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El equilibrista

La postura de Francisco en este asunto es simplemente la propia de un peronista descerebrado. Exactamente lo que es.

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EFE

Dice el papa Francisco que no puede pronunciarse sobre el conflicto entre la tiranía chavista y los esfuerzos de la oposición para recuperar la democracia en Venezuela porque su obligación es ser "equilibrado". Pocas veces nos ha sido dado ver a un Pontífice hablar con tanta sinceridad, gesto que se agradece en un mundo tan abonado a las declaraciones oscuras y las palabras ambiguas como el de la diplomacia vaticana.

El Papa cree que su obligación es la equidistancia. Por eso, entre los esbirros de Maduro y los que están siendo asesinados por ellos a tiros o de hambre, Francisco se sitúa justo a medio camino. Como si en lugar en lugar de jugarse la vida para recuperar la libertad los venezolanos estuvieran en las calles preparando el Carnaval.

Afortunadamente, los hermanos de Francisco en el episcopado venezolano piensan bien distinto. Reunidos en el órgano que los agrupa, los obispos venezolanos consideran a Nicolás Maduro "ilegítimo y moralmente inaceptable" y califican a su régimen de "totalitario, militarista, policial, violento y represor"; un régimen esencialmente "dañino" para un pueblo que solo "pide alimentos, medicamentos, luz eléctrica, sueldos dignos y detener la inflación".

Pero el Papa no. Francisco considera que la tragedia del pueblo venezolano hay que solucionarla con diálogo entre los que la están provocando y sus víctimas, todo ello en términos de plena igualdad.

Afortunadamente, las opiniones del Papa en cuestiones que nada tienen ver con el depósito de la fe son irrelevantes. También para los católicos, los únicos obligados a escucharlo. Su postura cobarde ante la tragedia venezolana es consecuente con la trayectoria reciente de la Iglesia, acentuada con el papado de Francisco, que prefiere no tomar partido entre unos fieles que se juegan la vida y quienes los pretenden asesinar. Es la tesis de la actual Iglesia Católica en China o en los países islámicos, basada en contemporizar con unos y otros sin tomar partido por ningún bando, aunque uno de ellos sea el suyo, que se desangra a chorros sin que el referente mundial de la institución lo defienda para no perder ese equilibrio del que gusta presumir.

Las palabras del Papa sobre Venezuela avergüenzan a los que formamos parte de la Iglesia. Es una pena, pero por suerte los católicos podemos rechazarlas con entera tranquilidad, puesto que nada tienen que ver con cuestiones de Fe. La postura de Francisco en este asunto es simplemente la propia de un peronista descerebrado. Exactamente lo que es.

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