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La pelea

A juzgar por la dureza de los mandobles y por su actitud de obstinada beligerancia, el PP parece tomarse en serio la pelea con Ciudadanos.

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Mariano Rajoy y Albert Rivera en una imagen de archivo | EFE

A juzgar por la dureza de los mandobles y por su actitud de obstinada beligerancia, el PP parece tomarse en serio la pelea con Ciudadanos. Ya no se limita a administrar altivos gestos de desdén o collejas ocasionales a un rival menor que no tiene ranking. Ahora el duelo va de otra cosa. No es un peso pesado jugueteando de reojo con un peso mosca para cubrir el expediente. El mosca ha crecido, se ha hecho fuerte, ha subido varias categorías y ahora combate por el título.

A medida que se suceden los primeros asaltos crece la sensación de que la cosa pinta mal para el campeón. El directo al mentón de las elecciones catalanas le ha hecho besar la lona. Luego, el crochet de izquierdas de las encuestas le ha vuelto a dejar tarumba. El castigo le ha enrabietado y ahora trata de tomar la iniciativa con una frenética sucesión de jabs. El espectáculo es espléndido pero de vez en cuando se escapan algunos golpes bajos que lo envilecen más de la cuenta.

Uno de los guantazos de Ciudadanos que más le dolió al PP, durante la campaña catalana, fue el de la apelación al voto útil. Albiol no paraba de repetir una y otra vez que esa estrategia sólo servía para debilitar la opción de una mayoría constitucionalista. Y tenía parte de razón. Lo que nunca dijo, en cambio, es que Ciudadanos hacía con ellos lo mismo que ellos solían hacer con Ciudadanos en todos los procesos electorales. Era una dosis amarga de su propia medicina.

La estrategia de Rajoy, desde que los partidos emergentes asomaron la oreja en la vida pública, consistió en favorecer el crecimiento de Pablo Iglesias para después poderlo presentar, ante el electorado conservador, como si fuera el hombre del saco. De esa forma, a los votantes desengañados con el PP no les quedaba más remedio seguir votándole de por vida por mucho tilín que les pudiera hacer la idea del coqueteo con Rivera. Eso no era voto del miedo, era voto del terror.

Pero elmiedo no dura eternamente y nada hay más frágil, en política, que el argumento que se cimenta en una idea negativa. El líder que solo invita a no hacer determinadas cosas tiene las alas cortas. Quien mueve a actuar y propone proyectos sugestivos suele llegar más lejos. La ilusión es mejor motor que el matrimonio a la fuerza. Hace tiempo que el PP no ve en sus votantes a ciudadanos libres, sino a esclavos de la fidelidad por miedo al caos de un averno imaginario.

Otro de los golpes bajos que está utilizando el PP es el de tildar a Arrimadas de mezquina por no ceder el diputado que necesita para constituir un grupo parlamentario propio en Cataluña. Y para argumentar el insulto recuerdan que Prendes se convirtió en vicepresidente primero del Congreso gracias al apoyo, teóricamente garboso, que ellos le dieron al inicio de la legislatura. Convierten así a Ciudadanos en un pedigüeño rácano y antipático que no devuelve favores.

Pero lo que cuentan no es verdad. ¿Qué tuvo de garboso o magnánimo el apoyo a Prendes? No fue un regalo, fue un trueque. Y la contrapartida incluía, ni más ni menos, que el voto afirmativo a la investidura de Rajoy. Quid pro quo. Sin embargo, ¿qué transacción se produciría si Arrimadas se prestara al cambalache que le propone Albiol? Puede ser que en términos políticos el cronómetro de los discursos constitucionalistas arañara algunos segundos, pero en términos de ejemplaridad sería un desastre sin paliativos.

Este baile de diputados de un grupo a otro es un fraude de ley como un castillo y suele perseguir fines económicos. Un partido no recibe la misma subvención si queda relegado al grupo mixto o si consigue grupo parlamentario propio. La diferencia, en este caso, es de 800.000 euros. En puridad, el PP no tiene derecho a ellos. Para obtenerlos necesita hacer algo que, por lo menos, es antiestético. Y lo que aún es peor: obligar a Ciudadanos a convertirse en su cómplice.

Que al PP no le importe asociar su marca a este tipo de martingalas no significa que tenga derecho a imponer su anchura de manga a los demás. Rivera hace bien en no entrarle al juego. Si le cambia el tamaño de la criba al colador de mosquitos acabará tragándose los sapos de costumbre. Es mejor que le llamen mezquino a que le llamen caradura. En eso le va, en gran parte, la suerte de la pelea.

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