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Verdes en flor

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El calor de estas últimas semanas que ha aplastado a casi todos los europeos ha alegrado a un grupo de gente. Se trata de los ecologistas o medioambientalistas, un grupo o secta, más de sociólogos y publicistas que de científicos, que vive de predicar la desgracia. Llevaban en torno a un año callados o, al menos, escondidos, desde las inundaciones de que se produjeron en comarcas del centro de Europa el verano pasado y el frío invierno, que alcanzó a España. La meteorología de esos meses desmentía sus pronósticos de un calentamiento imparable de la Tierra, causado por el gran villano, el hombre. Por fin, vuelve el calor y pueden gritar sus jeremiadas.

En los últimos días, y seguramente por falta de noticias, en televisión se han emitido reportajes en que audaces becarios preguntaban a paseantes jubilados por el tiempo y éstos aseguraban rotundos que los bochornos eran consecuencia del calentamiento global. Los mismos medios que todas las Navidades nos ilustran sobre el carácter fantasioso o mítico del nacimiento de Cristo, de la Estrella de Belén y de los Reyes Magos, han convertido en una creencia supersticiosa algo sobre lo que no existe acuerdo entre los meteorólogos, como es el calentamiento de la Tierra debido a la acción humana.

Sinceramente, me cuesta mucho aceptar que nos encontremos al comienzo de un achicharramiento planetario cuando, en los años 70, se nos asustó con lo contrario, con el enfriamiento. Recuerdo películas, best-sellers y reportajes al respecto. Entonces, lo in entre los científicos comprometidos era discutir si estábamos ante una nueva glaciación. ¿Cómo en menos de tres décadas la acción humana puede invertir semejante proceso? Basta una tormenta como la que viví la semana pasada en Levante para captar la enorme fuerza de la naturaleza, que puede destrozar las obras de los hombres. Para más inri, uno de los altavoces de la teoría de la glaciación era el Club de Roma, el mismo cuyos millonarios miembros proponían el crecimiento cero y difundían ese engaño neomalthusiano de la bomba de la población elaborado por Paul Ehrlich.

Nuestra memoria climática como individuos es breve. ¿Alguien se acuerda del tiempo que hizo en nuestros primero veranos? Y nuestra vida sobre la Tierra también es corta. Por ello nos cuesta asumir que el clima, como la población, la agricultura y no digamos las costumbres, son factores variables; y que tras nosotros el Universo proseguirá prácticamente imperturbable.

La realidad es que el clima no está quieto. Parece que en la Alta Edad Media, debido a la coincidencia de las invasiones bárbaras y árabes, la caída de la población, el abandono de las ciudades y una mayor pluviosidad, el bosque avanzó en Europa. ¿Pudo ser ése el mundo ideal de muchos ecologistas que sostienen que sobran seres humanos (nunca ellos, claro)? Pues en puridad no, ya que hoy crecen más árboles en nuestro continente que en esa época. La 2 de Televisión Española ha emitido este verano un programa en el que se narraba la repoblación a principios del siglo XX de la Sierra de Espuña (Murcia) y de Panticosa y Formigal (Huesca), que cubrió de arbolado unos parajes antes pelados.

Una cosa es que vivamos un cambio climático, que puede ser, o no, y otra es que sea responsabilidad de los hombres. En todo caso, y ante la lentitud con la que ocurren estas modificaciones, disponemos de los conocimientos y la tecnología que nos permitirían, por ejemplo, frenar la desertificación. Necesitamos el mundo que nos rodea como base y sustento, pero eso no implica que renunciemos a adaptarlo a nuestras exigencias. En el Génesis, el Creador del Universo nos autoriza a los hombres a dominar la Tierra.

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