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JFK: por qué

Jack Kennedy es un mito que quién iba a pensar que iba a llegar a serlo, sobre todo en los Estados Unidos.

Mario Noya
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John Fitzgerald Kennedy, JFK, el rey Arturo del nuevo Camelot. Qué no se habrá escrito del 35º presidente de los Estados Unidos de América. Casi todo bueno, no en vano lo ha adoptado como mártir el mester de progresía en pleno, que recurrentemente lo saca en procesión. A ver si este año consigo pararles el –tran, tran, tran– paso un ratejo y les puedo colocar una saeta –ratatatatán.

Que digo que Jack Kennedy es un mito que quién iba a pensar que iba a llegar a serlo, sobre todo en los Estados Unidos. No sé: a mí, como a Paul Johnson –a quien voy a gorronear como si fuera un sindicalista de la Unta para la composición de este artículo–, me da que de primeras tendría más sentido que lo hubiera sido, por ejemplo en aquellas elecciones cruciales de 1960, el maldito Richard Nixon, que había surgido "de la nada", del seno de "una familia respetable pero desconocida", y que cuando se metió en política, allá por los años 40, no tenía dinero (salvo el que ganó "con su propio trabajo") ni amigos influyentes. En cambio Jack era un hijo de papá al que su papá, pero mejor llámenle padrino, había destinado/condenado a cumplir la misión de su primogénito muerto (Joe Jr., en la II Guerra Mundial): acaparar/detentar poder de verdad, poder duro, poder político. "Parece que papá ha decidido que él va a ser el ventrílocuo, así que a mí me queda el papel del muñeco", llegaría a lamentarse.

El maldito Richard Nixon, oh, sí. Ha llegado a ser el estereotipo del presidente impresentable, de ahí el mote con que lo basureaban, Tricky Dicky, Ricardito el Tramposo. Hay que joderse, quizá se dijo mil veces a lo largo de su vida aquel resentido hijo de píos cuáqueros ante el doble rasero con que lo infamó la prensa durante tanto tiempo; o sea que el Tramposo soy yo y no ese niñato ricacho que me robó las elecciones del año 60.

El fraude en esos dos estados [Texas e Illinois] era tan evidente que varias figuras importantes, incluido Eisenhower, instaron a Nixon a que impugnara el resultado. Pero Nixon se negó. (…) una impugnación legal habría producido una "pesadilla constitucional" y habría ido en contra de los intereses de la nación. Nixon no sólo no aceptó la solidez de ese argumento sino que, de hecho, intercedió con éxito ante el New York Herald Tribune para que interrumpiera una serie de doce artículos que hacían constar las evidencias del fraude.

Llovía sobre mojado: Jack el trampas, al que redactó la tesis doctoral no un negro sino una tribu –de la que formaban parte gentes como el periodista del New York Times Arthur Krock– y cuyo heroísmo bélico fue "el truco más hábil" del Godfather Joe, edificó su carrera política sobre las prácticas corruptas y corruptoras de su famiglia, que tan bien se llevaba con la de Sam Giancana, capo dei capi en Chicago que le ayudó a quitarse de en medio a Hubert Humphrey en las primarias demócratas del propio y mítico 1960. Cómo sería la cosa que cuando al premier británico Harold Macmillan le preguntaron qué tal le había ido en el Washington del flamante presidente Kennedy respondió:

Es como ver a los Borgia apoderarse de una respetable ciudad del norte de Italia.

Que este tipo haya acabado siendo uno de los grandes íconos en la tierra de los hombres hechos y derechos a sí mismos no debería dejar de sorprender. Por no hablar del tirón que tiene entre la alegre muchachada feminista. Él, que obediente hijo de su padre se casó con quien le dijeron, la "egoísta, vanidosa y extravagante" Jackie, y que como su padre se dedicó con entusiasmo a la "persecución, seducción y utilización de las mujeres". "El viejo Joe (…) no vacilaba en robar, o más bien tomar prestadas, a las novias de sus hijos, si podía", anota el viejo Johnson; "parece que la propiedad compartida de las mujeres por diferentes generaciones de varones era una característica de la vida sexual de la familia Kennedy". Remember Marilyn:

La conducta de los hermanos [John y Robert] con esta frágil actriz de cine, y el ocultamiento de las huellas después de su muerte repentina, fue uno de los episodios más sucios de toda la historia de los Kennedy.

Luego está la cuestión negra. Jackie ya viuda lloró: "Ni siquiera tuvo la satisfacción de ser asesinado por los derechos civiles". La frase es estupefaciente, sí (también en la versión original extendida: "He didn’t even have the satisfaction of being killed for civil rights. It’s –it had to be some silly little Communist"). Pero no. No fue esa la causa de su muerte. Ni fue esa su causa. No lo fue, desde luego, en el trascendental 1957, cuando votó en contra de la Civil Rights Act (como el padre de Al Gore, dicho sea de paso). Ya en la Casa Blanca sí la abrazó, pero de aquella manera para que corriera el aire: así, se las tuvo tiesas con dos de sus asesores, Louis Martin y Harris Wofford, porque se empeñaban en que en su célebre discurso inaugural incluyera las palabras "[y] en casa" en el pasaje en que proclamaba su compromiso con la defensa de los derechos humanos en todo el mundo. Ah, y en 1963, sólo unos pocos meses antes de que lo asesinara el estúpido comunistilla de Lee Harvey Oswald, se manifestó en contra de la Marcha sobre Washington de Martin Luther King, al que por cierto él y su hermano Robert investigaron y espiaron por si se trataba de un rojo peligroso.

Si tampoco por esto, ¿por qué se le venera? ¿Por la cerdada de Bahía de Cochinos? ¿Por su ¿victoria? en la Crisis de los Misiles? ¿¿Por Vietnam?? Pienso sobre todo en los progres, es claro, con su castritis, su tercermundismo molongo y su pacifismo fumeta. Eu non sei, puede que respondiera si no me conociese el paño y no viera cómo les suliveya el Nobel guantanamero de los codrones, Barack Obama, ¿autor de la frase "Soy realmente bueno matando gente"?, ¿el Kennedy negro? "La clase más peligrosa de político es la de los que son capaces para las relaciones públicas y para nada más", de nuevo Paul Johnson para el punto final.

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