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El inglés en la enseñanza

El inglés se impone simplemente porque las universidades americanas se convierten en los centros mundiales de la producción científica y técnica, nutridas por los mejores profesores e investigadores del mundo

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Publicaba el diario El País un artículo de Javier López Facal sobre la utilización del inglés en el ámbito de la investigación y la divulgación científica, y más concretamente en las instituciones que se dedican a ello, especialmente la universidad. Pío Moa, en Libertad Digital, comentaba el texto de López Facal. El tema tiene su importancia, y algunas precisiones serían interesantes.

López Facal no defiende, como dice Moa, que "se obligue a emplear el inglés en las universidades y en los centros de investigación, empezando por el CSIC", sino más bien que sea posible emplearlo al presentar documentación o al depositar una Tesis Doctoral. Hoy se puede hacer en parte, pero mediante procedimientos especiales absurdos.

El tiempo que media entre el envío de un artículo a una revista especializada para su evaluación y la aceptación de una versión revisada para publicar puede ir del año a los cuatro años. Y eso si no te rechazan el texto y tienes que enviar a otra revista, en cuyo caso el proceso empieza de nuevo. En estas condiciones es lógico que muchas tesis doctorales se redacten directamente en inglés y se estructuren como una serie de artículos sobre un determinado tema, de manera que se pueda acelerar la publicación del trabajo, revisado y refinado con la aportación crítica de un buen tribunal de tesis (con presencia de profesores extranjeros). Sin embargo, poder depositar y leer la Tesis en inglés implica asumir un engorro administrativo notable, con los retrasos asociados.

López Facal hace un repaso conciso a la historia del uso de las diferentes lenguas en la investigación y la divulgación científica, en general correcto. Pero explica la reciente adopción del inglés como lingua franca por la creación de un "imperio" americano tras la segunda guerra mundial, tontería muy extendida que se repite una y otra vez. El inglés se impone simplemente porque las universidades americanas se convierten en los centros mundiales de la producción científica y técnica, nutridas por los mejores profesores e investigadores del mundo, muchos de ellos huidos de Europa antes de la guerra, o atraídos después. Los norteamericanos crearon una red de universidades abiertas, que compiten entre sí, obsesionadas por el prestigio y forzadas a incentivar el mérito y la excelencia, más un sistema de publicaciones con similares características, todo ello bajo unas reglas de juego simples, prácticas y claras, creíbles. En comparación, las universidades europeas, fuertemente estatalizadas, languidecían.

Poco a poco muchos países europeos empezaron a tomar medidas, adoptando el modelo que explica el arrollador éxito norteamericano. El resultado ha sido, allí donde esto se ha llevado a cabo de forma más decidida, un reverdecer de muchas antiguas universidades, y un resurgir científico de Europa. El Reino Unido es un buen ejemplo. En las clasificaciones mundiales aparecen situados en buena posición algunos centros y departamentos europeos, y lo mismo puede decirse de muchas revistas, si bien Estados Unidos sigue copando la mayor parte de los primeros puestos en muchas disciplinas.

Ningún país ha podido cerrarse totalmente a este tsunami, e incluso en países como España o Italia, con universidades diseñadas por y para la endogamia, han surgido algunos centros excelentes, aunque haya sido contra viento y marea y con ayuda de la suerte. Resistirse a las reformas necesarias, que pasan por la claridad y simplificación de criterios (reglas del juego) y por el incentivo del mérito, sólo nos llevará a quedar descolgados. Las repetidas declaraciones de la ministra de Educación, Mercedes Cabrera, negando siempre la evidencia sobre el lamentable estado de nuestra universidad, resultan desesperanzadoras y frustrantes.

La inmensa mayoría de las revistas incluidas en la base de datos de ISI-Thomson, que recopila indicadores basados en las citas cruzadas, están en inglés, el idioma de la comunidad científica internacional. Las divisiones nacionales desaparecieron hace ya mucho. Los grandes proyectos de investigación son multinacionales, así como centros de investigación más importantes y las mejores universidades, en los que trabaja gente de todo el mundo; las grandes revistas se publican en cualquier país, y los miembros de sus consejos editoriales viven y trabajan incluso en distintos continentes, a miles de kilómetros entre sí; un profesor australiano y otro canadiense, especialistas en un determinado tema, pueden revisar anónimamente el artículo de un profesor griego que hizo su tesis doctoral en Francia y trabaja en Londres, y un profesor danés que trabaja en Austria supervisa el proceso como editor de una revista que publica una editorial holandesa, en idioma inglés, y que es seguida en todo el mundo por los especialistas del tema. Esto es lo normal, no un caso excepcional.

Pretender generar actividad científica al margen de esa red mundial es un despropósito. La enseñanza del inglés en el colegio y su uso en la universidad son esenciales no sólo para conectarnos a las redes científicas, sino también para abrir puertas a un mundo que produce, inventa y se comunica en inglés. Esperanza Aguirre viene promoviendo desde hace años una enseñanza bilingüe, que es una gran ventaja para los niños que se educan en Madrid. En contraste, Manuel Chaves pretende fomentar en Andalucía la enseñanza del catalán, el vascuence o el gallego, como complemento al español, lo que parece una broma de mal gusto. El aprendizaje de dos lenguas de la potencia del español y el inglés es uno de los mejores regalos que el sistema educativo puede hacer a los estudiantes.

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