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La puñalada de San Valentín

¿Acaso no se dio cuenta de que el gesto de Esperanza Aguirre a quien más señala, por contraste, es a él mismo?

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Aguirre al inicio de su rueda de prensa | EFE

Si lo entiendo bien, la reacción inicial de Rajoy, al ver en la pantalla de su móvil el nombre de la llamada entrante, fue la de hacerse el loco y no pulsar el icono del teléfono verde. ¿Aguirre? ¿La voz de Pepito Grillo? ¿Qué quiere, árnica tal vez? ¿Quejarse de Cospedal por haberla dejado a los pies de los caballos el jueves por la noche? Hasta ahí podíamos llegar. Que se cueza en su propia salsa ahora que es ella el condimento del guiso. ¿No quería ejemplaridad, espíritu crítico, generosidad política y altura de miras? Pues ahí tiene su oportunidad, que la baile solita.

Si fue por ahí la reflexión de Rajoy que le empujó a no contestar la llamada, hay que decir que su hilo argumental tenía cierta lógica. Esperanza Aguirre, el jueves por la tarde -cuando se supo que la UCO había entrado en la primera planta de Génova por mandato del juez Eloy Velasco- tuvo una reacción inicial decepcionante. Se limitó a improvisar un canutazo de acera con los chicos de la prensa para seguir a pies juntillas el horrendo protocolo que rige en estos casos: negar la mayor ("que a mí me conste no ha habido financiación irregular en el PP de Madrid") y apelación a la presunción de inocencia ("ni hay indicios ni está probado el extremo de presuntas irregularidades"). A continuación añadió la soberana bobada de que Beltrán Gutiérrez, el gerente sospechoso que ya había sido pillado con las manos en la masa de las tarjetas black, conservaba despacho en Génova, incluso después de su cese, "porque es funcionario de esta casa", como si el PP fuera una extensión de la Administración Pública y tuviera trabajadores irremovibles por derecho de oposición. Acto seguido, más ancha que larga, puso rumbo a la siguiente cita de su agenda de ese día. Asunto liquidado.

No cabía una mayor demostración de infidelidad a su propio estilo. Aguirre, hasta entonces, había hecho gala de un pulso implacable a la hora de rebanar pescuezos indeseables. Rápida y mortal, como Sharon Stone en la película de Sam Raimi, no había dejado de ajustar una sola cuenta pendiente con los traidores que estaban bajo su mando. Era la primera vez que se ponía de perfil y que amagaba con salir del atolladero por la puerta falsa recurrentemente utilizada por el resto de los dirigentes del partido en casos equivalentes. Rajoy debió pensar que se había pasado al lado oscuro y que le llamaba para que le ayudara a salvar la cabeza.

Pero se equivocó. Y, al equivocarse, puso de manifiesto dos cosas. La primera, que cree el ladrón que todos son de su condición. Y la segunda, que le han abandonado los buenos modales. Era la segunda cobra en 24 horas. La primera, al negarle la palma de la mano a Pedro Sánchez. La segunda, al no descolgarle el teléfono a la mujer que más veces le ha plantado cara desde que lidera el PP. Cuando Aguirre recurrió al SMS para decirle en un mensaje de texto lo que no pudo decirle de viva voz, Rajoy reaccionó con una gallegada típica de él: "Te entiendo". Se puede elaborar todo un tratado de hermenéutica a partir de esas dos palabras que significan lo contrario de "sé fuerte". De acuerdo, no haré nada por retenerte. Sí, debes irte. Lo mejor es que te vayas. Me quitas un peso de encima. Haces lo correcto. Todo el mundo debería hacer lo mismo. Mándale copia a Rita. A ver si cunde el ejemplo.

¿Acaso no se dio cuenta de que el gesto de Esperanza Aguirre a quien más señala, por contraste, es a él mismo? ¿O fue precisamente al darse cuenta cuando decidió coger el teléfono para hablar con ella y tratar de asegurarse de que no utilizaría su dimisión como un arma arrojadiza contra él? Si fue así, pinchó en hueso. Antes de que los centros comerciales (me niego a llamarles grandes superficies por respeto a la pampa argentina o a las cumbres del Kilimanjaro) asociaran el día de San Valentín a los dardos de Cupido, el 14 de febrero se conmemoraba, sobre todo, la orden de Al Capone de liquidar a seis miembros de la banda rival. Que el gesto de Esperanza ha estado más próximo al recuerdo de aquel San Valentín sangriento que al del almibarado besuqueo entre tortolitos seducidos por El Corte Inglés lo demuestran sus palabras de despedida: "Este no es tiempo de personalismos -dijo con la franqueza lacerante que le caracteriza-, sino de sacrificios y de cesiones". El que quiera entender, que entienda.

El hecho de que la presidenta dimisionaria haya anunciado que se queda como portavoz del PP en el Ayuntamiento de Madrid da a entender que no dimite para tener la boca cerrada. De hecho, en alguna de las conversaciones privadas que ha mantenido durante las últimas horas, ha dicho: "Ahora seré más libre". Esa es la mejor noticia. No me alegra, desde luego, que haya tenido que dar un paso atrás la política del PP que más admiro -aunque ella no se lo crea, rodeada como está de lagoteros-, pero sí su predisposición a sacar al partido de la mudez corderil que ha permitido a Rajoy ser el Rey desnudo que lleva a la derecha a la catástrofe.

El discurso que puede hacer desde hoy una Esperanza Aguirre "más libre" aúna la eficacia argumental de sus palabras con la fuerza moral de sus actos. Hoy puede haber nacido la voz capaz de desperezar las conciencias narcotizadas por el sortilegio pastueño de la reverencia al poder. Si yo fuera Rajoy no le habría escrito en el SMS el equívoco "te entiendo", sino el inequívoco "tu quoque?", que es lo que pega cuando alguien le asesta una puñalada mortal al César.

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