a la cabeza.

Lo peor no fue que Susana Díaz hubiera sido desalojada del poder, sino que su desalojo se hubiera producido con el concurso fantasmal —e inesperado— de lo que ellos califican como la extrema derecha. Sánchez comprendió enseguida que el pacto a tres entre PP, Ciudadanos y Vox le brindaba la oportunidad de dar un gran salto adelante. Si su coyunda con los independentistas había permitido que Casado y Rivera le presentaran ante la opinión pública como al felón que traiciona el espíritu constitucional en beneficio propio, el pacto andaluz le daba a él la oportunidad de presentar a sus detractores como compañeros de viaje de la extrema derecha.

Desde ese momento la polarización política convirtió la contienda electoral en un ejercicio maniqueo, sin gama de grises, donde los defensores de la Nación eran señalados como un peligro para la democracia. Ni en tiempos del dóberman, en la España cainita de 1993, se llegó tan lejos. La consecuencia inmediata fue que la izquierda respondió a la llamada a rebato y corrió a alistarse en la resistencia anti fascista. La idea del voto útil se abrió camino a toda velocidad. En dos meses, más de medio millón de votantes de Podemos emigraron al PSOE. De ahí que las encuestas comenzaran a reflejar enseguida un notable incremento en la intención de voto de Sánchez en detrimento de Iglesias.

Inicialmente parecía que el orden de los factores no iba a alterar el producto y que el bloque de la izquierda, una vez redistribuidas las cuotas de sus socios en la fuerza conjunta, seguiría sumando el mismo 40% que le otorgaban las encuestas antes de las elecciones andaluzas. Pero enseguida se vio que no era así. Los socialistas comenzaron a recibir apoyos de la abstención y de Ciudadanos. Votantes cabreados con Sánchez por su entreguismo a los independentistas que ya habían decidido apoyar a Rivera comenzaron a mudar de criterio. Por asimétricos que parezcan los motivos les cabreaba más el acercamiento de Rivera a Abascal que el el de Sánchez a Torra.

Las encuestas que están a punto de publicarse señalan que la fuga de votos de Ciudadanos al PSOE todavía continua en plena efervescencia. 12 de los 15 escaños que pierde el partido de Rivera en el último mes van a parar al partido de Sánchez. Todo indica, además, que la sangría continúa. Así las cosas es muy probable que Ciudadanos pierda la tercera posición más pronto que tarde. La distancia que le saca a Vox es exigua: apenas dos escaños. Salta a la vista que Aquiles está a punto de alcanzar a la tortuga y que una vez rebasada el reptil acorazado se enzarzará en una reñida lucha con Podemos para ver quien se convierte en el farolillo rojo del pelotón.

El PP, por su parte, también sufre en su propia carne las consecuencias del crecimiento de Vox. Los de Casado pierden 10 escaños en un mes y los de Abascal ganan 13. Aunque aún hay 50 escaños entre uno y otro —87 frente a 36— las diferencias se están acortando a un ritmo vertiginoso y si la derecha no deja de pensar con el corazón y comienza a utilizar la cabeza no es descartable que el combate entre ambos roce las tablas. En esas condiciones será muy difícil que la aritmética les sea propicia. Sánchez acertó al disolver. La conjunción de los astros le favorece.

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