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Fabulaciones de Santos Juliá

Al señor Juliá le pasa conmigo lo que a Aznar con el catalán: habla mucho de mí en la intimidad, generalmente infamias, pero en público evita citarme

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Al señor Juliá le pasa conmigo lo que a Aznar con el catalán: habla mucho de mí en la intimidad, generalmente infamias, pero en público evita citarme. Sabia política, porque de otro modo me haría publicidad, al contar él con tantos lectores y yo con tan pocos. Como a mí, por razones obvias, me conviene lo contrario, le mencionaré extensamente.
 
Hace unos días el señor Juliá fue entrevistado en La Vanguardia por un oficioso periodista (preguntas embarazosas, ni por asomo), el cual, entre otras cosas, le plantea, nótese la delicadeza: “Hay quien dice que la Guerra Civil empezó en 1934”. Respuesta de nuestro buen historiador: “Es una burda mixtificación: fueron sólo insurrecciones aplastadas por las fuerzas del Estado. Una guerra civil se origina si un ejército se divide y toma territorio, y eso sólo sucederá con el levantamiento militar de 1936”.
 
¿De veras? En 1934 el ejército estaba dividido, y parte de él colaboró en la intentona, -aunque sin mucho ánimo, esa es otra cuestión-, y numerosos oficiales y jefes fueron luego juzgados por ello. Barcelona fue tomada por los rebeldes durante un día, participando la Guardia de Asalto, oficiales de aviación y otros. Varias poblaciones catalanas y de otras regiones estuvieron algunos días en poder de los guerracivilistas, y, sobre todo, más de la mitad de Asturias cayó en poder de ellos durante dos semanas. Vencerlos exigió el empleo de las escasas fuerzas entrenadas con las que contaba la república, además de sofocar con rapidez los conatos de rebelión en alguna base aérea, algún barco y otros cuarteles. Si todo fracasó fue porque los obreros en general y la población catalana en particular, prefirieron mantenerse en la legalidad. Con todo, en sólo quince días se produjeron enormes destrozos y casi 1.400 muertos en 16 provincias, más que en cualquier período igual de la guerra de Irak, por ejemplo.
 
Esto en cuanto a los datos. En cuanto a la teoría, el señor Juliá no parece más agudo. Una insurrección puede concebirse como un golpe rápido o como una guerra civil. La del 34 fue concebida por el PSOE y la Esquerra como guerra civil en toda regla, y la de 1936 como un golpe rápido, aunque fracasase como tal y derivase en guerra. Además, muchas guerras civiles se han originado sin división del ejército, y en algunos casos el terrorismo constituye una forma de guerra sin ocupación de territorios.
 
Pero esto es hoy casi anecdótico, pues creo que ya será difícil borrar la historia con argucias de este jaez. Mayor interés tiene su visión general de las “dos Españas”, cuya raíz encuentra el señor Juliá en el contraste entre los Austrias y los Borbones, llegados estos últimos, afirma, como “portadores del liberalismo, la Ilustración, la razón…” (Y comenta el oficioso entrevistador con finísima ironía: “De todos los males, vamos”).
 
Nuevamente debemos hacer serias objeciones. Desde el punto de vista intelectual, la Ilustración borbónica en España tuvo poca relevancia comparada con las de Inglaterra, Alemania o Francia; pero también resultó muy inferior al nivel de creación cultural alcanzado en la España anterior. Bajo los Austrias, aparte de cuanto pueda decirse en torno a la literatura, pintura, música, navegación, etc., surgió en España un pensamiento político y económico muy notable, predemocrático o precursor de desarrollos liberales ulteriores, y muy influyente en Europa. Con los Borbones no hubo nada semejante, y la influencia intelectual hispana en el mundo decayó a casi nada. Lo que trajeron los Borbones fue la monarquía absoluta en contraste con la autoritaria de los Austrias, ésta más liberal y descentralizada (suponiendo una virtud lo último, que no siempre lo es). Y la ideología borbónica fue el despotismo ilustrado, mucho más preocupado por la felicidad de los súbditos que por su libertad, y por tanto muy alejada del liberalismo. No quiero con esto descalificar el siglo XVIII borbónico, como algunos hacen con los XVI-XVII de los Austrias, pues no se lo puede juzgar sólo por estos rasgos, si la palabra juzgar viene al caso. Sólo quiero indicar que la apreciación global hecha por el señor Juliá concuerda mal con los hechos conocidos.
 
De ese error de base derivan otros cuando examina el siglo XIX, entendido por él como un enfrentamiento entre la “visión católica y la liberal”. Tampoco aquí puede acusársele de elaborar un enfoque, digamos, sofisticado. Cabe observar que numerosos liberales, probablemente la mayoría, se consideraban católicos. Y que el tradicionalismo – término aquí más adecuado que el de catolicismo— perdió la I Guerra carlista, quedando como un mar de fondo en algunas regiones, pero sin volver a intervenir de forma decisiva en la política española, aunque protagonizara otras dos guerras civiles, una menor y otra casi insignificante.
 
La historia política del siglo XIX español fue ante todo la de la pugna, a menudo violenta, entre dos corrientes liberales, o que así se llamaban: la moderada y la exaltada. Esta última se distinguió desde el primer momento por un jacobinismo comecuras, un estilo violento y panfletario y una más que llamativa infecundidad intelectual, por los pronunciamientos militares (la mayoría de ellos proviene de esa tendencia), y por un fuerte componente masónico. Cada uno de estos rasgos merecería estudio aparte, pero baste señalar aquí que las etapas de estabilidad y progreso del siglo XIX coinciden, en general, con el liberalismo moderado, y las de convulsión, asonada y violencia, con el liberalismo exaltado, cuyo mayor logro consistió en la demencial I República. Nadie puede seriamente incluir bajo el mismo título de “liberalismo” a los botarates de la I República y a los brillantes organizadores de la Restauración. Pero el señor Juliá lo hace con la mayor osadía, oponiendo a todos ellos “el catolicismo”, nada menos. Supongo que no pretendía hilar demasiado fino. En todo caso nadie le acusará de hacerlo.
 
Esta serie de errores, apoyados unos en otros, llevará a nuestro ilustre historiador a presentarnos una pintoresca interpretación de Azaña, la república y el franquismo, cuyo examen dejo para un próximo artículo.

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