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Las niñas ya no cantan

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Hace unos años, cuando mi hija tenía cinco, la llevé a la Plaza de Oriente, y mientras ella jugaba en la zona infantil me puse a leer el periódico. De pronto me acometió una sensación de extrañeza, cuya causa tardé un rato en desentrañar: los niños jugaban, o más bien hacían ejercicio en toboganes y aparatos, ¡pero no cantaban!. Me vino a la cabeza la vieja copla: "Aquella tarde clara/yo no vendía mis violetas/en la Plaza de Oriente/ni escuché aquel romance/que los niños cantaban/en redor de la fuente…

¡Cuántas canciones infantiles habrán escuchado los jardines de la Plaza de Oriente, generación tras generación! Pero ya no. En casi todas partes la televisión y el mero ejercicio físico han sustituido a aquella auténtica cultura espontánea, llena de color e ingenua poesía, que pone un tinte muy especial, algo melancólico, en los recuerdos de cualquiera de mi edad.

Aunque quienes cantaban realmente eran las niñas. Pensándolo, me doy cuenta de que los juegos de niñas, muy variados y a menudo muy movidos, se realizaban en pequeños espacios e iban casi siempre acompañados de canciones y de un animado intercambio verbal. Los de niños solían exigir espacios mucho más amplios, eran menos verbales y más activos, y no solían incluir canciones. Si cantábamos, lo hacíamos ex profeso, generalmente cantinelas estrafalarias como "En el puerto había/vaya un tostón/ había un marinero…", u obscenas, cuyo sentido percibíamos confusamente, como una que tenía por estribillo "¿Qué te parece, cholito?", quizás de origen peruano. Los juegos cambiaban con las estaciones y a veces eran violentos. Aparte del universalizado fútbol, me viene a la memoria "Huevo, pico o araña", bastante bruto y divertido, o "cinco minutos de risa", consistente en encerrarse en un portal a oscuras y liarse a tortas indiscriminadamente; o las "batallas" a pedradas entre los de una calle y los de otra, de las que coseché varias escandalosas heridas en la cabeza. En los abundantes descampados de Vigo solíamos jugar a "polis y cacos" o a indios apaches y sioux. Los vaqueros quedaron excluidos desde que un compañero nos informó de que eran los malos, pues habían ido a quitarles la tierra a los indios; además, nosotros mismos hacíamos las lanzas, arcos, flechas y cerbatanas; lo que no podía decirse de un revólver. También nos divertía invadir fincas para llevarnos fruta y ser perseguidos por los jebos, jichos o fulanos, como llamábamos a los dueños. Otros entretenimientos resultaban más tranquilos, como las canicas o los trompos. Aun descontando ciertos salvajismos no recomendables, los juegos de entonces eran más variados y autónomos que los de ahora, o esa impresión tengo. En los patios de las escuelas los chicos suelen dedicarse al fútbol, y las chicas a la comba, y luego está la televisión, los videojuegos y juguetes complicados.

A veces niños y niñas jugábamos juntos, pero no con frecuencia. Una chica, Mari, algo marimacho, solía venir con nosotros, y un chico, Nené, prefería ir con las niñas. Cuando Nené estaba con nosotros, le gustaba jugar a bandidos que raptaban a una princesa, y él quería ser la princesa. Me han dicho, no sé si será cierto, que de mayor se ha hecho pedagogo de ideas avanzadas, y predica que a los niños se les acostumbre a jugar con muñecas y a las niñas con mecanos, a fin de fomentar la igualdad y prepararlos para el mundo que viene.

Una reflexión me ha traído algunos recuerdos, ustedes disculpen. En fin, los tiempos cambian. Unas veces a mejor, otras a peor.

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