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Maite Nolla

La doctrina de Los del Río

Que decidan los políticos, que son los que saben. En concreto dos: un francés y una alemana.

Maite Nolla
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Varias decenas de tratados, cientos de normas y miles de artículos, y cuando pasa algo de verdad, digamos que algo gordo, deciden los alemanes y los franceses. El sistema proporcional y ponderado de los votos en relación a la población, que tanto costó establecer y que se modifica cada tres meses y medio, y el régimen de codecisión entre las instituciones comunitarias –que costó más o menos lo mismo y que se reforma con la misma frecuencia– no sirven más que para fijar la regulación del nuevo tacógrafo digital para transportistas y para determinar los requisitos de presentación de instancias para que te den la PAC y las ayudas al olivo, pero no para establecer los límites del gasto y de la deuda de sus estados miembros para que no arrastren a los demás.

Al margen de la gravedad de la cuestión concreta, lo cierto es que la forma en la que los alemanes y los franceses pretenden establecer un poquito de orden viene a dar la razón a los que han criticado el funcionamiento imposible de la Unión Europea. Y viene a confirmar que la defensa sin ninguna de crítica de la Unión está basada en la nada. Lemas como "Volvemos al corazón de Europa" o tópicos como el de la "tradicional vocación europeísta", recurrentes en el discurso de la mayoría de políticos, tienen el mismo significado que pedir la reforma del Senado o el aumento de las políticas sociales. Lo que les he dicho: nada. Pero la Unión Europea tiene un sentido casi obligatorio en situaciones como ésta y ante gobiernos como el nuestro.

Y al hilo de lo que se propone, no deja de sorprender, por llamarlo de alguna manera, que ahora vayamos a debatir sobre la posible modificación de la Constitución para adaptarla a lo que nos dicen, pero aplicáramos la doctrina de Los del Río cuando nos intentaron administrar cuatrocientos artículos vía Constitución Europea. Es decir, pese a que no nos queda otra y encima que nos ayudan, vamos a plantearnos la conveniencia de la reforma de uno o de dos artículos de la Constitución, por la posible pérdida de soberanía que ello supone y las obligaciones que conlleva, pero cuando se trataba de una norma jurídica extraordinariamente compleja que no servía para nada, el criterio fue el de los autores de "Macarena": ¿por qué vamos a decir que "no", si no la hemos leído? Que decidan los políticos, que son los que saben. En concreto dos: un francés y una alemana.


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