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Andalucía, cortijo bolivariano

La deriva bolivariana de la Junta de Andalucía con el tándem PSOE-IU se manifiesta en su desprecio al Estado de Derecho y al pluralismo político.

Santiago Navajas
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Con una tasa de paro del 40% y una caída del 9,3% del PIB desde el primer trimestre de 2007, Andalucía es una región que agoniza económicamente, marginal en lo cultural e irrelevante en la política. Mientras que el resto de España se balcaniza debido a los tirones centrífugos que ejercen los nacionalistas periféricos, Andalucía está inmersa en un proceso bolivariano a cuenta de unos políticos de extrema izquierda que compensan su incompetencia con alta dosis de ideologización, en una sociedad analfabeta funcionalmente y, por tanto, susceptible a la demagogia y la manipulación.

Además, debido a unos medios de comunicación dependientes, como muestra el caso de la nueva televisión privada 8TV, que funciona en la práctica como otro canal oficialista en paralelo a Canal Sur, y unos colegios, institutos y universidades en los que se hace pasar por ciencia e investigación lo que no es sino adoctrinamiento y propaganda, en Andalucía se reproduce uno de los males colaterales del Estado de las Autonomías: el sojuzgamiento ideológico de una sociedad a través del control de los medios de comunicación, vía publicidad institucional, y de las instituciones educativas, vía BOJA.

Quién mejor representa este tránsito por el laberinto hacia la nada en el que se ha embarcado el pueblo andaluz es la consejera de Fomento, Elena Cortés, la joya de la corona del comunismo andaluz, que combina la desfachatez moral con la estulticia política. Esta Sánchez Gordillo vestida de Mariquita Pérez, que diría Alfonso Guerra, no tuvo reparo en afirmar, nada más llegar al Gobierno andaluz, que participaría en escraches si no fuera consejera de la Junta. Antes ya se había comprometido a montar un botellón para defender el sacrosanto derecho de los jóvenes andaluces a la borrachera y el alcoholismo, no fueran a darse cuenta al estar sobrios de que el paro juvenil alcanza el 63%. Anteriormente, siendo concejal de Educación del Ayuntamiento de Córdoba, comparó la bandera española con un "trapito de colores", aunque le tenía más respeto al "trapito de colores" de la II República, ya que intentó que ondeara en el balcón del consistorio. Por cierto, ahora que estamos en Semana Santa, su hazaña más memorable en cuanto a falta de respeto y desprecio a la convivencia cívica se produjo un Domingo de Ramos, cuando hizo colgar un cartel de "No" al paso de la procesión de la Virgen de la Candelaria mientras hacía sonar a todo volumen una estruendosa sirena…

Ahora es noticia porque desde la Consejería de Fomento ha realizado un escrache a su propia jefa, la líder del PSOE andaluz, Susana Díaz, que finalmente ha inclinado la cerviz ante el desafío populista de su subalterna y la amenaza por parte de los extremistas de izquierda a los que acoge en su Gobierno de acabar con la coalición, lo que la llevaría a tener que revalidar su liderazgo en un proceso que desconoce absolutamente: unas elecciones democráticas (recordemos que fue elegida la presidenta de la Junta como sucesora de Griñán en una farsa de primarias, amañadas para que no hubiera posibilidad de que se presentara ningún contrincante).

La deriva bolivariana de la Junta de Andalucía con el tándem PSOE-IU se manifiesta en su desprecio al Estado de Derecho y al pluralismo político, en el rechazo a la propiedad privada y en la promoción del clientelismo político. Mientras que se conceden prebendas materiales arbitrarias, al mismo tiempo se ideologiza desde las escuelas. Así, la Ley de Memoria Histórica trata de lobotomizar a los estudiantes andaluces para crear un relato mítico sobre lo que significa ser "ciudadano andaluz" basado en un relato maniqueo de buenos y malos, de censura a la verdad histórica para crear una impostada y falaz "identidad ciudadana andaluza" de signo colectivista. En lugar de basar la legitimidad de la actual democracia en el proceso de la Transición, la fundamenta en una II República (recuerden el “trapito de colores” que trató de colgar Elena Cortés en el ayuntamiento cordobés) dibujada como si fuese un paraíso socialista atacado por una panda de orcos (para lo que tendrán que silenciar el papel de orcos como Ortega y Gasset, Pío Baroja o Miguel de Unamuno). Pero, con todo, lo más grave del proyecto andaluz-bolivariano de memoria histórica, lo que evidencia su carácter totalitario, es su pretensión de lavado de cerebro de las nuevas generaciones, llevando la ideología del guerracivilismo (lo denominan "memoria democrática") al currículum de la enseñanza secundaria obligatoria y del bachillerato bajo el eufemismo de "hacer efectivo el derecho a la verdad y fortalecer los valores democráticos". De esta forma, pretenden que los maestros y profesores se comporten como adoctrinadores y comisarios políticos, bajo la égida de una especie de sóviet denominado Instituto de la Memoria Democrática de Andalucía, siguiendo el modelo que tan buen resultado le ha dado a los nacionalistas con su dominio de la escuela para transmitir su mensaje de odio a España.

No es por casualidad que los protagonistas de la exitosa 8 apellidos vascos sean un monigote andaluz, la caricatura del andaluz cateto que se ha convertido en el bufón simpático y ridículo con el que el resto de españoles se echan unas risas, y una abertzale vasca, esa mezcla de cutrerío tercermundista y pureza racial. Tan lejos, tan cerca, tanto Andalucía como el País Vasco representan los dos modos más acabados de perversión política del Estado de las Autonomías. Con el permiso, claro, de Cataluña. Pronto en sus pantallas 9 apellidos catalanes o como un Honorable charnego proclama desde el balcón de la Generalidad la independencia.

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