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Bernabéu y los padres

No se quieren tener claros los deberes y los límites de la función educadora de los padres y de los profesores.

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EFE

Cuando yo era pequeño, a finales de los años cincuenta del siglo pasado, el Real Madrid era, sin discusión, el club de fútbol más importante del mundo; tenía un estadio, el Bernabéu, que los madrileños llamábamos "Chamartín", al que los días de gala llegaban a ir más 100.000 almas; y no tenía Ciudad Deportiva, de manera que su filial, que era el Plus Ultra, jugaba en el campo de la Ciudad Lineal. La cantera natural del Madrid de entonces eran los equipos de barrio, que jugaban en precarios campos de tierra; y, como es lógico y explicable, la inmensa mayoría de los chavales de esos humildes equipos suspiraba por jugar algún día en el Real Madrid, lo que les daría la gloria y, muy importante, el dinero que en ninguna de sus casas sobraba.

Para seleccionar a los mejores de entre esos chicos, el Madrid tenía a unos ojeadores que asistían a los partidos de barriada y que invitaban a los más aptos a que fueran al Bernabéu a hacer una prueba. Esas pruebas tenían lugar un día entre semana, creo que los jueves, y se llevaban a cabo en un campo de tierra que había donde ahora está la esquina con tiendas de lujo del campo actual, junto a una piscina, descubierta, por supuesto, que utilizaban en verano los jugadores y los socios.

Pues bien, cuenta la leyenda que el casi eterno presidente del Madrid, don Santiago Bernabéu, tenía dadas órdenes taxativas de que nunca se seleccionara a ningún chaval que llegara a la prueba acompañado por su padre, aunque tuviera un toque de balón y un regate mejores que los del mismísimo Raymond Kopa (qepd). De la inteligencia y de la habilidad de Bernabéu para entender el fútbol y a los futbolistas se ha dicho casi todo, pero no sé si ha valorado lo suficiente la pertinencia y sensatez de aquella orden.

Me he acordado de todo esto al ver las imágenes, que han repetido mil veces todas las televisiones, del bochornoso espectáculo que han dado los padres de unos críos de 10 o 12 años que estaban jugando un partido de fútbol en Mallorca al enzarzarse en una pelea descomunal. Si don Santiago hubiera sido el organizador de ese partido, los padres hubieran tenido prohibida la entrada.

Aquella orden de Bernabéu está llena de inteligencia y de buen sentido, porque para cualquier entrenador es insoportable tener a los padres de los jugadores vigilando los entrenamientos y opinando en voz alta sobre sus decisiones durante los partidos, y ya no digamos si chillan órdenes y contraórdenes.

Las reflexiones que me suscita el contraste entre las sensatas ordenanzas de don Santiago y la realidad actual no pueden quedarse sólo en el ámbito de los deportes. Porque lo que está pasando en los campos de juego donde compiten chicos (y chicas, claro) es muy parecido a lo que está pasando en nuestros colegios e institutos, en los que, de manera creciente, y sólo porque lo exigen la peste de la corrección política y las modas demagógicas, se da cada vez más protagonismo a los padres (y a las madres, por supuesto) en la vida escolar. Con los mismos nefastos resultados, a la larga, que en los campos de fútbol, porque también opinan de lo que no saben, corrigen a los profesores, vociferan contra esos mismos profesores, y algunas veces hasta los agreden.

Y todo porque no se quieren tener claros los deberes y los límites de la función educadora de los padres y de los profesores. Los padres tienen que educar a sus hijos en muchos aspectos, y ellos sabrán cuáles son sus responsabilidades en esa materia tan delicada e importante. Pero cuando, para que se instruyan y aprendan una serie de saberes y de comportamientos sociales, los dejan en un colegio (de ahí la importancia de asegurar una oferta amplia para que puedan elegir libremente el centro que les parezca más adecuado para sus ideas y principios), lo más sensato y, muy importante, lo más educativo es que no intervengan más. Sobre todo si es para llevar la contraria a los profesores.

Si he empezado con el recuerdo del campo de tierra del Bernabéu donde probaban a los alevines de figuras, ese campo que veía con envidia desde el piso de arriba del autobús que me llevaba al colegio en mi infancia, termino con otro recuerdo autobiográfico, cuando, a mis siete años, mi padre me dejó en el colegio el día en que me admitieron y le dijo al padre prefecto: "Apriétenle las clavijas". Fue la primera y única vez que mi padre pisó mi colegio. ¡Qué suerte para mis profesores y, por supuesto, para mí!

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