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¿Y si el Borbón que renuncia se arrepiente?

El malestar y la discusión sólo cesaron cuando Alfonso murió, el 30 de enero de 1989, degollado por un cable de acero en una pista de esquí.

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Ahora que se habla de la renuncia de la infanta Cristina, que tiene cuatro hijos, a sus derechos a la sucesión de la Corona, conviene recordar las consecuencias de la última renuncia efectuada en la familia de los Borbones españoles.

Después de que los hijos mayores y enfermos de Alfonso XIII, el príncipe de Asturias Alfonso (hemofílico) y el infante Jaime (sordomudo), fuesen persuadidos con malas artes para que renunciaran a sus derechos al trono, la condición de heredero pasó al tercer hijo varón y único sano de los cuatro que habían tenido el rey y la princesa inglesa Victoria Eugenia de Battenberg.

Como Alfonso XIII incumplió su promesa de dotar económicamente a sus hijos mayores, éstos pronto se malquistaron con su padre. El primogénito, que murió en Miami en enero de 1938, se casó dos veces, con sendas cubanas, pero no dejó hijos, aunque un anciano recientemente fallecido en California aseguraba serlo.

El problema surgió con Jaime, al que el exrey había casado con una aristócrata de condición inferior a la real, Emanuela de Dampierre, para reforzar su apartamiento del trono debido a la Pragmática sobre Matrimonios Desiguales, promulgada por Carlos III en 1776. Sin embargo, Jaime, nacido en 1908, seguía siendo mayor que el infante Juan, nacido en 1913; y encima el primogénito del despojado, Alfonso, nació en 1936, mientras que el del nuevo príncipe, llamado Juan Carlos, lo hizo en 1938.

La paz entre los dos hermanos se mantuvo en los años siguientes. Por ejemplo, Jaime aceptó la precedencia de su hermano menor en el entierro de Alfonso XIII, realizado en Roma en 1941. Pero esa relación cambió cuando el régimen franquista promulgó la Ley de Sucesión en 1947, que facultaba al general Franco a escoger a su sucesor –o nombrar un regente– entre los varones de sangre real, porque Jaime entraba en el bombo.

¿Se puede renunciar en nombre de los hijos?

Debido al fracaso de su matrimonio pactado, a sus apuros económicos, al cortejo por parte de los legitimistas franceses y a la ambición, el infante Jaime declaró en 1949 que su renuncia era nula y reclamó, en consecuencia, sus derechos.

La disputa entre Juan y Jaime duró hasta la muerte de éste, en marzo de 1975. Como prerrogativa del jefe de la Casa de Borbón, que así se consideraba Jaime, concedió collares de la Orden del Toisón de Oro a diversas personalidades, como los primeros astronautas que viajaron a la Luna y al general Franco, lo que ocurrió con motivo de la boda de Alfonso de Borbón y Dampierre con Carmen Martínez-Bordíu, celebrada en marzo de 1972. Unos años antes, en septiembre de 1961, Juan se lo había ofrecido al generalísimo como homenaje en el XXV aniversario de su elección como jefe del Estado. En ninguno de los casos Franco usó ese collar.

Dada la hostilidad oscilante entre don Juan y Franco (el primero tan pronto reclamaba la democracia como felicitaba al general por su victoria sobre la Antiespaña), algunos sectores del régimen pensaron que el hijo de Jaime podía ser la alternativa al voluble habitante de Estoril. Con motivo de la elaboración de la Ley de Sucesión, el marqués de Villamagna publicó en 1947 un artículo en el diario falangista Arriba en el que sostenía que toda renuncia de don Jaime (hubo varias) era nula y, además, que nadie puede renunciar a derechos en nombre de sus hijos, aunque no hayan nacido. El ABC, portavoz de la causa juanista, replicó; pero ahí quedó una semilla que luego germinaría en discusiones y debates entre monárquicos de dentro y fuera del régimen.

Cuando Alfonso de Borbón y Dampierre vino a España en 1954, en compañía de su hermano menor, Gonzalo, el infante Jaime ya había anulado por primera vez su renuncia. Fue recibido con el silencio de casi toda la nobleza. Franco le concedió una audiencia en El Pardo y le dijo, según el historiador José María Zavala, autor de la única biografía del duque de Cádiz:

No he decidido nada absolutamente todavía acerca de la cuestión de saber quién será llamado mañana a la cabeza del Estado.

Lealtad de Alfonso a su primo

La candidatura de Alfonso de Borbón estuvo rodando durante los años 60 e incluso después de que Franco propusiera a las Cortes al príncipe Juan Carlos como su sucesor a título de rey, en 1969. La boda del desdichado Alfonso con la nieta preferida de Franco disparó los rumores.

Sin embargo, Alfonso se comportó como un caballero con su primo. En el libro de Zavala se reproduce una carta dirigida a su abogado, José Antonio Dánvila, desde la embajada de España en Suecia, y fechada en diciembre de 1972, después de la boda con Carmencita, en la que el nieto mayor de Alfonso XIII reconocía a su primo como futuro rey:

(...) redundar en beneficio de la Institución Monárquica Española a la que debemos aportar todos sus componentes nuestros servicios y mejores valores. Cuanta más ancha sea su base[,] más sólida será la Institución, cuya esperanza nacional encarna mi Primo el Príncipe de España.

Proclamado rey Juan Carlos, los escasos franquistas que simpatizaban con Alfonso cumplieron el testamento del caudillo y pasaron a sostener a su heredero. Pero los cortesanos prosiguieron su campaña de insidias. El aristócrata monárquico y militante socialista José Luis de Vilallonga declaró a Diario 16 en marzo de 1981: "Alfonso de Borbón es un peligro para el Rey. Además, le calificaba de agriado, retrógrado y no muy inteligente". Y esto cuando el duque de Cádiz jamás había pronunciado una palabra en contra de su primo.

El malestar y la discusión sólo cesaron cuando Alfonso murió, el 30 de enero de 1989, degollado por un cable de acero en una pista de esquí en Estados Unidos.

Todo lo anterior ocurrió con un Borbón que no había nacido cuando su padre fue forzado a renunciar a su derecho de sucesión.

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