
El 12 de diciembre de 2004, un aviso de bomba de la ETA obligaba a evacuar el Bernabéu y a suspender los pocos minutos que quedaban del Real Madrid-Real Sociedad. Con empate a uno en el marcador, el partido se reanudó la noche de Reyes de 2005.
El Madrid había empezado el partido con Mariano García Remón en el banquillo y lo terminaba con el brasileño Vanderlei Luxemburgo como entrenador encargado de sacar al equipo de la crisis que le había costado el cargo al español. Recuerdo que vi el partido en el bar Los Almendros de mi pueblo. Los Reyes debían estar entrando a la iglesia cuando los dos equipos saltaban al césped para disputar los seis minutos y cuarenta segundos que nos había arrebatado una llamada traicionera al periódico de ETA.
El reloj de la retransmisión marcaba 39 minutos cuando el Madrid de Vanderlei se acercaba por primera vez esa noche atípica al área del portero donostiarra. Sucesivos arreones del Madrid encendieron al público, hasta que en el minuto 42 un paso largo al espacio de Guti habilitó a Ronaldo para encarar dentro del área a un defensa de la Real que le hizo penalti.
Ante la ausencia de Figo, Zidane tomó la responsabilidad y batió a Asier Riesgo por su derecha con un disparo raso con el interior y ajustado al palo. Aquel equipo de estrellas soberbias y malcriadas (Salgado, Guti, Helguera, Roberto Carlos, Beckham y los contrapuntos más discretos de Morientes y Raúl) se abrazaron haciendo un círculo mientras saltaban.
El público jaleaba cada lance del juego como si en vez de una victoria que le dejaba a diez puntos del líder estuviera a punto de conseguir otra Copa de Europa. El pitido final fue recibido con alegría festiva en el estadio.
Aquella noche de Reyes en el Bernabéu comprendí lo que hace tan reconfortante ser del Madrid. A diferencia de las aficiones del Atleti o el Barça, el madridismo no necesita de relato, proyecto o perspectivas de futuro para disfrutar y ser feliz.
Antes del final del partido, los colchoneros habrían adscrito toda aquella locura a la cargante etiqueta de equipo sufridor y volcánico que tanto se ha trabajado el Atleti. La gente del Barça habría empañado el subidón con quejumbrosas reflexiones sobre el destino incierto del equipo y la falta de pedigrí cruyffista de Luxemburgo. El madridista, por el contrario, vive abonado al aquí y ahora que pregona el gurú de la autoayuda Eckhart Tolle. Alguien le preguntó una vez a un judío ultraortodoxo por la forma apasionada, acrítica e irreflexiva con que practica su comunidad la religión. El ciclista que piensa en las leyes de la física al pedalear, contestó el ultraortodoxo, no sólo deja de disfrutar del camino, también es muy posible que pierda el equilibrio y caiga.
A diferencia del Atleti, del Barça y de los demás equipos provinciales obsesionados con la racionalización y la glosa, el Madrid es el ultraortodoxo que se entrega al dios del fútbol sin explicaciones ni demasiados cálculos.
En este entusiasmo por lo que es, frente a la querencia por el sentimentalismo y los conceptos abstractos de sus rivales, está la razón de la felicidad del Madrid, que es a su vez la principal causa de sus incomparables éxitos.
