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Contra Aznar vivían mejor

Mientras el cine español siga estando subvencionado a mansalva, no habrá forma de reconducir su deriva formalmente reaccionaria, industrialmente ruinosa y socialmente inquisitorial.

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David Alonso Rincón

Empecemos por el principio. ¿Por qué unos premios españoles de cine se denominan Goya en lugar de Buñuel (o simplemente Luis, siguiendo la tradición de los premios norteamericanos y franceses)? Goya es estupendo para un premio de pintura, pero qué duda cabe que el director español más universal, y uno de los que más películas tienen entre las 250 mejores de la historia, hubiese sido mucho más adecuado. Además, habría sido una fuente de promoción de su figura entre las nuevas generaciones.

Pero dado que los dos son aragoneses y grandes entre los grandes, pasemos a problemas más concretos y mucho más graves. La foto más recordada de esta edición de los Goya no será de directores, actrices o gente con vestimenta más o menos elegante o estrafalaria, sino la de líderes políticos de izquierda sujetando un abanico con la reivindicación política de turno. Esta imagen muestra cómo el mundo político resulta más interesante para los cineastas españoles que el planeta cinematográfico propiamente dicho. Los cineastas españoles piensan más en ganar una subvención del Ministerio de Cultura y las televisiones públicas, o sus homólogos autonómicos, que una Palma en el Festival de Cannes, un Oso en Berlín o un Premio del Cine Europeo. El cine español, salvo Almodóvar y Albert Serra, se ha conformado hace mucho tiempo en los festivales locales de Málaga, Valladolid o San Sebastián, donde tiene también un nicho de financiación cautiva por parte de los ayuntamientos y no tienen que competir con el cine internacional.

Por otro lado, el escándalo de esta edición ha venido de la mano de unas inocentes declaraciones de Arturo Valls. El presentador televisivo se ha desmarcado del habitual clima de reivindicación política de esta celebración presuntamente cinematográfica y desde la alfombra roja ha dicho:

Me gustaría que se hablase más de cine y no marear con otros temas.

Lo que ha sido juzgado inmediatamente por la prensa socialdemócrata como un "patinazo machista". Y es que, si siendo malo que para hablar del arte y la industria cinematográfica en una una fiesta del cine haya que emigrar a París o Venecia, peor resulta que se marque a los disidentes del dogma progre con el estigma del machismo, el nuevo sambenito de la inquisición femimarxista. No es de extrañar, por tanto, que el aplauso más fuerte de la noche no fuese cuando Marisa Paredes recordó a los grandes directores con los que ha trabajado, sino... ¡las protestas del "No a la guerra" de 2003! Contra Aznar vivían mejor...

Y esta deriva del cine español, en la que la gran discriminación no es de índole machista sino ideológica –si no eres progre, mejor te callas–, afecta a los mismos premios. Como este año tocaba solidaridad con los periféricos, por un lado, y con las mujeres, por otro, los premios estaban predestinados a ir a una película vasca, a una catalana y, sobre todo, a una dirigida por una mujer. Es de vergüenza ajena cinematográfica que la mejor película de calle de las nominadas, Verónica, de Paco Plaza –que le da mil vueltas a las de su mismo género hechas en Estados Unidos con un presupuesto infinitamente mayor pero un talento ínfimo en comparación–, se haya ido casi de vacío. Pero es lo que tiene imponer un sistema de cuotas políticas, por el que se discrimina a los hombres o al idioma español, en lugar de fomentar y poner el acento en las cuestiones estrictamente de mérito profesional, como insistía Arturo Valls.

Mientras el cine español siga estando subvencionado a mansalva por el Estado, vía Ministerio, autonomías o televisiones públicas, no habrá forma de reconducir su deriva formalmente reaccionaria, industrialmente ruinosa y socialmente inquisitorial. Como mostraban en Libre Mercado, el cine español es un agujero negro al servicio de los que emplean más tiempo leyendo el BOE y sus equivalentes autonómicos a la caza de la subvención de género o lingüística de turno que Notas sobre el cinematógrafo de Bresson o la autobiografía de Charlton Heston. O Mi último suspiro de un tal Luis Buñuel, al que muchos en la gala me temo que no conocerán porque hacía un cine tan a contracorriente que en su época fue perseguido por los beatos franquistas, que le criticaban su blasfema Viridiana, mientras que hoy es denigrado por las feministas puritanas, que no soportan su liberal Belle de Jour.

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