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Cuando éramos Reyes

El Rey debió evitar las actividades de su yerno porque tenía todos los medios del Estado para hacerlo. Por eso, pasados unos días y algún que otro Auto, ni el discurso parece hoy tan certero, ni el aplauso tan merecido.

Maite Nolla
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Cómo ha cambiado el cuento. Hace no tanto, las discusiones navideñas sobre la realeza no pasaban de lo cutre del photoshop, de si el Gobierno de turno le había colado alguna frase progre al Rey en el discurso de Nochebuena, de la imitación de Mota o de cualquier cosa sobre Letizia, que siempre da para mucho. En cambio, en este final de año, la Justicia y la apertura de la legislatura en Navidad, por culpa de que Zapatero convocara las elecciones con varios meses de retraso, han dado a la Monarquía un protagonismo que siempre quisieron evitar. Para empezar porque, guste o no, ha resurgido el debate sobre la necesidad de la existencia de la Monarquía. Ni que sea para hacer grandes actos de fe, como el del pasado martes en las Cortes, con un aplauso masivo bastante alejado de lo que piensa la gente; creo yo. Me refiero a que sin querer arrogarme la representación de nadie, entre mis familiares, amigos y conocidos la idea es que el Rey debió evitar las actividades de su yerno. Aunque sólo fuera porque tenía todos los medios del Estado a su disposición para hacerlo. Por eso, pasados unos días y algún que otro Auto, ni el discurso parece hoy tan certero –y eso que no tenía ningún margen-, ni el aplauso tan merecido.

De todas formas para apoyo extraño a la Monarquía, el del nacionalismo catalán. Y es que el nacionalismo catalán ve en las informaciones sobre Urdangarín la mano de la extrema derecha, y defiende al Rey con el muy democrático argumento de que siempre será mucho mejor el actual estado de cosas que una república en la que tuviéramos que escoger entre hacer presidente a Bono o a Aznar. Imaginen que alguien hubiera dicho lo propio cuando nosotros, el pueblo de Cataluña, tuvimos que escoger entre hacer Molt Honorable a Mas o que siguiera Montilla en el cargo. Susto o muerte; democráticos, desde luego.

Y como tenía que salir el asunto de las cuentas, consecuencia inevitable del debate general, en este particular nos han aplicado un "wag the dog". Al menos no se ha declarado la guerra a Albania para tapar un escándalo, como en la película de Robert de Niro, pero la publicación y desglose de partidas no ha sido más que una cortina de humo para que nos entretuviéramos un rato; como si fuera posible cuantificarlo de verdad o juzgar a la Institución por su coste. Y nuevamente, grandes loas por lo barato que nos sale. ¡Me lo quitan de las manos! Y por el ejercicio de transparencia; con treinta años de retraso.

Volviendo al principio, el arrepentimiento por las cosas mal hechas debe ser mayor, visto el resultado. Y es que con un yerno imputado, con las cuentas al aire y con los nacionalistas al rescate, alguno pensará que vivíamos mejor cuando éramos Reyes; Reyes de verdad, cuando no se nos pedían cuentas y cuando la Justicia no era igual para todos.


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