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Santiago Navajas

El perro de Pedro Sánchez

El perro de Pedro Sánchez se llama Franco y lo saca a pasear un par de veces al día para que haga sus necesidades.

Santiago Navajas
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El perro de Pedro Sánchez se llama Franco y lo saca a pasear un par de veces al día para que haga sus necesidades.
Pedro Sánchez. | EFE

Mucho antes que los políticos posmodernos, deseosos de aparentar ser sensibles y empáticos, fue un griego astuto aunque traidor, borracho y mujeriego, guapo y narcisista, el que puso de moda los perros como mascotas entre los personajes públicos. Alcibíades, que lo mismo le echaba los tejos a Sócrates que a las hetairas del santuario de Afrodita, era un brillante y prometedor joven en la Atenas de Pericles al que no le importaba conspirar bajo cuerda con el enemigo espartano. En una ocasión, teniendo un cargo político, compró un hermoso perro famoso por su cola, la cual inmediatamente mandó cortar. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho contestó que para dar que hablar a la plebe y, de esta forma, evitar que se comentase su proceder de administrador y estratega.

El perro de Pedro Sánchez se llama Franco y lo saca a pasear (el humano al cánido) un par de veces al día para que haga sus necesidades. En el caso del perro de Pedro Sánchez, sus necesidades son cortinas de humo para que los medios afines, incluso los enemigos, y las redes sociales echen humo con artículos y tuits en contra y a favor de Franco (que, como todo perro, no tiene culpa alguna de la malicia y estulticia de su amo).

No sólo Pedro Sánchez, también todos los presidentes norteamericanos en los últimos cien años, salvo Trump, han tenido un perro al menos en la Casa Blanca. Los perros son muy fotogénicos y son adorados por los periodistas gráficos. Franco no es guapo pero sabe captar la atención de todo el mundo. De él se aprovechan, como del cerdo con el que tantos lo equiparan, hasta los andares. Paul Preston, por ejemplo, se alimenta de él como Ian Gibson de Federico García Lorca. Los hispanistas buitres sobrevuelan las tumbas españolas como los aviones nacionales y republicanos Guernica y Cabra, oliendo sangre que reporte beneficios.

Sánchez, astuto pero traidor, guapo y narcisista, ha copiado de Alcibíades lo de cortarle el rabo a Franco, ya sea sacándolo de excursión de la tumba, proponiendo cambiar el nombre al Valle de los Caídos, amagando con expropiar el pazo de Meirás o tramando saltarse la Ley de Amnistía para investigar como crímenes contra la humanidad toda la Transición con aroma a franquista hasta, qué casualidad, el comienzo de los GAL. Claro, la gente entra el trapo y en lugar de hacer caso omiso de las baladronadas de Sánchez se pone a echarle en cara los asesinatos de Paracuellos, de modo que durante un rato –y Sánchez, ratito a ratito, es capaz de llegar a los mil años de Reich nacionalsocialista aliado de Rufián y la extrema izquierda– salen del debate público los crímenes no resueltos de los etarras (lo que agradecen el PNV y Otegi), la subida desorbitada de la electricidad (por lo que brindan Jordi Évole y las empresas renovables hipersubvencionadas) y los indultos a los peores criminales de los últimos años (de golpistas a secuestradoras de sus propios hijos).

George Lakoff tiene un libro en el que muestra el poder de la retórica para dominar las mentes. Se titula No pienses en un elefante, lo que automáticamente nos hace pensar en elefantes. Sánchez ha sustituido el elefante de Lakoff por el perro de Alcibíades. Así que ya sabe: no caiga en la trampa, olvide al perro de Sánchez y concéntrese en la inflación galopante de la electricidad, los pactos con filoterroristas, los indultos a criminales confesos, el sistema educativo destruido y el económico, casi a punto de estallar. En caso contrario, no será la cola del perro la que acabe cortada sino la suya.

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