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El golpe sirio de Putin

Mientras Putin se salga con la suya con sus 'travesuras', podemos esperar más de lo mismo en el futuro.

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La escalada militar de Vladímir Putin en Siria incluye ahora, al parecer, drones, cazas, tropas y tanques. Aparte del evidente motivo para ello (respaldar el régimen de Asad, aliado de Rusia desde hace mucho), hay una razón que ha pasado más inadvertida, aunque sospecho que es importante. Al entrometerse en la guerra civil siria, Putin se sitúa, una vez más, en el centro de la política global, como hizo en 2013 cuando orquestó el acuerdo para eliminar el arsenal químico sirio que brindó al presidente Obama una escapatoria de su ultimátum de la línea roja.

Ahora, con la aviación rusa amenazando interferir con las actuales operaciones militares que están llevando a cabo Estados Unidos e Israel, Putin está burlando aún más los intentos occidentales de aislarlo como represalia por la invasión de Ucrania. El pasado viernes, el secretario de Defensa estadounidense, Ash Carter, llamó a su homólogo ruso, y los enlaces militares entre Estados Unidos y Rusia, que estaban congelados, se han reanudado. El lunes 21, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu estaba en Moscú para hablar con Putin sobre lo que significa para Israel el papel militar ruso.

Independientemente de lo que se dijera en esas conversaciones, el mero hecho de que se celebraran supone un éxito para Putin. No importan la implosión económica rusa, consecuencia de las sanciones, ni la caída del precio del petróleo; Putin está afirmando su importancia empleando los instrumentos más efectivos que tiene a su disposición: las Fuerzas Armadas rusas, que han sido reformadas y adelgazadas para ser más efectivas que la fuerza hipertrofiada y baja de moral del periodo inmediatamente posterior a la Guerra Fría.

Y ahora Putin tiene los medios para angustiar a Estados Unidos, cuya aviación sobrevuela Siria a diario para bombardear al Estado Islámico, y también a Israel, que ha enviado aviones regularmente al espacio aéreo sirio para bombardear convoyes que transportan municiones a Hezbolá. Ni estadounidenses ni israelíes sienten deseo alguno de iniciar una guerra contra Rusia, así que tendrán que ir con más cuidado, al tiempo que se preocupan de que los rusos compartan los resultados de sus operaciones de inteligencia con Asad, Hezbolá y otros elementos indeseables. Eso, como mínimo, podría facilitar que las fuerzas favorables al régimen atacaran a los rebeldes moderados y que Hezbolá eludiera los ataques israelíes. Incluso podría poner en peligro a las fuerzas aéreas norteamericana e israelí, si los rusos refuerzan las defensas antiaéreas del régimen. Y, ciertamente, podría dificultar que Estados Unidos y sus aliados impusieran una zona de exclusión aérea sobre Siria, algo que ya hace tiempo que deberían haber hecho, antes de que Putin metiera a sus fuerzas en el asunto.

Podría pensarse que Putin vacilaría en adoptar medidas que reforzaran la posición de los radicales islamistas, si tenemos en cuenta que Rusia afronta la grave amenaza de sus propios grupos yihadistas. Pero, evidentemente, eso no preocupa mucho al mandatario ruso, que ha puesto en el primer puesto de su agenda de política exterior la necesidad de mantener en su puesto a Asad (y la satisfacción de sacar de quicio a Estados Unidos y a sus aliados). Mientras Putin se salga con la suya con sus travesuras, podemos esperar más de lo mismo en el futuro.

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