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Santiago Navajas

A favor y en contra del pin parental

El pin parental es la reacción de la derecha contra el asalto a la escuela que lleva lustros perpetrando el activismo de izquierdas.

Santiago Navajas
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La educación y la política se caracterizan por su especial relación con la verdad. La educación se basa en la verdad alcanzada a través de la objetividad, la neutralidad y la honradez intelectual. La política es todo lo contrario. Su reino es el del poder y sus armas son las mentiras, las medias mentiras y las estadísticas, todas ellas resumidas en la expresión contemporánea fake news. Solo en los sistemas políticos liberales se ha abierto un resquicio para la verdad en la política, pero a través del precario equilibrio generado por la competencia entre las fake news de cada facción política, a través del cual el ciudadano adecuadamente entrenado en un sistema educativo con los valores epistemológicos mencionados tenga tatuado en su mente la máxima de Aristóteles: "Amigo soy de Platón, pero más amigo soy de la verdad".

El pin parental es la reacción de la derecha contra el asalto a la escuela que lleva lustros perpetrando el activismo de izquierdas. Todo el sistema de enseñanza está infiltrado por grupos de misioneros gramscianos que pretenden apropiarse del alma de los estudiantes. Las ejemplos rozan el infinito. Peces Barba instrumentalizó la asignatura Educación para la Ciudadanía con la pretensión de que los profesores que la impartieran tuvieran que pasar por cursillos de ideologización impartidos por afines al PSOE. En los exámenes de Lengua y Literatura de la Selectividad, raro es que no caiga un texto periodístico publicado en El País o que sea de orientación socialdemócrata. Y en las charlas extraescolares que se ofrecen en los institutos fuera del currículum oficial, a cargo de ponentes que pertenecen a organizaciones varias, se hacen fuertes ONG que no son sino tapaderas de sectas ideológicas vinculadas a, por ejemplo, el alarmismo ecologista o el feminismo radical.

Lo ideal habría sido que la derecha, o al menos el centro liberal cuando existía Ciudadanos como tal, hubiese luchado por reconducir la situación denunciando la colonización ideológica que dichos grupos políticos de izquierda hacían de las instituciones educativas. Pero el caso es que, por desidia o por cobardía, no quisieron o no se atrevieron a iniciar una guerra cultural contra el batallón de polemistas que en los medios mantiene la izquierda.

Frente a la educación concertada y la privada, el sistema público de enseñanza debería ser el baluarte de una educación sin proselitismo y un conocimiento sin demagogia. Ahí radica la justificación de su necesidad y su dignidad. Pero la izquierda destruyó la eticidad (las normas universales de pensamiento y acción) en que se debería basar, al confundirlo interesadamente con sus propios criterios morales. Confundió la verdad y la ética, asunto de todos, con su visión política y sus sesgos morales. Su complejo de superioridad moral le llevó a emprender una cruzada laica para hacerse con la mente y el alma de los jóvenes; solo que en lugar de organizar sus propios centros de enseñanza, para que libremente los padres izquierdistas formasen allí a sus hijos, se adueñaron de los centros públicos, convertidos entonces en campos de reeducación al servicio del última mantra ideológico posmoderno.

Nadie ha luchado por un sistema educativo público digno. La izquierda, porque no está en su paradigma que sea posible algo como la verdad objetiva y la justicia neutral, dado que, desde su punto de vista, siempre están contaminadas por la pertenencia a un colectivo, sea la clase, la raza o, como ahora es moda, el género. La derecha, porque se había refugiado cómodamente en la enseñanza concertada y privada, habiendo abandonado la educación pública como un gueto para la izquierda.

La propuesta de un pin parental viene de que el partido de Santiago Abascal quiere defender a la clase trabajadora que no quiere, o no puede, llevar a sus hijos a la concertada o a la privada y que ve cómo sus hijos son adoctrinados en un sistema público que únicamente debería regirse por un currículum oficial y la libertad de cátedra de unos profesores seleccionados objetivamente a través de oposiciones públicas y transparentes. De esta manera se hace explícita la guerra ideológica que ha transformado los centros de enseñanza en unas trincheras por la hegemonía cultural.

Nos alejamos del ideal de un sistema de enseñanza público independiente, basado en los valores sagrados para el conocimiento de la verdad y la objetividad. Pero Vox no ha hecho sino remachar los clavos del ataúd que lleva años el PSOE haciéndole a la educación pública, guiado por el principio que la ministra socialista de Educación ha hecho inconscientemente: "No podemos pensar que los hijos pertenecen a los padres". O sea, que pertenecen a la Gran Hermana ministerial. ¿Algo bueno de todo esto? Quizá de esta lucha por la mente y el espíritu de los más jóvenes salga al fin el cheque escolar, y pueda el mercado arreglar lo que el Estado guiado por los socialistas ha corrompido hasta el tuétano.

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